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LA CERCANA FRONTERA DEL ENGAÑO.

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Fidel Soto Castro | Foto fuente externa.
Fidel Soto Castro | Foto fuente externa.

«¡Bendito, nene, llegamos a Puerto Rico!»

Por Fidel Soto Castro | Vértice Crítico. 

¿Qué pasaría si nuestra frontera terrestre fuera con Puerto Rico y no con Haití? El tránsito hacia aquella isla no sería un simple paso irregular por tierra: probablemente sería una estampida humana de proporciones extraordinarias. No habría ocurrido la tragedia del Regina Express, ni una joven recién parida tendría que ofrecer su seno a varios náufragos para mantenerlos con vida, ni tendríamos que acostumbrarnos a las noticias de cadáveres flotando en el mar, convertidas ya en parte de nuestra cotidianidad. Quizás tampoco habría tantos dominicanos dispuestos a jugarse la vida en una yola, empujados por la esperanza de encontrar al otro lado del canal una existencia distinta de la que dejan atrás.

Haití no es Puerto Rico, y de Puerto Rico no vienen los boricuas a buscarse la vida en nuestro país. Pero sí van hacia allá dominicanos, cruzando el canal de la Mona, esa franja de mar que para unos representa una oportunidad y para otros se convierte en una tumba. Van buscando una vida diferente, una posibilidad de escapar de las estrecheces económicas, de la falta de oportunidades y de la incertidumbre que los persigue en su propia tierra. La distancia geográfica no es demasiado grande; la distancia entre lo que tienen y lo que aspiran a tener puede parecerles insalvable.

Los haitianos también llegan a nuestro territorio buscando vida. No hay que atribuirles, sin pruebas, un proyecto de invasión o de fusión de la isla para comprender las razones que empujan a miles de personas a abandonar su país. Basta mirar la realidad de la pobreza, la inseguridad y la falta de oportunidades que los expulsa. Es la misma necesidad humana que mueve a más de dos millones de dominicanos diseminados por el mundo, muchos de los cuales viven, trabajan y se esfuerzan lejos de la patria, con la esperanza de mejorar sus condiciones de existencia y ayudar a sus familiares.

El contrasentido es evidente: cuando los dominicanos emigran, solemos hablar de sacrificio, superación, remesas y oportunidades; cuando son los haitianos quienes cruzan nuestra frontera, con frecuencia desaparece de la conversación esa misma dimensión humana y se impone el discurso de la amenaza. Sin embargo, la necesidad de sobrevivir no cambia de naturaleza según el lado de la frontera desde el que se mire. Esto no significa ignorar las leyes migratorias, los problemas que plantea una migración numerosa ni las responsabilidades del Estado. Significa, sencillamente, que ninguna política migratoria debería perder de vista que detrás de cada emigrante hay una persona que busca vivir mejor, y que detrás de cada viaje puede esconderse una tragedia.

Lo ocurrido a mediados de octubre de 2026 con un grupo de dominicanos que pretendía llegar clandestinamente a Puerto Rico constituye una ilustración casi grotesca de esa desesperación y de quienes se aprovechan de ella. Según las informaciones difundidas por medios nacionales, entre sesenta y setenta personas habrían pagado para realizar el viaje en una yola que salió de la zona de Río San Juan. Cada viajero habría entregado sumas que oscilaban entre los 75,000 y los 100,000 pesos, cantidades que para muchas familias representan los ahorros de años, el dinero prestado por parientes o una deuda que tendrán que pagar durante mucho tiempo.

No estaban comprando un paseo ni contratando una excursión marítima. Estaban pagando por la promesa de una vida diferente. En ese dinero iba depositada la esperanza de encontrar trabajo, ganar más, ayudar a los hijos, sostener a los padres y dejar atrás las limitaciones que los mantenían atrapados. Para reunir esas cantidades, algunos probablemente tuvieron que desprenderse de bienes, pedir préstamos o comprometer recursos familiares. La magnitud del sacrificio hace todavía más grave la conducta de quienes, según las denuncias difundidas, se aprovecharon de sus aspiraciones.

