Home Actualidad EL PODER DE LAS PEQUEÑAS RAZONES | Tercera entrega.

EL PODER DE LAS PEQUEÑAS RAZONES | Tercera entrega.

399
0
Víctor Castillo
Víctor Castillo

Por Víctor Castillo (Charin), Psicólogo | Vértice Crítico. 

Durante un tiempo, el silencio empezó a pesarme. No era tristeza; era una sensación de repetición. Los días se parecían demasiado: levantarme, hacer café, alimentar a los pájaros, caminar y acostarme. Pensé: «¿Esto es todo? ¿Así serán los años que me quedan?».

Creer que, a nuestra edad, ya no estamos escribiendo nada nuevo es un error muy común. Mientras respiras, sigues escribiendo.

Un día de primavera de 2015 vi a mi vecina joven, Inés, llorando en el portal. Por el trabajo, no llegaba a recoger a su hijo del colegio. Le dije: «Yo paso por allí a esa hora; puedo traerlo». Me miró como si le ofreciera un tesoro.

Así empecé a recoger a Martín, de 7 años. Caminábamos tres calles; él hablaba sin parar de dinosaurios y yo escuchaba. No era nada extraordinario, pero cada tarde, a las tres en punto, alguien me esperaba.

Ahí descubrí el mayor secreto: no necesitas un gran propósito heroico; necesitas una pequeña razón real para levantarte. Una hora concreta en la que alguien, o algo, cuente contigo.

ENCONTRAR TU «PARA QUÉ» (A PARTIR DE LOS 60)

A los 60 o 70 años, tras la jubilación o la partida de los hijos, el nido queda vacío y el tiempo sobra. Es vital no apagarse antes de tiempo. El mundo necesita tu experiencia y tu calma.

Si hoy te sientes solo, no te castigues. Pregúntate: «¿A quién puedo ofrecer un poco de mi tiempo?». La vida vuelve a encenderse cuando dejamos de mirarnos solo a nosotros mismos. Lo pequeño sostiene lo grande.

EJEMPLOS PRÁCTICOS PARA SEMBRAR PROPÓSITOS.

Crear una responsabilidad viva. Cuidar de una planta, adoptar una mascota pequeña o alimentar a los pájaros de tu ventana. Saber que un ser vivo depende de ti te activa por las mañanas.

Intercambio generacional. Ofrece tu ayuda a vecinos jóvenes, ya sea recibiendo un paquete del cartero, regando sus plantas cuando viajan o compartiendo una receta. Te mantendrá conectado con el pulso del barrio.

Aprender algo nuevo sin presión. A los 79 años aprendí a usar el teléfono inteligente; a los 81 planté un limonero. Apúntate a un curso de algo que jamás intentaste, solo por el placer de descubrir.

Claro que hay días duros, en los que las rodillas duelen o extraño a Julián y lloro. A los 83 también se llora. Pero no confundas estar sola con sentirse sola. Mientras tenga mis pájaros, la voz de mi hermana al teléfono y mi dignidad, no estoy vacía.

El silencio no es vacío; es espacio y, en él, siempre se puede sembrar algo nuevo.

REFLEXIÓN FINAL: EL CAJÓN ORDENADO

Nadie te dice que, después de los 80, una empieza a mirar la vida como quien ordena un cajón antiguo. Vas sacando recuerdos: algunos huelen a lavanda; otros todavía pinchan, porque las pérdidas duelen siempre. Pero, cuando miro mis manos arrugadas, sé que cada marca cuenta una historia que fue completamente mía.

Si me estás escuchando y el silencio te asusta, pon una mano sobre tu pecho por un momento y siente tu latido. Mientras ese motor siga marchando, tu historia no ha terminado.

No estás aquí por casualidad ni eres invisible. El secreto no es llenar la casa de ruido para huir de uno mismo, sino aprender a ser la mejor compañía que tenemos.

Quiérete mucho, háblate con dulzura —como si cuidaras a la niña que fuiste— y, sobre todo, no te olvides de vivir… aunque sea despacito.

LEAVE A REPLY

Please enter your comment!
Please enter your name here