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La muerte no necesita misterio para doler.

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Una reflexión desde José Saramago

Por José Espinal Marcelo.

José Espinal Marcelo (Dibujo Oscar Rodríguez).
José Espinal Marcelo (Dibujo Oscar Rodríguez).

Nos enseñaron a pensar la muerte como un puente. Como una puerta espiritual. Como una promesa. Tal vez porque aceptar que todo termina resulta demasiado difícil para una especie que vive aferrada a la idea de permanencia.

Pero la muerte no tiene poesía por sí sola. La poesía la pone el ser humano cuando intenta prórrogas.

En "Las intermitencias de la muerte", José Saramago hace algo trascendental, le quita a la muerte el disfraz religioso y la coloca frente a la sociedad como un hecho concreto, material, inevitable. Y entonces ocurre lo inesperado. Cuando la gente deja de morir, el mundo no se vuelve feliz; se vuelve insoportable.

Los hospitales colapsan. Las familias cargan cuerpos que ya no viven plenamente, pero tampoco terminan de irse. Las iglesias pierden sentido. El Estado entra en crisis. La economía se paraliza. Todo empieza a pudrirse lentamente.

Saramago parece decirnos algo brutal: la civilización funciona porque la muerte existe.

Y esa idea 'jode' y 'golpea'.

Porque durante siglos la humanidad ha dicho odiar la muerte, mientras organiza el mundo alrededor de ella. La herencia existe por la muerte. El poder cambia de manos por la muerte. Las religiones prometen eternidad porque la muerte existe. Incluso el tiempo tiene valor porque sabemos que no estaremos aquí para siempre.

Quizás por eso el verdadero miedo no es morir. El verdadero miedo es aceptar que somos materia frágil, tiempo limitado, conciencia pasajera.

Desde una mirada materialista, no hay un “más allá” esperando corregir las injusticias de este mundo. Lo único real es esta vida, este cuerpo, este cansancio, este amor, esta pobreza, esta alegría breve, esta resaca, este 'polvo'. Y justamente porque la vida termina, cada cosa adquiere significado.

La muerte no vuelve inútil la existencia; la vuelve urgente.

Amar importa porque un día faltaremos. Decir la verdad importa porque el tiempo se acaba. Abrazar, escribir, crear, luchar y resistir importan porque nada garantiza otra oportunidad fuera de esta experiencia humana concreta.

Tal vez la tragedia contemporánea no sea la muerte, sino la forma en que vivimos alejados de ella. La escondemos en hospitales, maquillamos los cadáveres, evitamos nombrarla, convertimos el duelo en trámite rápido. Queremos consumir como si fuéramos eternos, aunque el cuerpo nos recuerde cada día lo contrario.

Saramago comprendió algo esencial: "La muerte no necesita ser sagrada para ser profunda". Basta con entender que detrás de cada persona hay un universo irrepetible que desaparecerá para siempre.

Y quizá allí nace la verdadera realidad, en saber que todos estamos condenados al mismo final y, aun así, seguimos buscando razones para cuidar unos de otros.

Porque al final, la muerte no humilla la vida.

La deja al desnudo.

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