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IRÁN ANTE LA ONU: LA GUERRA, LAS AMENAZAS Y LA POLÍTICA DE DOBLE RASERO.

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Por Julio Disla | Vértice crítico. 

Julio Disla
Julio Disla

La participación del presidente iraní, Masoud Pezeshkian, ante el 81.º período de sesiones de la Asamblea General de las Naciones Unidas no fue un discurso protocolar más. En medio de una escalada militar que ha colocado nuevamente a Medio Oriente frente al peligro de una guerra de consecuencias imprevisibles, el mandatario iraní utilizó la principal tribuna diplomática del planeta para presentar la posición de Teherán y cuestionar abiertamente el orden internacional que, según su gobierno, aplica reglas diferentes a sus adversarios y aliados.

La Asamblea General se reúne este año bajo el lema «Restaurar la confianza, gestionar la transformación: unas Naciones Unidas que cumplan para todos». Precisamente sobre esa confianza internacional pesa hoy una de sus mayores contradicciones: mientras se proclama la necesidad de la paz, continúan las guerras, las amenazas militares, las sanciones y las disputas por el control estratégico de territorios y recursos.

Pezeshkian llegó a Nueva York en circunstancias extraordinarias. Estados Unidos había autorizado la presencia de la delegación iraní pese al conflicto abierto entre Washington y Teherán, pero bajo restricciones de desplazamiento y otras limitaciones, según versión de Reuters.

Y desde la tribuna de la ONU habló con un lenguaje inequívoco:

«Nosotros solo nos defendimos. No somos terroristas».

Esa afirmación constituye uno de los ejes políticos de su intervención. Pezeshkian presentó a Irán como un país que, desde su perspectiva, ha sido objeto de agresiones y terrorismo, y sostuvo que la respuesta iraní no significa aceptar la subordinación.

«Sí nos golpearon, pero no doblamos la rodilla», afirmó, según la cobertura de su intervención.

La frase tiene una enorme carga política porque expresa la posición de un Estado que se niega a aceptar que la presión militar pueda convertirse en instrumento para imponer condiciones políticas.

LA GUERRA NO CONSTRUYE LA PAZ

El presidente iraní insistió en una idea fundamental: la expansión de la guerra no traerá la paz a Medio Oriente.

Y esta advertencia adquiere importancia cuando la región continúa atrapada en un ciclo de ataques, represalias y amenazas.

La experiencia histórica demuestra que las guerras no desaparecen simplemente porque una potencia militar imponga temporalmente su superioridad. Las heridas permanecen, las poblaciones civiles pagan el precio y las contradicciones políticas terminan reapareciendo.

Pezeshkian planteó, además, que Irán está dispuesto a dialogar y negociar, pero rechazando lo que calificó como lenguaje de fuerza y presión. Según los reportes sobre su discurso, sostuvo que Teherán está abierto a la diplomacia siempre que esta no signifique aceptar imposiciones. (The Times of Israel).

La diplomacia, para que sea realmente diplomacia, necesita interlocutores y no vencedores y vencidos.

EL ESTRECHO DE ORMUZ: SOBERANÍA Y PODER ESTRATÉGICO

Otro de los puntos centrales fue el estrecho de Ormuz, una de las rutas marítimas más importantes para el comercio energético mundial.

Pezeshkian cuestionó que determinados países puedan beneficiarse de las aguas de la región mientras, simultáneamente, las utilizan —según la posición iraní— para desarrollar acciones militares contra su propio país.

Su planteamiento fue directo: no puede existir una libertad de navegación concebida unilateralmente mientras la misma vía marítima es utilizada para ejercer presión militar contra Irán. (The New York Times).

Ormuz no es solamente una cuestión geográfica. Es también un espacio donde convergen petróleo, comercio internacional, seguridad energética y poder militar.

Por eso, cualquier confrontación alrededor del estrecho tiene consecuencias que pueden trascender las fronteras de Irán y afectar a la economía mundial.

EL DEBATE NUCLEAR Y LA DOBLE MORAL

Uno de los pasajes más contundentes del discurso fue el relacionado con el programa nuclear.

