
Por Pablo A. Ferreiras Pérez | Vértice crítico.
Asistimos a una coyuntura de consecuencias impredecibles para la humanidad, en especial para los pueblos del Sur Global. La industria de la guerra —ese caballo de Troya al que acude el imperialismo norteamericano para controlar países, mercados, recursos naturales y financieros— hoy está activada como recurso vital para imponer un nuevo reordenamiento que detenga la ostensible pérdida de hegemonía y áreas de control de Washington.

En esa virtud, y con atención a la Nueva Doctrina de Seguridad Nacional, los Estados Unidos dirigen su presión hacia América Latina, su considerado “patio trasero”, convirtiendo a los gobiernos progresistas y de izquierda en blancos de ataques y persecución. Esta dinámica coloca a Cuba en el centro de su atención. Dado el recrudecimiento del bloqueo comercial y político, sumado a las últimas declaraciones y amenazas desembozadas del señor Donald Trump contra el gobierno de la isla, parece apropiado hacer las siguientes puntualizaciones para ubicar las causas del inusual esquema de presión que hoy se cierne sobre la isla indómita.
I.- Irán va ganando la guerra
En el Golfo Pérsico, Washington y su aliado estratégico, el ejército de Israel, están siendo derrotados tanto en el terreno militar como en la disputa por el dominio del relato frente al pueblo y las Fuerzas Armadas de Irán. A pesar de los esfuerzos conjuntos de este bloque, la posibilidad de doblegar a la nación persa se desvanece progresivamente. Esto contrasta con lo sucedido en Venezuela, donde los Estados Unidos lograron imponerse con relativa facilidad —aunque a un alto costo en vidas— apoyándose en la traición, esa histórica perversidad que cíclicamente aflora en nuestros pueblos.
En múltiples ocasiones, Donald Trump ha anunciado la inminente capitulación de Irán recurriendo a una abierta apología del genocidio con afirmaciones como: “me dijeron que era más divertido hundirlos; prefieren hundirlos; dicen que es más seguro”. Sin embargo, mostrando un absoluto desprecio por sus adversarios y sus víctimas, el mandatario y su agresiva política imperial continúan cosechando reveses. Todo parece indicar que Washington agota sus últimos cartuchos sin opciones reales de alterar el desenlace final.
Las pretensiones de oxigenar la crisis energética a expensas de los recursos del Sur Global no logran consolidarse en el Golfo Pérsico; por el contrario, se diluyen ante un pueblo que previó este gravísimo escenario y se preparó para resistirlo. Solo el interés corporativo de los magnates de la industria armamentística mantiene encendido un conflicto a contrapelo de la opinión pública mundial y, muy especialmente, de la gran mayoría del pueblo estadounidense, que hoy se moviliza masivamente en las calles exigiendo el cese de esta política hostil.
En términos estratégicos, las Fuerzas Armadas de Irán han frustrado y desbordado las proyecciones triunfalistas de Trump y de su empecinado secretario de Defensa, Pete Hegseth. De nada han servido las continuas advertencias de “destrucción total”: tras cada anuncio de la Casa Blanca, la respuesta persa se manifiesta en masivos e implacables contraataques, combinados con drones de alta eficacia y una vasta dotación de misiles balísticos e hipersónicos.
II.- La guerra es un lucrativo negocio
El millonario engranaje de la industria bélica norteamericana es financiado directamente por sus propios trabajadores y por las clases precarizadas de naciones que, como la República Dominicana, sufren el constante saqueo de los capitales imperiales. El peso de estos intereses corporativos hace que el Pentágono sea incapaz de admitir abiertamente su fracaso operativo.
Hasta la fecha, las hostilidades contra Irán representan para el contribuyente estadounidense un costo superior a los mil millones de dólares diarios. Evaluaciones basadas en el Penn Wharton Budget Model, de la Universidad de Pensilvania, proyectan que, si las operaciones se extienden por dos meses más, el gasto operacional oscilará entre los 40,000 y los 95,000 millones de dólares, sin contar los costos indirectos y de largo plazo que requerirán análisis independientes.
Los magnates de la guerra no pretenden renunciar a estos dividendos y necesitan prolongar el escenario bélico tanto como sea posible; para ellos no existen pérdidas. Sus hijos jamás pisarán el frente de batalla. Quienes engrosan las filas son los hijos de las clases subordinadas e inmigrantes, principalmente latinoamericanos, reclutados bajo la promesa de mejores ingresos económicos, aun cuando esto signifique afrontar el riesgo de una invalidez física y psicológica o una muerte segura en el olvido.
III.- Las derrotas de los imperios, principio del fin
Reconocer el fracaso militar implicaría el resquebrajamiento de la hegemonía global de los Estados Unidos y la pérdida del orgullo chauvinista que sustenta su narrativa de supremacía sobre el resto del mundo. El mito de la invencibilidad imperial quedaría seriamente lesionado y cuestionado.
