
Por Henry Polanco | Abogado | Vértice Crítico.

El Levante, tierra de la historia de las civilizaciones, o, más específicamente, el «Levante mediterráneo», alude históricamente a una gran zona de Oriente Próximo situada al sur de los montes Tauro, limitada por el mar Mediterráneo al oeste, el desierto árabe al sur y Mesopotamia al este. No incluye las montañas del Cáucaso, pero ha sido y sigue siendo una de las zonas geográficas de mayores contradicciones y conflictos entre la injerencia de las potencias occidentales y las naciones y pueblos de Oriente Medio. Hoy no escapa a este destino histórico.
El presidente estadounidense, Donald Trump, declaró que el retiro de Irak de las últimas tropas de ocupación de su país supone «un gran día» para Estados Unidos. Calificó la salida de los 2,500 militares que permanecían como asesores de las Fuerzas Armadas iraquíes como una gran victoria, lograda gracias a que «establecí una misión clara, proporcioné a nuestros comandantes las herramientas para completarla y me negué a que una presencia temporal se convirtiera en permanente». Etcétera, etcétera, etcétera.
Asimismo, comparó esta maniobra ordenada con la caótica huida de Afganistán que tuvo lugar en el primer año de mandato de Joe Biden.
Lo que el republicano anaranjado omitió es que la salida de Irak fue acordada y organizada durante el gobierno de su antecesor, mientras que el fiasco de Afganistán fue resultado del pacto que él había firmado con el régimen talibán antes de salir de la Casa Blanca en 2020, mientras este ocupaba porciones crecientes del país.
De manera más amplia, la visión de Trump sobre lo ocurrido refleja la desconexión de la realidad que lo hace empecinarse en presentar fracasos como triunfos. Y no hay ninguna duda de que la retirada habrá de inscribirse en la lista de fracasos de Washington: se va cuando en dicho territorio todavía hay grupos armados hostiles a Estados Unidos; pierde una base de operaciones más en Medio Oriente después de que Irán destruyera o dañara seriamente sus instalaciones en el Golfo; deja a la deriva a un gobierno aliado cuya capacidad de mantenerse a flote sin la presencia estadounidense no puede darse por sentada.
Y, a fin de cuentas, abandona su aventura colonial sin haber cumplido los objetivos con que la emprendió hace 23 años y tras despilfarrar 770 mil millones de dólares solo en operaciones militares, los cuales superan los tres billones de dólares si se consideran los intereses de la deuda y la atención médica a veteranos.
También debe señalarse la incompatibilidad de la salida con la aparente obsesión de Trump por aniquilar las capacidades militares de Irán y erradicar su influencia en la región.
Del mismo modo en que la cacería de migrantes en Estados Unidos es inconciliable con el propósito de revivir la manufactura local, es inevitable que el fin de la ocupación de Irak facilite los movimientos de la población mayoritariamente chiíta que simpatiza con Teherán y fortalezca a las milicias de la misma tendencia.
Por ello, el retiro es visto como una admisión de que Washington no podía garantizar la seguridad de su exiguo contingente y no dispone de los recursos para elevar esa presencia a un nivel remotamente parecido al de los 170 mil uniformados que llegó a desplegar en 2011.
Pero, además, aunque el magnate hable de una victoria definitiva, no hay ninguna garantía de que esta sea el fin de los quebrantos iniciados con la invasión de 2003 y el derrocamiento de Saddam Hussein.
Cabe recordar que la superpotencia ya se había retirado durante la administración Obama, pero tuvo que volver bajo ese mismo gobierno para evitar que todo Irak cayera en manos del Daesh, en su momento el más poderoso movimiento extremista entre los grupos armados surgidos del caos sembrado por las propias aventuras belicistas estadounidenses.
Como ya se dijo, las autoridades iraquíes son frágiles y nada garantiza su continuidad. En este sentido, poco ayuda al primer ministro Al al Zaidi que Trump se refiera a él como «alguien a quien apoyé desde el principio y a quien di mi total respaldo»; por el contrario, esta presunta y presumida afinidad debilita su legitimidad a ojos del pueblo iraquí y erosiona su posición en un escenario de sectarismo y fragmentación político-territorial.
El problema de las milicias es, precisamente, uno de los principales interrogantes del nuevo escenario. Muchas de estas formaciones están formalmente integradas en las Fuerzas de Movilización Popular, que forman parte del aparato de seguridad iraquí, aunque algunas de sus facciones conservan estructuras y capacidad de actuación propias.
El Gobierno iraquí ha planteado que las armas deben quedar bajo control estatal, pero varias organizaciones armadas se han mostrado reacias a entregar sus arsenales. Algunas de las principales facciones armadas, entre ellas Kataib Hezbolá y Harakat Hezbolá al Nujaba, rechazaron públicamente entregar sus arsenales mientras continúe la presencia de tropas extranjeras en el país, aparezca aviación «hostil» en el espacio aéreo iraquí o persista la amenaza israelí en las proximidades.
Después de dos décadas de conflicto queda un enorme coste humano. El proyecto Costs of War, de la Universidad Brown, estima que entre marzo de 2003 y marzo de 2023 murieron en Irak entre 280,771 y 315,190 personas como consecuencia de las hostilidades.
La estimación incluye entre 186,694 y 210,038 civiles; entre 48,337 y 52,337 miembros de las fuerzas militares y policiales iraquíes; entre 36,806 y 43,881 combatientes de la oposición, además de personal militar extranjero, contratistas, periodistas y trabajadores humanitarios.
Todas estas cifras aún no son definitivas, sino estimaciones del caótico desempeño que mantiene la presencia militar estadounidense en la región del Levante u Oriente Próximo.





































