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LA REVOLUCIÓN CULTURAL CHINA Y SU PAPEL EN LA REAFIRMACIÓN DEL SOCIALISMO.

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Por Fidel Soto Castro

Fidel Soto (Foto externa)
Fidel Soto (Foto externa)

La interpretación dominante sobre el siglo XX ha intentado presentar la historia de la Guerra Fría, del fascismo europeo y del ascenso de China desde una óptica simplificada donde las potencias occidentales aparecen como defensoras permanentes de la democracia y la libertad frente a los llamados totalitarismos. Sin embargo, un análisis histórico más profundo revela contradicciones mucho más complejas, intereses geopolíticos ocultos y maniobras estratégicas que desmienten esa visión lineal de la historia.

Antes incluso de la Segunda Guerra Mundial, importantes sectores de las élites occidentales observaron al fascismo como una herramienta útil para contener el avance del comunismo y de los movimientos revolucionarios. La Guerra Civil Española fue el escenario más revelador de esa conducta.

Mientras Hitler y Mussolini intervenían abiertamente en favor de Franco con armamento, aviación y tropas, Inglaterra y Francia impulsaban la política de “No Intervención”, que en la práctica significó el abandono de la República Española frente al fascismo internacional.

Guernica fue destruida por la aviación nazi ante la mirada pasiva de Europa. La República cayó no solamente por la fuerza franquista, sino por la complicidad diplomática de las llamadas democracias occidentales, que temían más a una España popular, socialista o comunista que al propio fascismo. El miedo al avance revolucionario pesaba más en las clases dominantes europeas que la amenaza representada por Hitler o Mussolini.

En ese contexto deben entenderse también las declaraciones de Winston Churchill durante los años veinte y principios de los treinta.

Churchill expresó admiración hacia Mussolini por su papel anticomunista y llegó a elogiar su lucha contra el leninismo. Aunque posteriormente se convirtió en uno de los principales líderes de la guerra contra Hitler, aquellas declaraciones muestran claramente cómo sectores del establishment británico percibían al fascismo como un instrumento de estabilidad frente a la revolución social.

Por eso resulta históricamente insuficiente presentar el pacto Ribbentrop-Mólotov como si hubiese sido el origen de la colaboración con el nazismo. Mucho antes de ese acuerdo ya existían concesiones occidentales hacia Hitler. El Acuerdo de Múnich de 1938, firmado por Inglaterra y Francia, permitió la expansión territorial alemana bajo la ilusión de contener la guerra o, según otras interpretaciones, con la esperanza de orientar la agresión nazi hacia la Unión Soviética.

La URSS observaba cómo Occidente toleraba el rearme alemán y abandonaba a la República Española. Desde esa perspectiva, el pacto soviético-alemán de 1939 puede interpretarse como una maniobra táctica destinada a ganar tiempo frente a una guerra considerada inevitable. Stalin desconfiaba profundamente de Londres y París porque la experiencia política de los años anteriores mostraba que las potencias occidentales estaban dispuestas a sacrificar pueblos enteros con tal de contener el comunismo.

Pero la verdad que se pretende ocultar es que fue precisamente la Unión Soviética quien soportó el peso principal de la derrota del nazismo, pagando un costo humano gigantesco mientras el Ejército Rojo avanzaba hasta Berlín.

Décadas después, durante la Guerra Fría, volverían a aparecer nuevas maniobras estratégicas bajo métodos distintos. El caso chino es uno de los ejemplos más importantes y, a la vez, más deformados por la narrativa occidental. Con frecuencia se presenta el desarrollo de China como resultado exclusivo de la visión económica de Deng Xiaoping, separándolo radicalmente del período maoísta. Sin embargo, esa interpretación desconoce las bases históricas y estructurales construidas por la revolución encabezada por Mao Zedong.

