Home Actualidad Vivo para contarlo (4)

Vivo para contarlo (4)

559
0

Autor: Miguel Medina

¡Quitaron el internado!

Miguel Medina
Miguel Medina

Con ese grito desesperante nos esperaron los estudiantes que recién ingresaban a trillar el camino de la ausencia de su entorno social y de sus íntimos familiares para tratar de hacer realidad el sueño de formarse en una carrera técnica y escapársele a las precariedades de pequeños pueblos desolados.

La incertidumbre perturbaba sus rostros. El logro de conseguir una beca se transformaba en la derrota de no tener dónde guarecerse en la metrópoli que los retaba a trillar una nueva vida.

La Escuela Nacional de Artes y Oficios (ENAO), ubicada en las proximidades del Estadio Quisqueya, en la capital dominicana, desde su fundación en la década de los cincuenta del siglo pasado fue un centro de formación técnica que realizó grandes aportes al desarrollo industrial que despuntaba en la época y generaba movilidad social, convirtiendo jovencitos de lejanos y remotos pueblos del sur, del este y del norte del país en técnicos especializados en electrónica, electricidad, ebanistería, mecánica automotriz e industrial.

Al iniciar el año escolar, en el mes de septiembre de 1974, se inauguraba el tercer período gubernamental del régimen balaguerista, popularmente conocido como los 12 años de Balaguer. En la Universidad Autónoma de Santo Domingo, estudiantes, docentes y servidores administrativos se movilizaban y conmocionaban el país, de punta a punta, con la consigna “5 % para la UASD”, que era un mandato legal que el régimen no solo inobservaba, sino que criminalizaba a quienes desafiaban el terror y la represión. Autobuses repletos de estudiantes eran conducidos al Palacio de la Policía y los líderes estudiantiles apresados terminaban en la cárcel de La Victoria.

En un momento de intensas movilizaciones políticas y populares en solidaridad con la UASD, reclamando la libertad de los presos políticos y el cese de los crímenes y la represión, el presidente Balaguer compareció ante el país mediante cadena de radio y televisión y, entre otras cosas, rechazó la demanda del 5 % para la UASD, señalando que la inversión en educación no debía tener como prioridad la educación universitaria, sino que los recursos debían canalizarse hacia la educación técnica.

En ENAO, los estudiantes de segundo y tercer curso, quienes terminaban su carrera en cuatro años, continuaban bajo el régimen de internos; es decir, tenían asegurados, hasta graduarse de peritos técnicos, dormitorios, comida, medicina, lavandería, dos pesos quincenales y demás comodidades.

Los que ingresaban al primer año —45 estudiantes que lograron evaluarse y obtener sus becas entre 600 aspirantes—, no disfrutarían de esos privilegios.

De repente, tenían que buscar algún pariente o amigo para arrimarse durante cuatro años o pagar una pensión, algo imposible para la mayoría, además de costearse el transporte y otras necesidades.

La mayoría, después de un esfuerzo inaudito, estaba condenada a desertar, abandonando no solo sus becas conquistadas, sino también sus sueños de progreso y bienestar familiar.

La docencia técnica y, simultáneamente, los grados del bachillerato transcurrían con aparente normalidad.

En la tarde, cuando despedíamos a los semiinternos y conocíamos las penurias que pasaban quienes todavía habían logrado adaptarse y sobrevivir al brusco cambio, la solidaridad de quienes continuaban bajo un régimen privilegiado se convertía en rabia e impotencia.

El discurso del doctor Balaguer, donde se afirmaba que los recursos económicos se canalizarían hacia el fortalecimiento de la educación técnica, no encontraba correspondencia en los talleres donde precariamente se realizaban las prácticas de los estudios técnicos. Los equipos y herramientas, arruinados por el paso del tiempo, se tornaban obsoletos y no se correspondían con el desarrollo ni con los requerimientos tecnológicos.

Artes y Oficios tenía antecedentes de resistencia al régimen represivo vigente. En la memoria colectiva estaban grabados los nombres de jóvenes revolucionarios que, como Denis Mota, habían experimentado la represión y simbolizaban la lucha y la resistencia.

Algunos estudiantes estaban vinculados con organizaciones de izquierda y, cuando estaban de vacaciones, se integraban a las luchas políticas y protestas populares en sus pueblos.

