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EL OLOR DE LOS LIBROS

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FS El olor de los libros
FS El olor de los libros

Por Fidel Soto Castro | Vértice Critico.

Fidel Soto (Foto externa)
Fidel Soto (Foto externa)

Cuando leí la noticia de que Roberto Ángel Salcedo sacó un dispositivo electrónico de su chaqueta para presumir que allí llevaba las 900 páginas de las memorias de Ángela Merkel, recordé que debajo de una mesa aún descansan algunos viejos libros de Juan Bosch y Manuel del Cabral.

Entonces pensé que quizás Robertico nunca tuvo la fortuna de descubrir, como tantos de nosotros, la magia de un libro entre las manos.

En nuestra niñez leíamos a Jorge Isaacs, Julio Verne, Cervantes, José Mármol, Víctor Hugo, José Ingenieros y muchos otros autores que poblaron nuestra imaginación. Leíamos María, Don Quijote de la Mancha, El último mohicano, El conde de Montecristo, Los miserables, Enriquillo, Ariel y tantas otras obras que nos abrían las puertas de mundos desconocidos.

Pero no era solamente la lectura. Era también el ritual. Tomar el libro entre las manos, abrir sus páginas, contemplar la portada, sentir el olor del papel, descubrir anotaciones olvidadas, doblar una esquina para marcar un pasaje memorable. Había una relación física y sentimental con el libro que ninguna pantalla ha podido sustituir.

Entre las páginas de aquellos libros quedaron guardadas flores y hojas secas de amores que se resistían a morir.

Allí permanecieron cartas de amor, notas dedicadas a una novia, a un amigo o a una amiga. Muchas veces, un libro fue el mejor pretexto para iniciar una conversación, acercarnos a una muchacha y tratar de conquistar su corazón.

Los libros de poemas nos convirtieron en poetas soñadores.

Los relatos de aventuras nos hicieron exploradores, navegantes y viajeros. Los libros de historia y de exaltación patriótica nos transformaron en héroes de la imaginación y nos enseñaron a amar la libertad, la justicia y la patria.

Gracias a ellos aprendimos que un pueblo sin memoria es un pueblo sin destino.

Por eso me da pena que un ministro de Cultura parezca celebrar el entierro del libro impreso. No porque rechacemos la tecnología ni los nuevos formatos, sino porque el libro físico es mucho más que un simple depósito de palabras. Es memoria, es cultura, es compañía, es historia.

Qué pena que Robertico se conforme con 900 páginas encerradas en una pantalla.

Nosotros tuvimos otra suerte. Crecimos entre libros que ocupaban espacio en las mesas, en los estantes y en la memoria. Libros que envejecían con nosotros, que llevaban nuestras notas, nuestros subrayados y hasta nuestras lágrimas.

Por eso no creemos en la muerte del libro. Mientras exista un niño que abra una novela con asombro, un joven que descubra el mundo en una biblioteca o un viejo lector que vuelva a las páginas que marcaron su vida, el libro seguirá vivo.

Los que amamos los libros no asistiremos a su entierro.

Seguiremos abriendo sus páginas, respirando su aroma y celebrando el milagro silencioso de la lectura.

FS

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