Sin la revolución china no habría existido la China moderna. Mao no solo dirigió una guerra revolucionaria; construyó la unidad nacional, destruyó las estructuras feudales, expulsó la dominación extranjera y creó un Estado central fuerte capaz de planificar, movilizar y mantener cohesión social en un país inmenso y fragmentado. La alfabetización masiva, la reforma agraria, la industrialización inicial y la consolidación del Partido Comunista fueron condiciones indispensables para el desarrollo posterior.

La Revolución Cultural desempeñó un papel importante en la preservación del carácter revolucionario del Estado chino. Mientras la Unión Soviética avanzaba hacia una burocratización creciente, China mantuvo una dinámica política que impedía una cristalización absoluta de la élite partidaria.

La mirada de China hacia el proceso de burocratización de la Unión Soviética la alertó para iniciar un movimiento que removiera a la nación ideológicamente y promoviera en las juventudes del partido un proceso crítico contra la comodidad y el alejamiento de los intereses del pueblo.

Muchos de los cuadros que luego impulsaron las reformas económicas fueron formados precisamente bajo la influencia de servir al pueblo, un criterio base y fundamental en la construcción del socialismo en China.

El acercamiento entre China y Estados Unidos tampoco fue una casualidad ni una conversión ideológica espontánea. Fue el resultado de complejas necesidades geopolíticas surgidas en medio de la crisis internacional de los años sesenta y setenta.

Aquí aparece un elemento decisivo, muchas veces subestimado: la derrota de Estados Unidos en Vietnam.

Vietnam destruyó el mito de la invencibilidad militar norteamericana y provocó una profunda crisis estratégica en el Pentágono. Washington comprendió que no podía sostener indefinidamente una confrontación simultánea contra todo el campo socialista y los movimientos de liberación nacional.

En ese contexto surge la diplomacia triangular de Nixon y Kissinger. La apertura hacia China y los acuerdos de distensión con la Unión Soviética no significaban el abandono de la estrategia imperial norteamericana, sino su reorganización táctica después del desgaste vietnamita.

Los acuerdos SALT firmados entre Nixon y Brézhnev en 1972 proyectaban una imagen de coexistencia pacífica y moderación internacional. Sin embargo, mientras públicamente se hablaba de distensión, el Pentágono continuaba desarrollando una estrategia destinada a fracturar el bloque socialista aprovechando la ruptura sino-soviética.

Los choques fronterizos entre China y la URSS durante los años sesenta demostraban que las tensiones entre Moscú y Pekín eran reales. Washington entendió rápidamente que podía utilizar esas contradicciones para debilitar a la Unión Soviética sin recurrir necesariamente a una confrontación militar directa.

La visita de Nixon a China en 1972 fue, por tanto, una de las grandes maniobras geopolíticas del siglo XX. Estados Unidos buscaba aislar estratégicamente a la URSS; China buscaba romper su aislamiento y ganar tiempo para fortalecer su desarrollo nacional bajo dirección comunista.

No se trató de una rendición china al capitalismo occidental, ni de un abandono inmediato del socialismo, sino de una política de supervivencia y fortalecimiento estatal en medio de una compleja correlación internacional de fuerzas.

La continuidad entre Mao y Deng aparece precisamente en ese punto. Mao construyó la independencia política y revolucionaria de China; Deng reorganizó la economía para transformar esa independencia en poder industrial, tecnológico y financiero. Son etapas distintas de un mismo proceso histórico nacional.

La historia real del siglo XX demuestra entonces que detrás de los discursos ideológicos siempre actuaron intereses estratégicos profundos. Las potencias occidentales utilizaron el fascismo contra el comunismo cuando lo consideraron útil; luego utilizaron las contradicciones sino-soviéticas para debilitar el campo socialista; y más tarde intentaron integrar a China al mercado mundial creyendo que terminaría subordinándose al orden occidental.

Sin embargo, la evolución posterior mostró otra paradoja histórica: aquella apertura diseñada parcialmente para debilitar a la Unión Soviética terminó contribuyendo al surgimiento de una China convertida hoy en uno de los principales centros de poder mundial.

Continuará…

FS

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