Por Julio Cuevas | Vértice Crítico.
No entiendo esta falacia de mal agüero.

No entra en mi corazón aquel augurio
de espejitos
y patrañas.
Y aun así dices que me descubriste,
como si yo nunca existiera,
como si mi alma no estuviese sobre estos bosques,
siempre,
antes de tú nacer… extranjero…

¿Cómo descubres a quien siempre ha estado
junto a los surcos de esta tierra?
Dime… extranjero,
¿cómo me descubriste?
Siendo yo quien soy
y siempre he sido,
por encima de tus barcas invasoras,
¿cómo me descubriste?
Si al verte llegar,
hasta el viento sintió tu angurria,
tu gula,
tu veneno.
Dime entonces…
¿cómo me descubriste,
extranjero,
si hasta los gorriones huyeron
al tronar de tus fusiles…
embustero?
Me echaste de mi guarida,
robaste mis sueños.
¿Entonces?
¿Cómo me descubriste,
extranjero,
si cuando tú me invadiste
ya tenían hondas raíces
mis linderos?
Dime, ¿cómo me descubriste?
Recuerda que esta siempre ha sido mi madriguera,
la que robaste y escupiste
junto a mis pertrechos.
Tú fuiste y eres
el invasor…
el hurtador de esperanzas,
el que, en nombre de Dios,
aún sigues pisoteando mis recuerdos…
Entonces, ¿me invadiste o me descubriste?
Dímelo,
extranjero.






































