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LULA: DE LOS IMPOSIBLES A LAS REALIDADES. EL HOMBRE NO ES CÓMO COMIENZA, ES CÓMO TERMINA.

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Por: Henry Polanco | Vértice Crítico

El obrero metalúrgico que emergió de la clase trabajadora para convertirse en presidente de la mayor economía latinoamericana vuelve a demostrar una capacidad excepcional para interpretar las aspiraciones populares, resistir la adversidad y reconstruir mayorías cuando el horizonte parece cerrado.

Su trayectoria es, en sí misma, una sucesión de acontecimientos extraordinarios: líder sindical durante las luchas por la democratización, fundador del Partido de los Trabajadores y vencedor de las elecciones de 2002, gobernó Brasil durante dos mandatos consecutivos, entre 2003 y 2010, con una proyección internacional que lo convirtió en una de las figuras más reconocidas de la izquierda mundial.

Después llegó el golpe de 2016 y vino el encarcelamiento, en 2018, que lo apartó de la contienda política. Permaneció 580 días en prisión antes de recuperar la libertad, mientras las condenas en su contra fueron posteriormente anuladas por la misma justicia brasileña. Le fabricaron 12 expedientes de supuesta corrupción, y los 12 fueron descartados.

Cuando muchos consideraban terminada su carrera, regresó a las urnas y derrotó al expresidente Jair Bolsonaro en 2022; y ahora, en vísperas de su cumpleaños número 81, este 27 de octubre, protagoniza otro capítulo excepcional.

Tras quedar por detrás del senador Flávio Bolsonaro, hijo del anterior expresidente, en la primera vuelta del 4 de octubre, consiguió revertir el resultado y conquistar su cuarto mandato, en una elección que volvió a movilizar a un país profundamente polarizado. En solo tres semanas, superó una diferencia de 2,2 millones de votos.

Sin embargo, esta victoria, en la que Lula obtuvo el 51,79 % de los votos válidos, frente al 48,21 % de su rival, no puede explicarse únicamente por la figura del mandatario.

También pertenece a millones de brasileños que llenaron las calles, participaron en actos, compartieron mensajes y convirtieron la campaña en una movilización colectiva. Se sentía el deseo de parar a otros, de frenar una retórica política fomentada por una ultraderecha que viene desencadenando el desencanto con la misma velocidad con que encantó a muchos votantes hace unos años.

La remontada tuvo en las redes sociales uno de sus escenarios decisivos. El llamado Ejército de Lula, organizado en WhatsApp por el diputado André Janones, llegó a reunir casi 11 millones de integrantes.

Desde ese espacio, el parlamentario, convertido por sus seguidores en el «general» de la tropa digital, impulsó convocatorias, orientó acciones y contribuyó a multiplicar la presencia de los mensajes favorables al presidente.

La iniciativa mostró cómo el conocimiento de los algoritmos, las dinámicas de circulación de contenidos y la participación organizada pueden ponerse al servicio de una campaña política.

Pero Janones también resumió una lección fundamental: las redes, por sí solas, no ganan elecciones; la fuerza digital necesitaba encontrarse con la movilización en las calles.

Y allí estuvieron los militantes, los movimientos sociales, los trabajadores, los jóvenes y los ciudadanos que asumieron como propia la disputa por el futuro nacional.

La victoria de Lula es, por tanto, la de un dirigente que ha demostrado una gran capacidad de supervivencia política, pero también la de una multitud que decidió no permanecer al margen de la historia.

Pero, aunque hay mucha alegría, hay que reconocer que Lula ya no representa la integración de América Latina. Los hechos recientes y las posturas pragmáticas frente a Estados Unidos, durante 2023 y 2024, impidiendo a Venezuela ingresar a los BRICS, no fueron otra cosa que ambivalencia o táctica ideológica por pragmatismo de fondo, que permitieron a Estados Unidos recuperar su patio trasero. Dejaron una impronta en el marco de las izquierdas de América Latina: cada quien libra su batalla y tiene sus propios resultados.

Hoy nos alegramos de la victoria, pero las lealtades también cobran infortunios. Hoy Maduro no está, Venezuela cayó, no combatió; el chavismo se rindió al pragmatismo.

Pero la izquierda está ahí. En cada pueblo demuestra también que conserva una capacidad real de movilización popular, que todo depende de las causas y del liderazgo que se forma alrededor de los intereses del pueblo.

Lula logró reagrupar a sus bases y atraer a electores que no querían el regreso de la familia Bolsonaro al poder. Pero también es cierto que la derecha brasileña mantiene una fuerza electoral considerable.

Casi la mitad de los votos válidos fueron para su adversario. No estamos ni por asomo, por ahora, ante la desaparición del bolsonarismo, sino ante una nueva derrota electoral de un movimiento que, por desgracia, sigue teniendo una base social amplia.

Claro está que de esto Lula ya ha tomado nota, y de allí sus palabras en el festejo: «Gobernaré para 215 millones de brasileños» y «No teman al adversario».

Así, mientras Brasil abre un nuevo capítulo de su historia democrática, Lula vuelve a demostrar que su trayectoria aún guarda espacio para lo sorprendente.

Pero esto nos demuestra que cada batalla se gana peleando. Y peleando con todas sus fuerzas, con la pasión de la juventud acumulada sobre sus ochenta y pico de años en la mochila. Eso el pueblo lo vio claramente, sobre todo ese caudal de votantes enojados o frustrados que le restaron apoyo en la primera contienda y que ahora aparcaron sus críticas y asumieron la responsabilidad de que había que frenar al monstruo.

Es digno reconocer que cada pueblo, cada país y cada nación, en su contexto, tienen una lucha que pelear. Rendirse sin batalla es acomodarse ante las fuerzas. Solo batallando se logran victorias; de lo contrario, las derrotas llegan por sí solas.

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