Pero el viaje se convirtió en una pesadilla. Después de varios días de navegación y desorientación, el capitán habría señalado las luces de la costa y asegurado a los pasajeros que ya se encontraban en Puerto Rico. Entonces se produjo una escena que contiene toda la ironía, y también toda la tristeza, de esta historia. Al divisar tierra, algunos celebraron aliviados: «¡Bendito, nene, llegamos a Puerto Rico!». Creían haber alcanzado el destino por el que habían pagado una fortuna. Creían que el peligro había quedado atrás y que comenzaba, por fin, la vida que habían ido a buscar.

Sin embargo, aquellas luces no anunciaban la llegada a la llamada Isla del Encanto. Los viajeros habían sido conducidos hasta la costa norte de la República Dominicana, en una zona de manglares de Gaspar Hernández, cerca de la desembocadura del río Yásica, en el entorno señalado por las informaciones periodísticas. Después de días de incertidumbre en el mar, terminaron abandonados en territorio dominicano, sin haber alcanzado el destino prometido y sin saber siquiera dónde se encontraban.

La escena parece sacada de una novela de humor negro: personas que celebran haber llegado a Puerto Rico mientras pisan, sin saberlo, el suelo de su propio país. Pero la risa se detiene cuando se piensa en lo que hay detrás de esa confusión. No se trata de turistas que se equivocaron de ruta ni de viajeros que perdieron el dinero de una excursión. Se trata de personas que se expusieron a los riesgos de una travesía clandestina, entregaron cantidades considerables a quienes les prometieron trasladarlas y terminaron desorientadas, abandonadas y a merced de las circunstancias.

Según los reportes, pescadores de la zona auxiliaron inicialmente a unas quince o dieciséis personas que se encontraban desorientadas entre los manglares. Fueron ellos quienes les explicaron que todavía estaban en la República Dominicana. Otros viajeros se habrían dispersado por distintos lugares, algunos por temor a encontrarse con las autoridades. Esa reacción también merece atención: el miedo a ser detenidos puede llevar a personas vulnerables a esconderse precisamente cuando más necesitan ayuda. El temor a las consecuencias de haber intentado una salida irregular puede convertirlas, además, en víctimas todavía más expuestas a quienes trafican con sus necesidades.

Quien organiza estos viajes clandestinos no vende solamente un traslado marítimo. Vende una ilusión, calcula la desesperación ajena y convierte la esperanza en mercancía. Sabe que el emigrante no siempre está en condiciones de exigir garantías, comprobar la ruta o reclamar protección si algo sale mal. Sabe que el deseo de abandonar la pobreza puede imponerse sobre el miedo a la muerte. Y se aprovecha de esa desigualdad para obtener beneficios a costa de personas que, en muchos casos, están dispuestas a arriesgarlo todo porque sienten que quedarse tampoco les ofrece una salida.

La responsabilidad por los hechos denunciados deberá establecerse mediante la investigación correspondiente. Las autoridades tendrán que determinar quiénes organizaron la travesía, quién capitaneaba la embarcación, qué ocurrió durante los días de navegación, cuánto dinero se recaudó y si hubo otras personas involucradas. No basta con rescatar a los afectados y permitir que el episodio desaparezca de los titulares. Si se comprueba que fueron engañados y abandonados deliberadamente, los responsables deberán responder por sus actos conforme a la ley. También será necesario establecer si existen otras víctimas y si estas redes han realizado operaciones semejantes.

El episodio plantea, además, una pregunta incómoda: ¿qué empuja a un dominicano a pagar entre 75,000 y 100,000 pesos para abandonar su país de manera clandestina? La respuesta no puede reducirse a la imprudencia individual ni al deseo de vivir en Estados Unidos. Hay que mirar también las condiciones económicas, las expectativas frustradas, la falta de oportunidades que muchas personas experimentan y la percepción de que, por más que trabajen, no consiguen avanzar. No todos los que emigran lo hacen por las mismas razones, ni toda decisión de emigrar responde a la pobreza extrema. Pero cuando alguien se arriesga a morir en el mar y entrega una suma tan elevada a desconocidos, conviene preguntarse qué realidad lo ha llevado a considerar aceptable semejante peligro.