La historia universal registra derrotas proverbiales de grandes potencias frente a fuerzas militarmente inferiores, muchas de las cuales marcaron el inicio del colapso de antiguos imperios. Ese mismo síndrome se proyecta como un fantasma sobre la coyuntura actual.
En la Antigüedad, Aníbal Barca derrotó al ejército romano en la batalla de Cannas al mando de una fuerza cartaginesa notablemente menor, consolidando uno de los mayores hitos de la táctica militar. Siglos después, en Germania, Arminio lideró una coalición de tribus que aniquiló a tres legiones romanas en el bosque de Teutoburgo; un revés ante el cual el emperador Augusto exclamó consternado: “¡Varo, devuélveme mis legiones!”, marcando el fin de la expansión romana hacia el norte de Europa.
Más recientemente, la historia moderna atestigua la humillación infligida a Washington por un pueblo empobrecido, pero firmemente convencido de la justeza de su causa: el pueblo de Vietnam, que derrotó la arrogancia del poderío estadounidense en una guerra profundamente desigual que costó cerca de tres millones de vidas.
En cada uno de estos escenarios, el invasor partió de una presunta certeza sobre sus ventajas estratégicas; sin embargo, los agredidos contaban con la determinación histórica de defender su territorio y su identidad hasta las últimas consecuencias. Esta convicción fomenta la inventiva heroica frente a la ocupación, una realidad que Irán vuelve a poner de manifiesto.
Los Estados Unidos se enfrentan hoy a la disyuntiva de admitir su vulnerabilidad económica y militar. No obstante, las esferas de decisión en Washington, imbuidas de una doctrina de superioridad incuestionable, se resisten a aceptar el fracaso estratégico, especialmente ante la cercanía de las elecciones de medio término.
IV.- Las elecciones de noviembre, la crisis y Cuba como pretexto
Sobre las próximas elecciones de medio término en noviembre, el propio Donald Trump ha dejado claras sus sospechas sobre el futuro de su gestión. En declaraciones a sus asistentes, ha enfatizado que no se puede permitir perder el control del Congreso; sabe que una victoria demócrata abriría las puertas a un juicio político con el fin de apartarlo de la Casa Blanca, obligándolo a confrontar una justicia ante la cual no saldría bien parado.
La preocupación del mandatario no es menor y tiene sobradas razones para estar alerta. Recientemente, The Economist publicó una encuesta que dibuja un escenario poco prometedor para el oficialismo en noviembre. Según los sondeos, la desaprobación neta de Trump presenta un alarmante -21%: mientras el 57% desaprueba su gestión, apenas un 37% la evalúa positivamente. Esto significa que seis de cada diez ciudadanos rechazan su mandato.
De forma lógica, la presión inflacionaria —que ronda el 4%— ha ido deteriorando la imagen del presidente, cuyo principal bastión se reduce hoy al ecosistema de las redes sociales, donde sus aliados tecno-feudales son poderosos. En la sociedad de carne y hueso, en cambio, más del 70% de los estadounidenses encuestados sienten que su situación económica es mala. El impacto es tan fuerte que las expectativas no son de recuperación, sino de empeoramiento: un 63% está convencido de que la situación irá a peor. Asimismo, otras fuentes apuntan a un escalofriante 70% de opiniones que sostienen que Trump debería ser removido del cargo de manera anticipada.
Este estado de deterioro económico, sumado a la presión de los comicios de noviembre, es el acicate que impulsa a la cúpula de Washington a buscar distractores internacionales y pretender ahogar en sangre al pueblo cubano. La Revolución cubana es el pretexto perfecto para intentar cambiar la percepción pública de cara a las urnas. Sin embargo, la opinión mayoritaria de los norteamericanos se opone aplastantemente a una aventura de esa naturaleza: más del 65% del pueblo estadounidense rechaza este crimen, encontrando eco favorable únicamente en la comunidad anticubana de Miami.
Es tarea ineludible de los pueblos y gobiernos que aman la paz reclamar el cese de las amenazas contra Cuba. Por tradición, el pueblo y el gobierno cubanos han sido abanderados de la paz, defendiendo el derecho de las naciones a vivir en libertad y con dignidad. La Revolución cubana no representa una amenaza para ningún país; al contrario, cada uno de sus avances científicos ha sido puesto históricamente al servicio de la humanidad. Ante catástrofes climáticas, terremotos o epidemias, el pueblo cubano siempre responde aportando sus recursos humanos altamente calificados y sus modestos fondos económicos en nombre de la solidaridad internacional.
Santiago, República Dominicana
22 de mayo de 2026.




































