“Se avanza en términos profesionales y académicos, pero se restringe la posibilidad de habitar plenamente los vínculos más inmediatos.” JEM
Por José Espinal Marcelo | Vértice crítico.

Durante años, mi rutina ha estado definida por un eje de movilidad territorial, salir de Santiago hacia el Distrito Nacional y regresar. No es un detalle menor ni una anécdota personal; es una arquitectura de vida que combina trabajo, formación académica, vocación artística y compromiso social en un mismo circuito exigente.

Ese modelo (frecuente en economías en desarrollo donde las oportunidades se concentran geográficamente), tiene implicaciones que van más allá de la productividad. Obliga a una administración estricta del tiempo, pero también impone costos menos visibles, como la erosión progresiva de la vida afectiva. En mi caso, esa ecuación ha significado ausencias reiteradas en espacios familiares, encuentros pospuestos con amigos, descuido de la salud y una distancia que no siempre se mide en kilómetros, sino en momentos no vividos.

El fenómeno responde a una lógica estructural donde la movilidad se convierte en requisito para avanzar. Sin embargo, ese mismo desplazamiento, que habilita oportunidades, también fragmenta la experiencia cotidiana. Se produce una paradoja: se avanza en términos profesionales y académicos, pero se restringe la posibilidad de habitar plenamente los vínculos más inmediatos.
En este contexto, el tiempo deja de ser solo un recurso escaso y pasa a ser un activo referente. Cada decisión (trabajar más, estudiar más, comprometerse más), implica una renuncia implícita. Y aunque esas decisiones responden a una racionalidad clara, no están exentas de costo humano.

No se trata de cuestionar el valor del esfuerzo ni de romantizar la renuncia. El trabajo, el conocimiento y la participación social siguen siendo pilares esenciales para cualquier proyecto de vida consistente. Pero sí conviene reconocer que el modelo que los articula, tal como se vive en la práctica, tiende a invisibilizar sus efectos secundarios, el desgaste emocional, la desconexión afectiva y la sensación persistente de estar siempre en tránsito.
Aun así, hay un elemento que sostiene esta dinámica, la convicción. La certeza de que lo que se construye (aunque demande sacrificios), tiene un propósito que trasciende lo inmediato. Esa convicción no elimina las realidades, pero las ordena.

La cuestión de fondo, entonces, no es si este estilo de vida es sostenible en términos estrictamente operativos, sino si es humanamente equilibrable en el largo plazo. Y esa es una pregunta abierta, no solo para quienes la vivimos, sino para una sociedad que, cada vez más, normaliza la fragmentación como condición del progreso.
Mientras tanto, el desafío es claro, avanzar sin perderse. Porque en una vida definida por el movimiento, el mayor riesgo no es el cansancio, sino la desconexión de aquello que, en última instancia, da sentido al trayecto.



