Por eso, este caso no debería contemplarse únicamente como una anécdota pintoresca ni como un episodio para alimentar las burlas en las redes sociales. Es cierto que la frase «¡Bendito, nene, llegamos a Puerto Rico!» tiene una fuerza cómica involuntaria. La ironía está servida: pagaron para llegar a una isla y terminaron en la misma tierra de la que habían salido. Pero detrás de esa frase hay angustia, dinero perdido, expectativas rotas y personas que, durante horas o días, pudieron haber temido por sus vidas. Reírse de la ocurrencia es una cosa; convertir a los engañados en objeto de desprecio es otra.

En este caso nos reímos, pero en otros hemos llorado. Hemos llorado ante las noticias de embarcaciones desaparecidas, de familiares que esperan llamadas que nunca llegan y de cuerpos que el mar devuelve cuando ya no queda esperanza de encontrar sobrevivientes. Hemos visto cómo las aguas del canal de la Mona se convierten en frontera, cementerio y testigo silencioso de una realidad que no desaparece porque dejemos de hablar de ella. Los náufragos no siempre tienen nombres conocidos, y sus historias rara vez ocupan durante mucho tiempo el centro de la atención pública. Pero cada uno llevaba consigo una historia, una familia y una razón para emprender el viaje.

La tragedia del Regina Express, el recuerdo de aquella joven recién parida que ofreció el seno a varios náufragos y las noticias recurrentes de dominicanos desaparecidos o muertos en el mar pertenecen a esa memoria dolorosa. Son episodios distintos, que no deben confundirse con lo ocurrido ahora, pero que remiten a una misma pregunta: ¿por qué tantas personas están dispuestas a arriesgar la vida para escapar de su realidad? El mar cambia de escenario, los protagonistas cambian y las circunstancias no son siempre las mismas; sin embargo, la necesidad de encontrar una vida mejor reaparece una y otra vez.

La frontera entre República Dominicana y Haití es terrestre. La que separa a los dominicanos de Puerto Rico es marítima. Pero hay otra frontera, mucho más difícil de cruzar: la que existe entre la vida que una persona tiene y la vida que cree posible alcanzar. Cuando esa distancia se vuelve insoportable, algunos buscan una salida por cualquier medio. Es allí donde aparecen los traficantes, los organizadores de viajes clandestinos y los estafadores que prometen convertir la desesperación en una oportunidad, aunque su verdadero negocio consista en enriquecerse con ella.

Si nuestra frontera terrestre fuera con Puerto Rico, probablemente veríamos una estampida humana de dominicanos en dirección a esa isla. No porque todos los dominicanos quieran emigrar ni porque Puerto Rico sea un paraíso sin problemas, sino porque la cercanía, los vínculos económicos y la expectativa de mejores oportunidades pueden convertir un destino en una poderosa atracción migratoria. La comparación nos obliga a reconocer algo que con frecuencia olvidamos: el deseo de emigrar no es una peculiaridad de los haitianos, ni una condición exclusiva de los pueblos pobres. Es una experiencia humana que adopta formas diferentes según las circunstancias de cada sociedad.

La lejana frontera del engaño no está solamente en el horizonte de Puerto Rico ni en las aguas peligrosas que separan ambas islas. También está aquí, en las desigualdades que empujan a la gente a marcharse, en las promesas que se compran con los ahorros de una familia y en la impunidad que puede permitir que unos pocos conviertan la esperanza de muchos en un negocio criminal.

Al final, aquellos dominicanos no llegaron a Puerto Rico. Llegaron a los manglares de su propio país, después de haber pagado por una promesa que, según las denuncias, resultó falsa. El mar no los llevó al destino soñado, y la costa que apareció ante sus ojos no fue la puerta de entrada a una vida nueva, sino el escenario de un engaño. Su historia puede provocar una carcajada momentánea, pero debería dejarnos una reflexión mucho más seria: cuando la esperanza tiene que pagar cientos de miles de pesos para buscar una salida, siempre habrá alguien dispuesto a cobrarla, incluso si para hacerlo pone en peligro la vida de quienes confían en él.

Porque el engaño más profundo no consiste únicamente en hacerle creer a un viajero que las luces de la costa pertenecen a Puerto Rico cuando todavía está en la República Dominicana. Consiste en aprovecharse de la necesidad que lo hizo subir a la yola, de la desesperación que lo llevó a entregar sus ahorros y de la esperanza que le permitió celebrar antes de conocer la verdad.

Y esa frontera, la que separa la esperanza de la estafa, puede ser mucho más peligrosa que la distancia que existe entre dos islas.

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