En una de las habitaciones de los dormitorios se complotó un grupo de opositores al régimen. Asumieron con rebeldía la injusta medida de abolir el internado para los estudiantes de nuevo ingreso y determinaron que había que apoyar el 5 % para la UASD, desenmascarando al gobierno de Balaguer y visibilizando la precariedad en que se desempeñaba la educación técnica en la principal y más importante escuela pública de esa naturaleza.

La decisión fue unánime: iniciar la organización de una huelga de hambre.

Todos tenían conciencia de que el fracaso conllevaría a su expulsión, cuando ya cursaban casi el final de su carrera.

La solidaridad, el humanismo y la ideología política de algunos de ellos los convocaban a asumir los riesgos.

La consigna era reponer el internado, mejorar la alimentación y equipar y modernizar los talleres y laboratorios.

El núcleo gestor inició las labores de sensibilización y organización de la huelga de hambre entre los demás estudiantes. No tuvieron que realizar grandes esfuerzos; parecía que interpretaban un sentimiento colectivo muy solidario, arraigado en la conciencia de la totalidad de los estudiantes.

Tres días permaneciendo en el play que se ubicaba frente a la avenida San Cristóbal, desafiando a los criminales de la Banda Colorada (ENAO está frente al local del Partido Reformista).

Tres días en los que la sirena de las ambulancias no cesaba, trasladando a jóvenes deplorablemente desmayados hacia el hospital Salvador B. Gautier, en el ensanche La Fe del Distrito Nacional.

Tres días de solidaridad de la prensa, la radio y los periodistas progresistas de la época. Cada noche retumbaba la voz de Salvador Pitaluga Nivar, en Rahintel, destacando el valor de esos jóvenes estudiantes de ENAO y solicitándole al presidente Balaguer que atendiera sus justas demandas.

Tres días de firmeza y sacrificio para que no muriera ese faro de luz donde tantos jóvenes de remotas comunidades forjaron sus esperanzas.

Tres días en los que los dirigentes lograron sobrevivir y no pasar al mundo de los desaparecidos del régimen. La sabia y oportuna decisión de trasladar los colchones y concentrarnos a dormir juntos en un mismo pabellón evitó que, justamente el día en que se tomó esa determinación, penetrara con saña una turba de la Banda Colorada para raptar, con fines tenebrosamente inconfesables, a quienes lideraban el contundente desafío a un régimen que no perdonaba ese tipo de osadía.

Tres días en los que monseñor Polanco Brito, arzobispo de Santo Domingo; Rafael Herrera, director del Listín Diario; y Salvador Pitaluga Nivar tuvieron que intervenir como mediadores entre estudiantes adolescentes y el férreo gobierno del doctor Joaquín Balaguer.

Tres días que obligaron al vicepresidente de la República a recibir en su despacho, en el segundo nivel del Palacio Nacional, a los huelguistas y los mediadores, y a comprometerse a resolver los problemas que causaron la radical protesta.

Tres días en los que el secretario de Educación, Leonardo Matos Berrido, tuvo que recibirnos y acatar la decisión de reponer el internado para los estudiantes de nuevo ingreso y mejorar las condiciones del centro educativo tecnológico.

Tres días de momentánea victoria.

El régimen, humillado por adolescentes y frustrado por habérsele desmontado su falsa narrativa para evadir el cumplimiento de la ley y aportar el 5 % del presupuesto nacional para la UASD, militarizó el centro y designó oficiales en sus principales puestos de dirección, quienes iniciaron el terror y la presión sobre los dirigentes del movimiento huelguario.

Chocaron con la voluntad de acero de jóvenes que no solo eran firmes en sus convicciones sociales, sino que también formaban parte de los estudiantes más sobresalientes.

El plan para expulsarlos se les frustró. Esas cualidades, la opinión pública y el apoyo que se había creado impedían medidas represivas extremas.

Cambiaron de táctica: modificaron los planes de estudio para volver al sistema de tres años que prevalecía anteriormente.

Las autoridades de Educación decidieron graduar al grupo que en junio de 1975 completaba su tercer año.

En ese acto de investidura, los dirigentes de tan heroica lucha recibían sus títulos de peritos en diversas disciplinas técnicas. La alegría y el abrazo familiar dominaban el ambiente. Lograban sus metas profesionales y habían cumplido con un deber solidario de infinita trascendencia.

Se graduaban de ciudadanos valientes.

LEAVE A REPLY

Please enter your comment!
Please enter your name here