
Por Henry Polanco | Abogado | Vértice Crítico.

Cuando estuve cursando Ciencias Políticas, un maestro de maestros me dijo una frase que se ha convertido en mi referente al comentar las decisiones y tomas de decisiones políticas de diferentes actores políticos.
Y es que la política se mide por resultados, ya sean positivos o negativos. Dependiendo del resultado, será la valoración que puede alcanzar un funcionario dentro de sus ejecutorias.
Porque los hechos, siempre los hechos. Allí están para demostrar la verdad, para desmentir opiniones y apariencias, para enseñarnos quién es quién en un momento dado.
Mucha gente no es quien dice ser; los hechos demuestran quiénes en realidad son. Y lo hacen sin importar el escenario, sea este marital, familiar, vecinal, amistoso, laboral, sindical, gremial, citadino, académico, artístico, deportivo o político.
Es claro que lo importante son los hechos, que nos dan la realidad, no los discursos, ni las promesas, ni los arrepentimientos. Estos siempre han existido y posiblemente siempre existirán o, por lo menos, lo harán por mucho tiempo.
Pero solo tendrán relevancia cuando no estén en contradicción con las acciones de sus autores y cuando exista una correspondencia entre lo que se dice y lo que se hace.
No se puede, ni tampoco se debe, tener un discurso sobre la existencia de un nuevo momento político en República Dominicana y Latinoamérica —es un patrón político-cultural común— cuando se mantienen intactas las prácticas del pasado. Y no estoy entre los impacientes; es decir, considero que los cambios de conducta política llevan cierto tiempo para hacerse reales y permanentes.
Y mucho más cuando los cambios iniciales necesariamente derivarán en otros muchos, más profundos y más importantes en relación con el contexto que se vive, que es el más peligroso y atemorizante para quienes los deben llevar a cabo.
Otra cosa es que muchas veces se quiere cambiar, pero no se está realmente preparado para hacerlo. Es un simple deseo o un decir que no irá mucho más allá de su expresión oral o escrita.
Lo más frecuente es que la necesidad del cambio no haya sido realmente internalizada, por lo que no deviene automáticamente en un cambio de conducta positivo.
Otros elementos que se oponen a que los cambios se internalicen y se hagan conducta rutinaria de todos son la soberbia y el autoritarismo, dos formas de comportamiento muy presentes en nuestra escena política, compartidas por igual por los extremismos gubernamental y opositor, y que no son nada fáciles de erradicar.
Se entiende que estas dificultades van a seguir presentes en el ambiente político por un tiempo, no necesariamente corto, pero no debemos transigir en aceptarlas como normales, como invencibles, pues entonces se quedarán sin ser corregidas. Por ello, cuando una entidad gobernante se siente más poderosa que su oponente, sus reacciones son como las que se producen en el Congreso: se impone sin discusión y sin cortesías frente al opositor, que también demuestra su misma opulencia en la práctica común.





































