
Por Ángel Osiris Torres | Vértice Crítico.


La muerte de la ciudadana española María del Carmen Abascal, mejor conocida como Maricarmen, ha provocado una conmoción social y está siendo utilizada políticamente tanto por la derecha como por la izquierda. Mientras unos y otros se cruzan acusaciones y contraacusaciones, la sociedad española sigue enfrentando problemas sociales que requieren soluciones concretas.
El debate enfrenta dos preocupaciones legítimas, aunque los partidos discrepen sobre las soluciones: proteger a las familias frente a los desahucios y los alquileres inasequibles, y mantener un mercado en el que exista suficiente oferta de vivienda.
Lamentablemente, en la sociedad actual, tanto occidental como oriental, los sistemas políticos utilizan, en muchos casos, las tragedias humanas como herramientas para enfrentarse a sus adversarios políticos, en lugar de verlas como oportunidades para reflexionar, asumir responsabilidades y buscar soluciones conjuntas.
Como ejemplos de lo expresado en el párrafo anterior, podemos citar el conflicto árabe-israelí, la política migratoria que mantiene enfrentados a republicanos y demócratas en Estados Unidos, la guerra entre Rusia y Ucrania, y la crisis política y la vulneración de los derechos humanos en Venezuela.
En estos conflictos, las tragedias humanas se utilizan como armas o herramientas políticas. Además, no podemos ignorar que los relatos, la manipulación de la información y los sesgos políticos que todos tenemos pueden dificultar que distingamos los hechos de las interpretaciones interesadas, que desenmascaremos las mentiras y que combatamos el radicalismo ideológico que, en ocasiones, se pretende ocultar.
En este sentido, resulta pertinente recordar al maestro universitario dominicano Noel de la Rosa, autor de la obra La mentira como estrategia psicosocial: naturalmente sincero, socialmente mentiroso, cuya reflexión nos invita a examinar la relación entre la verdad, la mentira y sus consecuencias sociales. Como expresa el autor: «La verdad no se puede defender cuando su propósito es destruir». Esta reflexión nos invita a cuestionar la manipulación de la información y a reconocer que nuestras convicciones políticas no deben impedirnos distinguir entre la verdad, los intereses particulares y el sufrimiento humano.
Reconocer que todos podemos tener sesgos políticos no significa renunciar a nuestras convicciones, sino asumir la responsabilidad de cuestionarlas, escuchar otras perspectivas y no permitir que nuestras afinidades ideológicas nos impidan reconocer el sufrimiento humano, venga de donde venga.
No es conveniente para ninguna sociedad utilizar como armas políticas las tragedias humanas que se derivan de estos conflictos. El dolor de las víctimas no debería servir para alimentar el odio, profundizar las divisiones ni justificar posiciones radicales, sino para promover la reflexión, la responsabilidad y la búsqueda de soluciones.
La verdadera responsabilidad de los representantes políticos no consiste en demostrar quién tiene la culpa, sino en trabajar de manera mancomunada para combatir las injusticias sociales, proteger la dignidad humana y evitar que situaciones como esta vuelvan a repetirse.
Por encima de las ideologías, de los sesgos políticos y de la ambición de poder deben estar la dignidad humana, la justicia social y el compromiso con el bienestar de la sociedad.
El que tengamos diferencias ideológicas no justifica permitir que esas diferencias nos hagan indiferentes al sufrimiento de los demás.





































