Por: Miguel Medina Liriano | Vértice crítico.

Deténganse, deténganse —gritó el sargento con voz de mando y autoridad incuestionable—. Cesaron repentinamente los golpes y los quejidos de cuerpos indefensos, que ya no tenían espacios que lacerar por el cable eléctrico tejido y el “güevo de toro”, miembro de toro disecado con que se dibujan ramalazos en piel frágil de “enemigos del régimen” o comunistas, como se denominaban los que resistían la represión, el hambre, la miseria y el entreguismo al imperio en aquellos doce años que convirtieron en tenebrosa la convivencia nacional.

Uno de los prisioneros, el que ostentaba sólida militancia de izquierda, el que había leído la obra Así se templó el acero y había convertido la lucha revolucionaria contra el régimen en bandera indeclinable, provocó el silencio que invadió el local de la barbería en aquella fortaleza de un pueblo heroico del Cibao, cuna de las tres mártires de la dictadura, reaccionando con gallardía a las ofensivas palabras de uno de los que participaba en la orgía de dolor y sangre con que danzaban guardias y policías, justo en el momento en que se juramentaba por tercera vez el presidente, donde “la corrupción se detenía en la puerta de su despacho” y donde los crímenes cometidos contra revolucionarios eran el producto de “sectores incontrolables”.
El desvalido prisionero, con la mirada firme en sus verdugos, con los dientes que chillaban de rabia y dolor, proclamó: “Dense cuenta de que es a un hombre al que están maltratando. ¡Prepárense!”. El trueno de sus palabras retumbó con tanta fuerza en el tímpano del sargento y sus verdugos, que no solo detuvo la paliza a los siete jovencitos indefensos —la mayoría de los cuales lloraban con desesperación y sin consuelo, algunos sangrando sin cesar—, sino que, después de recluirlos en la celda, donde la solidaridad de los presos comunes y algunos políticos que cumplían condenas se hizo presente, prepararon agua de pura sal para atenuar los verdugones que protuberantemente inflaban las espaldas; el sargento llevó “bolas de golpe”, medicamento desinflamatorio, para calmar los verdugones que ellos mismos habían provocado.
Una semana después del juicio absolutorio, el militar que agredía física y moralmente a los prisioneros y que provocó aquella voz firme que, desde el piso de la barbería y vuelto momentáneamente un despojo sangrante, lo sentenció con la convicción de que la venganza revolucionaria no tardaría en visitarlo, fue atacado violentamente por parte de sus víctimas…


































