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8 de marzo: entre la resistencia de las mujeres y la deuda pendiente con la infancia

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“Si el 8 de marzo se limita a discursos y fotografías, sin cambios reales en la vida de las mujeres y las niñas, corre el riesgo de perder su fuerza transformadora.”

Por Anny Minerva Jáquez.

Imagen: @cientificas.mx
Imagen: @cientificas.mx

Hay días en que una quisiera sentarse, respirar hondo y decir: “Lo estamos logrando”. Mirar a la compañera que lleva años en el territorio, a la que organiza la protesta, a la que abraza a una madre en el hospital, a la que denuncia con el cuerpo cansado pero la voz firme. Porque sí, aquí hay mujeres increíbles, organizaciones enteras que ponen el pecho: feministas, defensoras de sus territorios, mujeres poderosas que trabajan duro todos los días del año, no solo el 8 de marzo. Eso existe. Y hay que decirlo, porque ese trabajo sostiene vidas, porque sin ellas el sistema sería aún más cruel.

Pero no podemos quedarnos ahí. No podemos conformarnos con el abrazo entre nosotras mientras afuera el mundo sigue devorando infancias.

Porque la realidad (la que duele, la que no sale en las fotos bonitas del 8M), es que siguen ocurriendo hechos que estremecen a la sociedad. Casos de niñas y adolescentes que sufren abusos, que deberían estar protegidas por los adultos y por las instituciones. Historias que aparecen por un momento en las noticias y luego desaparecen del debate público, mientras las víctimas y sus familias continúan enfrentando las consecuencias.

En muchas comunidades todavía persisten narrativas que terminan culpando o señalando a las propias víctimas. Como si la infancia pudiera cargar con la responsabilidad de la violencia que otros ejercen sobre ella. Esa lógica distorsionada invisibiliza el problema y perpetúa una cultura de silencio.

Y entonces aparece otro elemento doloroso: el silencio cómplice. El de familias golpeadas por la pobreza, el hacinamiento y la falta de oportunidades, que viven bajo presiones sociales y económicas enormes. No se trata de justificar, sino de comprender que la vulnerabilidad social también forma parte del problema. Cuando el Estado no garantiza condiciones mínimas de dignidad, muchas infancias quedan expuestas a múltiples formas de riesgo.

¿Y qué ocurre en la comunidad educativa? A veces las escuelas, que deberían ser espacios de protección, terminan reproduciendo dinámicas de exclusión. Hay niñas y adolescentes que, en lugar de encontrar apoyo, se enfrentan a estigmas, prejuicios o silencio institucional. Cuando el sistema educativo no cuenta con las herramientas necesarias para actuar, la protección se debilita.

Tampoco podemos ignorar el papel de las redes sociales, donde con frecuencia se juzga o se expone públicamente a quienes atraviesan situaciones de violencia. La revictimización digital se convierte en otra carga para quienes ya están viviendo un momento difícil.

Y cuando alguien intenta denunciar o buscar ayuda, muchas veces se encuentra con procesos largos, confusos o desgastantes. La falta de acompañamiento efectivo y de respuestas institucionales ágiles puede desalentar a quienes buscan protección y justicia.

Mientras tanto, el país presencia casos que conmueven a la opinión pública, generan debates intensos durante algunos días y luego se diluyen en el ciclo informativo. Sin embargo, las familias afectadas continúan viviendo con las consecuencias de esos hechos.

En ese contexto, resulta inevitable preguntarse si las prioridades del debate público están realmente alineadas con las urgencias sociales. Con frecuencia, las discusiones políticas se concentran en calendarios electorales y estrategias de poder, mientras muchos problemas estructurales permanecen sin soluciones sostenidas.

La violencia, la desigualdad y la falta de protección para sectores vulnerables siguen siendo desafíos pendientes. Y cada caso que se repite evidencia que aún queda mucho por transformar.

Por supuesto que el 8 de marzo es necesario. Es una fecha para visibilizar luchas, para reconocer avances y para recordar que las mujeres han conquistado derechos a través de la organización y la resistencia colectiva.

Pero si el 8M se limita a discursos, fotografías o gestos simbólicos sin cambios reales en las políticas públicas, corre el riesgo de perder su fuerza transformadora.

Este 8 de marzo también debe ser un recordatorio de las tareas pendientes. De la necesidad de construir una sociedad donde niñas, adolescentes y mujeres puedan vivir con seguridad, dignidad y oportunidades reales.

Porque mientras exista miedo, desigualdad o violencia, la agenda de transformación sigue abierta.

Y esa transformación solo es posible cuando la sociedad decide enfrentar sus problemas con honestidad y responsabilidad colectiva.

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