Pezeshkian sostuvo que Irán busca desarrollar energía nuclear para el progreso y no para fabricar bombas atómicas, y rechazó las exigencias que, desde la perspectiva iraní, pretendan eliminar el derecho de su país al enriquecimiento.

Pero fue más lejos.

Planteó ante la comunidad internacional una pregunta sobre la existencia de armas nucleares en Israel y la ausencia de un régimen de inspección comparable:

«Israel tiene armas nucleares y no permite inspecciones, ¿pero quiere inspeccionar Irán?».

La cuestión de fondo que coloca Teherán es la del doble rasero nuclear: ¿deben existir las mismas reglas de transparencia, inspección y control para todos los Estados?

El debate, naturalmente, es controvertido. Israel no reconoce públicamente un arsenal nuclear, aunque numerosos análisis internacionales han sostenido durante décadas que posee capacidad nuclear. Al mismo tiempo, distintos gobiernos continúan exigiendo a Irán plena cooperación con el régimen internacional de salvaguardias y mayores garantías sobre su programa nuclear. Esa disputa sigue siendo uno de los principales puntos de fricción entre Teherán y las potencias occidentales.

LA ONU FRENTE A LA LÓGICA DE LA FUERZA

La intervención iraní también coloca sobre la mesa una pregunta más profunda:

¿Puede la Organización de las Naciones Unidas cumplir su misión histórica si las grandes potencias utilizan la fuerza militar mientras reclaman para sí el derecho de definir qué países pueden defenderse y cuáles deben someterse?

Esta interrogante no pertenece exclusivamente a Irán.

Es una discusión que involucra al conjunto de la comunidad internacional.

Si la ONU nació después de la Segunda Guerra Mundial para evitar que la fuerza sustituyera al derecho internacional, entonces su credibilidad depende de que sus principios puedan aplicarse de manera universal.

No puede existir una paz internacional basada exclusivamente en la capacidad militar de los más poderosos.

UNA DISPUTA QUE TRASCIENDE A IRÁN

La importancia del discurso de Pezeshkian no reside únicamente en la defensa de las posiciones de la República Islámica.

Su intervención expresa una confrontación mayor sobre qué tipo de orden internacional está surgiendo en el siglo XXI.

De un lado aparecen las potencias que pretenden conservar determinadas estructuras de poder geopolítico, económico, tecnológico y militar.

Del otro, Estados que reclaman mayor autonomía estratégica y rechazan que las decisiones fundamentales de su política exterior sean dictadas desde Washington, Tel Aviv o cualquier otra capital.

En ese contexto, Irán se presenta como parte de una resistencia frente a las presiones externas.

Se puede discutir la política interna iraní, sus alianzas regionales y sus decisiones militares. Pero una cosa es analizar críticamente a un Estado y otra muy diferente aceptar que las amenazas, las sanciones y la guerra sustituyan al derecho internacional.

LA PAZ NO PUEDE SER LA PAZ DEL VENCEDOR

La intervención de Pezeshkian ante la 81.ª Asamblea General deja planteado un desafío que no puede ser ignorado: si la guerra continúa ampliándose, ¿quién terminará pagando sus consecuencias?

No serán únicamente los gobiernos.

Serán los pueblos.

Serán los trabajadores.

Serán las familias.

Serán los niños.

Serán las economías de países que dependen de la estabilidad energética y comercial.

Y será, en última instancia, una humanidad que todavía no ha conseguido liberarse de la amenaza de una guerra generalizada.

Por eso, más allá de las posiciones ideológicas que cada quien pueda asumir frente a Irán, Estados Unidos, Israel o las demás potencias involucradas, existe una verdad elemental que debería unir a todos los pueblos:

Ninguna potencia tiene derecho a convertir el planeta en un campo de batalla permanente.

La participación de Pezeshkian en Naciones Unidas ha colocado nuevamente sobre la mesa las grandes contradicciones de nuestro tiempo: guerra o diplomacia, imposición o soberanía, hegemonía o multipolaridad, doble rasero o reglas universales.

Y mientras las potencias hablan de fuerza, los pueblos siguen reclamando algo mucho más sencillo:

Derecho a vivir, derecho a decidir su propio destino y derecho a la paz.

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