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EL EDITORIAL MARCORUBÍSTICO DE DIARIO LIBRE.

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Fidel Soto (Foto externa)
Fidel Soto (Foto externa)

Por Fidel Soto  | Vértice crítico. 

No existía el Estado soviético cuando estalló la Primera Guerra Mundial. La Segunda Guerra Mundial tampoco fue iniciada por la Unión Soviética. En ambas conflagraciones murieron decenas de millones de seres humanos. ¿A quién puede atribuirse la responsabilidad de aquellas tragedias? Evidentemente, no a la existencia de una revolución socialista.

España, durante su Guerra Civil, fue objeto de una abierta intervención militar por parte de la Alemania nazi y la Italia fascista, cuya ayuda resultó decisiva para la derrota de la República. ¿Podría afirmarse, entonces, que la República española fue "exportada" por quienes acudieron en su defensa?

La Revolución Cubana ni siquiera existía en 1947 y, sin embargo, desde Cuba se organizó la expedición de Cayo Confites para enfrentar la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo. Dos años después, en 1949, la expedición de Luperón partió desde Guatemala con el mismo propósito.

Mucho antes de esos acontecimientos, Francisco del Rosario Sánchez penetró al territorio dominicano desde Haití para continuar la lucha por la independencia nacional. Años después, el dominicano Urbano Gilbert viajó a Nicaragua para combatir junto a Augusto César Sandino contra la ocupación estadounidense.

Retrocediendo aún más en la historia, el marqués de Lafayette cruzó el Atlántico desde Francia para luchar por la independencia de los Estados Unidos. Francisco de Miranda también participó en aquella guerra antes de convertirse en uno de los grandes precursores de la emancipación hispanoamericana. Y Máximo Gómez, dominicano de nacimiento, entregó su genio militar a la causa de la independencia de Cuba.

La historia demuestra que la solidaridad internacional entre los pueblos no nació con la Revolución Cubana ni puede reducirse a una supuesta "exportación ideológica". Es un fenómeno tan antiguo como las luchas por la libertad.

Sin embargo, Diario Libre, desde una visión marcadamente marcorubística, arremete contra Cuba acusándola de haber "exportado la revolución" y de haber convertido "la violencia revolucionaria en método político".

Si ese razonamiento fuera válido, habría que concluir que el golpe de Estado contra el gobierno constitucional del profesor Juan Bosch no fue un acto de violencia política. Tampoco lo habría sido la invasión militar estadounidense de 1965, que cercenó el derecho del pueblo dominicano a decidir soberanamente su destino.

¿Y qué decir de la invasión de Bahía de Cochinos, de los múltiples atentados contra Cuba, de los intentos de magnicidio contra Fidel Castro o del prolongado bloqueo económico? ¿No constituyen también expresiones de violencia política?

¿Puede calificarse simplemente como "exportación de la violencia" la solidaridad brindada por Cuba a los dominicanos que enfrentaban una de las dictaduras más sangrientas del continente, expresada en el apoyo a la expedición del 14 de Junio de 1959?

Los errores cometidos por sectores de la izquierda dominicana son responsabilidad de la propia izquierda. Sería absurdo negarlos. Fueron consecuencia, en muchos casos, de una lectura equivocada del momento histórico y de una insuficiente comprensión de la realidad nacional. La Guerra de Abril de 1965 representó una importante rectificación, al colocar en el centro la defensa de la Constitución y de la soberanía nacional. Si posteriormente se incurrió nuevamente en desaciertos, el debate debe centrarse en los métodos empleados y no en la legitimidad de los ideales de justicia y democracia.

Pero el mayor problema del editorial de Diario Libre aparece cuando se enfrenta al ejemplo de Salvador Allende. Allende llegó al poder mediante elecciones libres, respetando plenamente las reglas de la democracia.

El editorial afirma:

««Decenas de dominicanos, muchos de ellos idealistas y generosos, terminaron sacrificando sus vidas en aventuras armadas cuyo desenlace era previsible. El país perdió una generación de hombres y mujeres que pudo haber enriquecido la política, la academia, la empresa o las profesiones liberales.»»

La pregunta resulta inevitable: ¿los cientos de miles de chilenos asesinados, desaparecidos, torturados y exiliados fueron víctimas de la supuesta "exportación ideológica" de Cuba o del golpe militar que destruyó un gobierno democráticamente elegido?

¿Las víctimas de las dictaduras de Argentina, Brasil, Uruguay, Paraguay, Bolivia y Chile fueron consecuencia de la Revolución Cubana o del terrorismo de Estado articulado mediante el Plan Cóndor?

Siguiendo la lógica del editorial, los jóvenes dominicanos asesinados durante los Doce Años de Joaquín Balaguer tampoco habrían sido víctimas de la represión estatal, sino de una ideología extranjera. Esa interpretación ignora deliberadamente la historia. Omite que la dictadura de Trujillo fue sostenida durante décadas por intereses geopolíticos y que, tras la intervención militar de 1965, se consolidó un régimen caracterizado por el fraude electoral, la persecución política, la represión y el sistemático irrespeto a la voluntad popular.

La historia de América Latina no puede escribirse culpando únicamente a las revoluciones e ignorando los golpes de Estado, las invasiones extranjeras, las dictaduras militares y el terrorismo de Estado. Hacerlo no es ejercer el periodismo crítico; es seleccionar la memoria para acomodarla a una determinada visión ideológica.

F. S.

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