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La muerte también deja preguntas viviendo | Segunda parte de "La muerte no necesita misterio para doler".

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Por José Espinal Marcelo | Segunda parte | Vértice crítico.

"Una reflexión desde José Saramago".

José Espinal Marcelo.
José Espinal Marcelo.

Después de cada muerte queda una silla vacía, una voz suspendida en la memoria y una pregunta que nadie sabe responder del todo, ¿qué hacemos con el tiempo que nos queda?

Tal vez por eso la muerte duele tanto. No por el cadáver. No por el rito. Duele porque rompe la ilusión de permanencia que construimos para soportar la vida. Creemos que siempre habrá otro día para llamar a alguien, para pedir perdón, para amar mejor, para el buen sexo, para un whisky y un tabaco, para empezar de nuevo. Y de repente no lo hay.

José Saramago entendió que la muerte no necesita fantasmas para ser aterradora. Basta mirar cómo cambia una casa cuando falta una persona. Basta escuchar el silencio después de un entierro. Basta ver una camisa colgada que nadie volverá a usar.

La muerte convierte lo cotidiano en herida.

Y quizás allí empieza la verdadera conciencia humana.

Porque mientras creemos que somos eternos vivimos distraídos, corriendo detrás de dinero, reconocimiento o pequeñas vanidades que el tiempo termina triturando sin esfuerzo. Pero cuando la muerte toca de cerca, todo cambia de tamaño. Lo urgente deja de ser importante y lo importante aparece demasiado tarde.

Entonces uno descubre algo incómodo: muchas personas no le temen a morir; le temen a darse cuenta de que desperdiciaron la vida.

Vivimos en una época que sabe producir entretenimiento, pero no sabe acompañar el dolor. Una época donde la gente exhibe felicidad mientras se rompe por dentro en silencio. Nos enseñaron a competir, no a comprendernos. A producir, no a detenernos. A aparentar fortaleza incluso cuando el alma se está cayendo a pedazos.

Y, sin embargo, la muerte sigue allí, esperando sin odio y sin prisa. Jajaja, esperando sin rencor.

No distingue ideologías, apellidos ni cuentas bancarias. Frente a ella desaparece el personaje que cada quien inventó para sobrevivir socialmente. Queda solamente lo humano, la fragilidad, la memoria y el rastro que dejamos en otros.

Desde una mirada materialista, eso es todo lo que somos, "cuerpos atravesando el tiempo durante un instante breve". No existe un destino escrito ni una salvación asegurada después del último aliento. Lo único verdaderamente nuestro es esta experiencia imperfecta de estar vivos.

Y quizás por eso deberíamos vivir distinto.

Con menos arrogancia.

Con menos crueldad.

Con menos odio inútil.

Porque nadie sale intacto del tiempo.

La muerte no viene a enseñarnos a morir. Viene a enseñarnos que la vida no puede seguir siendo aplazada eternamente. Que el abrazo pendiente importa. Que el afecto importa. Que la dignidad importa. Que el mañanero se disfruta. Que el amor dicho tarde casi siempre llega tarde.

Tal vez crecer no sea acumular años.

Tal vez crecer sea comprender, finalmente, que un día alguien pronunciará nuestro nombre por última vez.

Y aun así seguimos aquí, buscando sentido, escribiendo, abrazando, resistiendo.

Quizás eso sea lo más profundamente humano de todo.

1 COMMENT

  1. La muerte no necesita motivo para doler, porque cuando alguien deja huellas en el corazón, su ausencia pesa aunque la vida siga su curso. Hay pérdidas que no se explican con palabras, solo se sienten en el silencio, en los recuerdos y en todo aquello que jamás volverá a ser igual.

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