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Editorial | Vértice Crítico La costumbre de contar mujeres muertas.

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Editorial | Vértice Crítico

La costumbre de contar mujeres muertas.

Hay algo profundamente inquietante en la manera en que el país recibe la noticia de un nuevo asesinato de una mujer. Se comenta durante unas horas, ocupa algunos titulares, provoca indignación en las redes sociales y, casi sin darnos cuenta, queda sepultada por la siguiente tragedia. Así, una muerte reemplaza a otra y el dolor termina administrándose por turnos, como si la violencia tuviera calendario.

Mientras escribimos estas líneas, setenta y una mujeres han sido asesinadas en la República Dominicana en lo que va de año. Pero el verdadero problema comienza cuando dejamos de ver sus nombres y solo hablamos de números. En ese instante ocurre una segunda muerte: la de la memoria y la sensibilidad de una sociedad que empieza a convivir con lo insoportable.

Ninguna mujer debería salir de su casa con el temor de no regresar. Ninguna familia debería acostumbrarse a esperar una llamada de madrugada que anuncie una tragedia. Sin embargo, eso está ocurriendo. Y cuando el miedo se instala como parte de la vida cotidiana, ya no estamos frente a un problema exclusivo de seguridad ciudadana; estamos frente a una fractura moral.

Resulta demasiado cómodo atribuir cada crimen a un ataque de celos, a una discusión doméstica o a un arrebato de ira. Esas explicaciones alivian conciencias porque convierten un problema estructural en un episodio aislado. Pero la realidad desmiente esa comodidad. Los asesinatos de mujeres son la expresión más brutal de una cultura donde todavía existen hombres que creen tener derecho a decidir sobre la vida de quien ya no quiere permanecer a su lado.

El Estado tiene responsabilidades ineludibles. La justicia también. Pero sería un error pensar que el problema termina ahí. La violencia comienza mucho antes del disparo, del cuchillo o de los golpes. Empieza cuando se normaliza el control sobre la pareja, cuando el acoso se interpreta como insistencia romántica, cuando las amenazas se minimizan y cuando las denuncias no encuentran respuestas oportunas.

La República Dominicana necesita algo más que campañas de sensibilización después de cada tragedia. Necesita una política permanente de prevención, instituciones que actúen antes de que sea demasiado tarde y una sociedad que deje de mirar hacia otro lado.

Porque el día en que contar mujeres asesinadas deje de provocarnos vergüenza e indignación, habremos perdido mucho más que la capacidad de conmovernos: habremos renunciado a defender el valor de la vida.

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