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La rabieta de Trump y su obsesión con el Premio Nobel de la Paz.

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Por Julio Disla | Vértice Crítico. 

Julio Disla
Julio Disla

Cuando un presidente convierte un reconocimiento internacional en una reclamación personal, queda al descubierto la distancia que puede existir entre la búsqueda de la paz y la necesidad de recibir aplausos.

Hay escenas de la política mundial que parecen sacadas del patio de una escuela: alguien considera que merece un premio, no se lo conceden y, en lugar de examinar las razones de la decisión, protesta porque otros no reconocen sus supuestos méritos. La controversia protagonizada por Donald Trump en torno al Premio Nobel de la Paz invita a formular una pregunta incómoda: ¿estamos ante otra rabieta de escolar o ante una concepción de la política internacional en la que el reconocimiento personal importa más que los resultados concretos?

Según las declaraciones que se le atribuyen, Trump volvió a cuestionar la decisión del Comité del Nobel y criticó a la persona galardonada por su posición contraria a Israel. El comentario no solo expresa su desacuerdo con una distinción internacional; también desplaza la discusión desde los méritos de quien recibió el premio hacia sus posiciones políticas.

Pero el Premio Nobel de la Paz no es una medalla que corresponda automáticamente al presidente de la mayor potencia militar del planeta, ni un trofeo que se adjudique por la cantidad de veces que un mandatario proclama haber conseguido la paz. Es un reconocimiento cuya concesión corresponde a un comité independiente, con sus propios criterios y deliberaciones.

La paz no se demuestra proclamando que se merece un premio. Se demuestra con hechos, decisiones y consecuencias para los pueblos.

La paz no es un concurso de popularidad

Trump ha cultivado públicamente la imagen de un dirigente que reclama para sí el mérito de los acuerdos y las iniciativas diplomáticas que considera exitosos. Esa manera de presentar su gestión convierte con frecuencia la política internacional en un escenario de autocelebración, donde el protagonismo del dirigente ocupa el centro del relato.

Sin embargo, la paz es una cuestión demasiado seria para reducirla a una competencia de egos. No basta con anunciar acuerdos, exhibir fotografías de reuniones diplomáticas o atribuirse victorias políticas. Es necesario examinar qué compromisos se alcanzaron, si se respetan, qué conflictos se desactivaron, qué poblaciones siguen expuestas a la violencia y si las soluciones construidas tienen posibilidades reales de mantenerse.

Un acuerdo diplomático puede representar un avance importante sin resolver todas las causas de un conflicto. Del mismo modo, una declaración presidencial puede presentarse como histórica sin que sus resultados justifiquen semejante calificativo. La evaluación debe descansar en los hechos, no en la publicidad del gobernante.

Por eso, quien aspira a ser reconocido como artífice de la paz debería aceptar que sus actuaciones sean examinadas con el mismo rigor que las de cualquier otro dirigente. El prestigio internacional no puede exigirse como una obligación ni sustituir el balance de los resultados.

 

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