

Por José Espinal Marcelo | Vértice Crítico

La propuesta coloca la extensión universitaria en un terreno que supera la organización de actividades, plantea territorio, políticas públicas, cultura, inclusión, participación estudiantil, ambiente e internacionalización conforman una agenda que busca conectar el conocimiento universitario con los problemas concretos de la sociedad dominicana.
La gente casi siempre piensa en una universidad que ocurre en las aulas, los laboratorios y las bibliotecas. Pero existe otra que solo adquiere sentido cuando cruza sus propias puertas y se encuentra con el país. Es allí, en los barrios, municipios, organizaciones sociales, instituciones públicas, empresas, comunidades y territorios, donde la extensión universitaria deja de ser un concepto administrativo para convertirse en una forma concreta de presencia social.
Con esta duodécima entrega cerramos la serie dedicada al análisis del programa de gestión 2026-2030 del rector de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD), doctor Jorge Asjana David. Y resulta particularmente significativo terminar con la Vicerrectoría de Extensión, porque es precisamente esta función la que pone a prueba la capacidad de la academia para convertir conocimiento en servicio, reflexión en incidencia y presencia territorial en compromiso público.
El programa asigna esa responsabilidad al doctor Gerardo Roa Ogando, actual vicerrector de Extensión, académico e investigador con trayectoria en lingüística, educación y gestión universitaria, y exdecano de la Facultad de Humanidades.

Extensión: mucho más que actividades
Uno de los aspectos conceptualmente más importantes del programa es la definición de la extensión como función sustantiva articuladora entre docencia, investigación y demandas de la sociedad dominicana. La formulación tiene consecuencias, significa que la extensión no debería funcionar como apéndice de la vida académica ni reducirse a conferencias, actos culturales, operativos ocasionales o celebraciones institucionales.
La propuesta la concibe como instrumento para proyectar a la Universidad como conciencia crítica de la nación, actor del desarrollo y vínculo permanente entre universidad y sociedad. Desde ahí organiza su intervención alrededor de siete ejes: articulación territorial; vinculación social e incidencia; comunidad universitaria y egresados; cultura e internacionalización; extensión académica y participación estudiantil; inclusión social y desarrollo humano; y sostenibilidad ambiental.
Es una concepción amplia. Y precisamente por su amplitud, necesitará prioridades claras.
Porque una Vicerrectoría que pretende intervenir simultáneamente en desarrollo territorial, políticas públicas, cultura, internacionalización, deporte, pobreza, derechos ciudadanos, protección social, cambio climático, biodiversidad y participación estudiantil corre el riesgo de dispersarse si no dispone de planificación, presupuesto, indicadores y mecanismos rigurosos de seguimiento.
Ahí aparece el primer gran desafío de la propuesta, convertir amplitud programática en capacidad institucional real.
Llevar la Universidad al territorio
El primer eje contiene quizás una de las apuestas de mayor alcance, insertar activamente a la UASD en los procesos de planificación y desarrollo territorial, alineando su oferta académica, científica y de infraestructura con las potencialidades productivas y sociales de cada región. También plantea fortalecer la participación de recintos, centros y subcentros en los consejos y comités territoriales de desarrollo.
Esto puede modificar la lógica histórica de la extensión universitaria.
Un recinto en Barahona no debería relacionarse con su territorio exactamente igual que uno ubicado en Santiago, San Juan, Hato Mayor o San Francisco de Macorís. Las estructuras productivas, ambientales, demográficas y sociales son diferentes. Por tanto, también deben serlo las respuestas universitarias.
La territorialización adquiere valor cuando la Universidad es capaz de preguntarse qué necesita cada región, qué puede investigar allí, qué profesionales requiere formar y qué conocimiento puede poner al servicio de sus comunidades.
La actual gestión ya ha vinculado públicamente esa orientación con la descentralización y la adecuación de la oferta académica a las características de los territorios. En septiembre, por ejemplo, Rectoría informó de conversaciones dirigidas a fortalecer el Centro UASD-Neyba y ampliar programas vinculados con necesidades productivas y sociales de Bahoruco y otras provincias del Sur.
Una Universidad con voz pública
Hay otro planteamiento que merece atención, consolidar a la UASD como una voz legítima dentro de la sociedad dominicana y fortalecer alianzas con el Estado, la sociedad civil y los sectores productivos para incidir en políticas públicas.
Esto devuelve la discusión a una cuestión histórica, ¿para qué existe una universidad pública?
No únicamente para otorgar títulos.
Una institución financiada por la sociedad también está llamada a estudiar críticamente esa sociedad. Pobreza, desigualdad, educación, salud, vivienda, seguridad social, medio ambiente, desarrollo territorial y calidad institucional son problemas sobre los cuales la UASD dispone (o debería disponer), de capacidades académicas suficientes para producir diagnósticos y propuestas.
El programa incluso incorpora la defensa de lo público, la equidad, la inclusión y la justicia social, junto con la defensa del financiamiento estatal de la propia Universidad.
El desafío estará en evitar dos extremos, una universidad encerrada en sí misma y una universidad convertida en actor partidario. La incidencia universitaria gana legitimidad cuando descansa en investigación, evidencia, pluralidad académica y autonomía crítica.
Los egresados: una comunidad que no termina con el título.
Otro aspecto relevante es el seguimiento a los egresados.
El programa propone sistemas modernos para medir su impacto social, mecanismos de reconocimiento a la excelencia profesional y académica y formas de incorporar a los graduados en proyectos universitarios y nacionales.
Durante décadas, muchas universidades latinoamericanas han entendido la graduación casi como el punto final de la relación institucional con el estudiante. Esa lógica resulta insuficiente.

