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Cuando llegó el cine de Felicó (Borrador para un cuento breve).

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Manuel Salazar.
Manuel Salazar.

Manuel Salazar

Temprano en la mañana de un domingo de junio, sería el Día de San Antonio, un joven de nombre Agustín anunció con un fututo que en esa misma tarde habría una sorpresa para el pueblo.

Adultos y menores podrían disfrutar de ella.

Invitaba a ver una película por el pago de tan solo 10 cheles.

Sería la primera vez que el cine llegaba al barrio.

"¡Vengan a ver otras partes del mundo en una pared!", anunciaba Agustín.

Ya se celebraban las fiestas patronales y el barrio había sido decorado con pencas de palma amarradas a los postes de luz.

Se sentía un ambiente festivo.

A eso de las 5 de la tarde, cientos de personas acudieron al lugar anunciado. Con mucha curiosidad. Porque no tenían la menor idea de lo que se trataba.

Al rato de estar en la fila vieron que en la Ñata, un camioncito en el que se transportaban bidones de leche desde los campos hasta la fábrica de quesos, propiedad de un señor de apellido Milz, dos hombres trajeron una máquina rara y un pedazo grande de tela blanca y entraron a una casona grande recién pintada y de la que salía un fuerte olor a gas de kerosene.

Más atrás, llegó un hombre joven en una bicicleta de canasto, con varios rollos de metal, y entró justo por donde habían entrado los que trajeron la máquina rara y el pedazo de tela blanca grande.

—Dizque esta tarde veremos otros pueblos del mundo en una pared blanca. Es lo que me han dicho —comentó un señor de nombre Santiago que estaba en la fila, inmensamente larga.

Al rato, un señor de gran tamaño, de piel blanca, calvicie incipiente, ojos claros y, en un español estropeado, ordenó a los presentes que arreglaran la fila y comenzaran a cruzar un portal estrecho para luego entrar a la casona.

—Tienen que pagar 10 cheles para entrar —dijo en voz alta el señor.

Cada quien pagaba sus 10 cheles y el señor los depositaba en una caja de cartón de las que envasaban zapatos nuevos.

Más de la mitad de los que estaban en las filas no pudieron entrar por falta de cupo. En 10 minutos la casona estaba repleta.

La tela blanca había sido colgada entre dos postes. Los más viejos ocuparon las primeras filas; los niños se sentaron en el suelo, con los ojos muy abiertos.

De pronto, la máquina comenzó a hacer un sonido. Un haz de luz atravesó la oscuridad y llegó a la tela.

Entonces ocurrió el milagro.

Apareció un tren avanzando hacia los espectadores, y parecía que saldría de la pantalla.

Varias personas huyeron en sentido contrario a la tela blanca.

Otras personas gritaron.

Un anciano se levantó de un salto pensando que la locomotora los arrollaría.

Los niños reían y se escondían detrás de sus madres.

Luego aparecieron ciudades y gente montando a caballo. Hombres con revólveres al cinto. Hombres y mujeres que hablaban en una cantina, pero nadie los escuchaba.

De repente, un grupo de hombres llegó a caballo y disparaba al aire sus revólveres. El ruido de los disparos era terriblemente estruendoso. El trote de los caballos también parecía salir de la pantalla y tirarse sobre el público.

Uno de los niños gritó de miedo y quiso salir huyendo de la casona. Su padre se lo impidió.

—No pasa nada, mijo. Ven, siéntate en mis piernas.

El niño asintió, pero ocultó su cara en el pecho del padre para no ver las escenas en la tela blanca, donde seguía una balacera que parecía no tener fin.

Un jinete vestido de negro y con antifaz también de color negro apareció de repente sobre un veloz caballo blanco. Llevaba dos pistolas al cinto, que comenzó a disparar a dos manos contra quienes desde hacía rato continuaban la balacera.

Los espectadores estallaron en júbilo y aplausos.

Minutos después, la mayoría de los de la balacera habían caído muertos, y el que parecía ser el líder del grupo huyó a caballo seguido de otros dos.

Cuando el tiroteo pareció terminar, comenzaron a salir personas de entre las casas. Entre estas había una mujer rubia, hermosa, que puso su mirada de admiración sobre el jinete vestido de negro y con antifaz. Este también la distinguió entre la muchedumbre. Montó de un salto su caballo blanco y cabalgó hacia la rubia. Al galope la tomó por las caderas, la subió y montó a la mujer detrás suyo, y salieron también al galope de la aldea.

En un bosque en las afueras se desmontaron y, sobre hierbas secas, se acostaron y comenzaron a besarse. Él sobre ella.

—Con la ropa puesta —dijo a media voz el señor de nombre Santiago.

Segundos después de iniciar esa escena, apareció en luces brillantes la palabra FIN.

Se prendieron las luces en la casona.

La función terminó cerca de las 8 de la noche. Durante unos minutos nadie habló. Todos se veían unos a otros. Parecía que esperaban más. Y no se movían de sus asientos.

El señor de piel blanca hubo de gritarles:

—¡Ya se acabó, váyanse!

Serían las 10 de la noche y, en el entorno de su casa, el señor de nombre Santiago contaba en detalle a un grupo de personas cómo era la vida en los otros pueblos que vio en la película.

En varios días seguidos hizo lo mismo con grupos distintos y en lugares también distintos. Contaba por doquier y con emoción inusitada la vida de los otros pueblos que había visto sobre una tela blanca. Repetía una y otra vez la balacera, la valentía del jinete del caballo blanco, vestido de negro, y sus dos "cachafuses", uno a cada lado de la cintura.

Y siempre destacó un detalle:

"Las mujeres de para allá son lindísimas y se van fácil con uno en un caballo; pero hacen eso con la ropa puesta".

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