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ECONOMÍA DE SUPERVIVENCIA: El crédito informal se consolida como sostén del consumo ante el colapso silencioso del salario en República Dominicana.

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sector Palma Real, en el Distrito Nacional.
sector Palma Real, en el Distrito Nacional.

Por José Espinal Marcelo | Vértice crítico.

Sociólogo Candido Mercedes
Sociólogo Cándido Mercedes

Santo Domingo. La economía dominicana exhibe cifras de crecimiento y estabilidad macroeconómica, pero en la cotidianidad de los hogares emerge otra realidad, una estructura salarial incapaz de sostener la vida. Según el sociólogo Cándido Mercedes, cerca del 65 % de la población recurre al crédito informal para poder completar el mes, un indicador que desvela más que una práctica financiera, evidencia un modelo económico que traslada el peso de su ineficiencia a los sectores más vulnerables.

Las declaraciones, ofrecidas en el programa “Reseñas, el podcast”, dibujan un mapa social donde el ingreso ya no cumple su función básica de reproducción de la vida. En un país que supera los 5.2 millones de ocupados, entre formales e informales, el problema no es únicamente el empleo, sino su calidad. “Entre un 62 % y un 65 % de los salarios son precarios”, advirtió Mercedes, subrayando que la mayoría de los trabajadores se encuentra atrapada en una dinámica de ingresos insuficientes, inestabilidad y ausencia de protección social.

El crédito como prótesis del salario

El recurso al crédito informal (préstamos sin regulación, con tasas usureras y mecanismos coercitivos), no aparece aquí como una opción marginal, sino como un componente estructural del sistema. Es, en términos prácticos, una “extensión artificial” del salario, lo que el mercado laboral no paga, lo suple la deuda.

Este fenómeno tiene implicaciones profundas. No solo perpetúa ciclos de endeudamiento crónico, sino que desplaza el riesgo económico desde las instituciones hacia los individuos. El trabajador dominicano no solo trabaja para vivir, trabaja también para pagar el costo de sobrevivir en un sistema que no le remunera adecuadamente.

La precariedad como norma, no como excepción

Lejos de tratarse de una distorsión puntual, la precariedad laboral parece ser el núcleo del modelo productivo vigente. Basado en mano de obra intensiva y de baja calificación, este esquema limita la productividad y condena a amplios sectores a salarios de subsistencia.

La consecuencia es doble, por un lado, se restringe la movilidad social; por otro, se expulsa capital humano. El propio Mercedes lo ilustra con crudeza, profesionales altamente calificados, incluso con dominio de varios idiomas y formación de posgrado, reciben ofertas salariales que oscilan entre los 30,000 y 40,000 pesos. En ese contexto, la migración deja de ser una opción y se convierte en una válvula de escape.

Impacto invisible: autoestima y deterioro social

Más allá de los indicadores económicos, el deterioro del ingreso tiene un correlato subjetivo. Según el analista, más del 65 % de la población presenta niveles bajos de autoestima, una condición estrechamente vinculada a la inseguridad económica. La imposibilidad de cubrir necesidades básicas no solo limita el consumo, sino que erosiona la percepción de dignidad personal.

La imagen es tan cotidiana como reveladora, familias que al inicio de la quincena acceden a proteínas como carne o pollo, pero que hacia la mitad del mes se ven obligadas a “estirar” lo poco que queda. No se trata de una estrategia de consumo; es la administración de la escasez.

Estado y desigualdad: la otra cara de la brecha

El diagnóstico también alcanza al aparato estatal. Mercedes cuestionó las marcadas distorsiones salariales dentro del sector público, donde funciones de responsabilidad similar reciben remuneraciones dispares. Este fenómeno no solo reproduce inequidades, sino que debilita la credibilidad institucional.

En ausencia de una política salarial coherente, el Estado (llamado a corregir fallas del mercado), termina replicándolas.

Un modelo en cuestión

El planteamiento final del sociólogo apunta a la necesidad de una reestructuración salarial con enfoque equitativo. Sin embargo, el problema trasciende ajustes puntuales. Lo que está en juego es la sostenibilidad de un modelo económico que crece sin distribuir, que genera empleo sin garantizar dignidad y que normaliza la deuda como mecanismo de subsistencia.

La pregunta ya no es si la economía dominicana crece, sino para quién crece. Mientras el crédito informal siga funcionando como salvavidas de los hogares, la narrativa del progreso continuará enfrentando su contradicción más inhumana, un país que avanza en las estadísticas, pero retrocede en la vida real de su gente.

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