Los egresados constituyen una fuente de información sobre pertinencia curricular, mercado laboral, transformación profesional y necesidades emergentes. Saber dónde están, qué hacen, qué dificultades encuentran y cuánto de lo aprendido responde a las exigencias de su ejercicio profesional permite evaluar a la propia Universidad.
El seguimiento de egresados, por tanto, no debería convertirse en un simple directorio digital. Bien diseñado, puede funcionar como un instrumento de evaluación académica.
Cultura e internacionalización
La propuesta también recupera la dimensión cultural de la Universidad. Plantea investigar y promover activos culturales y naturales del país, proteger y democratizar el patrimonio cultural, organizar eventos de alcance nacional e internacional, crear espacios culturales en los territorios y ampliar convenios de cooperación académica.
Entre las iniciativas específicas figuran institucionalizar una Feria Universitaria del Libro Iberoamericana y del Caribe y crear además, grupos culturales en recintos y centros.
La internacionalización ya aparece, además, entre las líneas públicas de la gestión de Asjana. En agosto la Universidad anunció acciones para fortalecer su presencia internacional, mientras en septiembre el rector informó que estudiaría una propuesta de presencia académica de la UASD en Miami, vinculada con la comunidad dominicana residente allí.
Aquí conviene mantener una distinción, internacionalizar no consiste únicamente en firmar convenios o viajar a congresos. Su verdadera medida estará en la movilidad efectiva de estudiantes y profesores, proyectos conjuntos, publicaciones, redes académicas y transferencia de conocimiento.
El estudiante como sujeto de la extensión
Quizás uno de los elementos más interesantes del programa es el lugar reservado al estudiantado.
Se propone institucionalizar un Congreso de Extensión Universitaria, desarrollar programas de acercamiento y vocación científica, organizar concursos nacionales de ciencias, economía, ciencias sociales, humanidades, arte y literatura, crear redes de talleres y fortalecer el programa “Universitario por un Día”. También se contempla revitalizar el deporte y los Juegos Tony Barreiro.
Aquí existe una oportunidad pedagógica importante.
La extensión puede convertirse en una segunda aula. El estudiante que participa en una investigación comunitaria, un programa ambiental, una iniciativa cultural o un proyecto de intervención social aprende algo que difícilmente cabe por completo en un programa de asignatura: aprende a relacionar conocimiento, ciudadanía y realidad.
Pero para lograrlo, esas experiencias deben articularse con la formación académica y no quedar reducidas a voluntarismo.
Inclusión y ambiente: dos compromisos difíciles de medir con discursos
Los dos últimos ejes entran directamente en problemas nacionales.
El programa propone acciones en salud, educación, vivienda, alimentación y servicios básicos; atención a poblaciones vulnerables; protección de niños, adolescentes, envejecientes y personas con discapacidad; iniciativas vinculadas al registro civil y los derechos ciudadanos; y prevención de distintas expresiones de violencia social.
En materia ambiental, plantea políticas ecológicas universitarias, protección de recursos naturales y biodiversidad, investigación frente al cambio climático, alianzas con organizaciones ambientalistas y seguimiento del impacto de actividades extractivas y energéticas.
Son compromisos de considerable alcance.
Precisamente por eso deberán traducirse en programas verificables. Una universidad no demuestra responsabilidad ambiental únicamente pronunciándose sobre ella. También debe revisar su consumo energético, manejo de residuos, agua, movilidad, infraestructura y prácticas internas. La coherencia comienza dentro del campus.
El reto es ejecutar
El programa de Extensión tiene una fortaleza visible, intenta devolver a esta función universitaria su dimensión estratégica. No la presenta como agenda de eventos, sino como espacio de articulación territorial, social, cultural, académica y ambiental.
Pero también enfrenta una dificultad igualmente visible: quiere abarcar mucho.
Su implementación exigirá establecer prioridades, responsables, cronogramas, presupuestos y resultados medibles. Sin esos instrumentos, una propuesta ambiciosa puede terminar fragmentada en múltiples actividades sin suficiente conexión entre ellas.
La extensión universitaria necesita ser evaluada por impacto, comunidades atendidas, políticas públicas en las que incidió, proyectos territoriales desarrollados, participación estudiantil, movilidad académica, inserción de egresados, producción cultural y resultados ambientales.
Ese será el terreno en que deberá medirse la gestión encabezada por Gerardo Roa Ogando.
El punto donde termina esta serie
Durante doce entregas hemos recorrido distintas dimensiones del programa con el que Jorge Asjana David llegó a la Rectoría para el período 2026-2030. Su juramentación, el pasado 16 de julio, abrió formalmente una gestión que ha colocado entre sus propósitos declarados la modernización, descentralización, transformación digital, internacionalización y fortalecimiento académico de la Universidad.
Con esta entrega termina la serie, pero comienza algo más importante, el tiempo de contrastar el programa con la gestión.
Los documentos de campaña expresan intenciones. Las administraciones universitarias se juzgan por decisiones, presupuestos, ejecución y resultados. A partir de ahora, cada propuesta examinada en estas páginas tendrá que encontrarse con esa prueba.
Y quizá no exista mejor lugar para cerrar que la extensión.
Porque después de hablar de administración, docencia, investigación, innovación y posgrado, la pregunta definitiva regresa a la sociedad, ¿cuánto de todo ese conocimiento llegará realmente a la gente?
La UASD no termina en sus aulas.
Empieza a justificar plenamente su condición de universidad pública cuando el saber que produce atraviesa sus muros y vuelve al país convertido en cultura, pensamiento crítico, servicio, oportunidades y soluciones.
Fin de la serie.






































