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LA SUBORDINOCRACIA LATINOAMERICANA EN LA ARQUITECTURA DE LA ULTRADERECHA.

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Por Henry Polanco | RD | Vértice Crítico.

En el idioma castellano suelen nacer neologismos, ya sea a partir de la creatividad, algunos del hastío y otros que brotan de una necesaria radiografía del presente.

En este último campo, el concepto de subordinocracia lo acuño para definir el maridaje perfecto entre la subordinación y el sometimiento genuflexo ante el poder hegemónico de regímenes como el estadounidense, por parte de grupos políticos oligárquicos que han sido promotores de un ultraderechismo falso y violento en Latinoamérica, contrario al pensamiento bolivariano: «Estos parecen destinados por la Providencia a plagar la América de miserias en nombre de su democracia disfrazada de liberalismo».

En el vasto repertorio de los eufemismos políticos contemporáneos, la ultraderecha continental ha perfeccionado un arte cínico y de doble faz: hacer de la demolición discursiva del Estado su principal estandarte electoral, solo para terminar apropiándose de su maquinaria y convertirla en el instrumento perfecto de sumisión, persecución y clientelismo.

Quienes escalan al poder, como lo han hecho grupos políticos en Latinoamérica ligados a la ultraderecha, suelen esgrimir una retórica de odio visceral contra el Estado y su tamaño, tildándolo de parásito insaciable, mientras prometen en campaña liberar al individuo de las garras fiscales.

Sin embargo, una vez instalados en los resortes del mando, lejos de achicar ese Estado, lo rediseñan, parasitan e instrumentalizan a favor de los grupos de poder económico y financiero, bajo la hegemonía estadounidense.

Las falacias, las mentiras y las campañas basadas en el uso de bots a través de las redes sociales generan discursos centrados en lo que finalmente constituye la farsa de la austeridad y la supuesta necesidad del cambio, para terminar en el gatopardismo: sostener que hay que cambiar para que nada cambie.

Bajo la administración estatal de libertarios, republicanos, nacionalistas de nuevo cuño, partidos de la gente, socialcristianos y una socialdemocracia traidora, el Estado, en gran parte de Latinoamérica, ha dejado de ser garante del bienestar ciudadano para erigirse, con precisión quirúrgica, en instrumento para asfixiar al disidente, reprimir todo lo que implique la defensa de los derechos ciudadanos y sociales, así como la defensa frente a otros Estados.

Premiar la lealtad ciega y exigir pleitesía. En esta nueva liturgia, la meritocracia cede su lugar absoluto a la inclinación de la cerviz ante el líder y el poder hegemónico del norte.

Lo más perverso de esta arquitectura es su descarada contradicción discursiva. Mientras recortan sin piedad presupuestos en sanidad, pensiones, educación e investigación, bajo el dogma de la austeridad y la «lucha contra el estatismo», blindan y expanden los ministerios de control, los ejércitos de asesores y los mecanismos de propaganda oficial.

Desmantelan la red de seguridad del ciudadano común, pero robustecen la armadura represiva del régimen. Obstaculizan la enseñanza mediante influencers promotores de la ignorancia, utilizados para denigrar al docente o al propio mundo académico, mientras se promueve la vulgaridad.

En el plano internacional, gobernar en los tiempos de esta subordinocracia ya no consiste en administrar la res publica —la cosa pública— con visión de autonomía, sino en actuar como testaferros obedientes de un poder hegemónico.

Los gobiernos de la sumisión compiten patéticamente frente a las cámaras por lucir más dóciles ante Washington, configurando un remake de viejas estructuras de dominación imperial, recicladas bajo carteles pomposos y discursos de supuesta modernización.

Pasamos de la retórica soberana a la obediencia colonial. Es el vasallaje moderno revestido de parafernalia.

Ese es el nuevo paradigma que se promueve en la actualidad, mientras el ciudadano común se consume en su propia salsa y es imbuido en la esperanza clientelar de los medios y en la necesidad de escalar hacia lo más próximo: una oportunidad para escapar de su miseria.

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