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EDITORIAL | Los que hablaban con los postes de luz.

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Hay victorias que engrandecen y Triunfos que empequeñecen.

Editorial | Vértice crítico. 

Hace cuatro años, una parte de quienes conquistaron la dirección de la Universidad Autónoma de Santo Domingo creyó que había llegado no solo al gobierno universitario, sino a un lugar desde donde podía mirar a los demás por encima del hombro. Decían estar "desde la cúspide". La frase no describía únicamente una posición administrativa; expresaba una forma de entender el poder, el de quienes se sienten inalcanzables, convencidos de que la historia se ha detenido justamente donde ellos están.

Desde esa aparente cúspide comenzaron las burlas.

No bastaba con haber ganado. Había que ridiculizar a quienes habían perdido.

A trabajadores y trabajadoras universitarias que por retaliaciones dejaron de percibir parte de los ingresos con los que sostenían a sus familias, a algunos decidieron despojarlos también de algo mucho más valioso que una función o una compensación, su dignidad. Los llamaban "los que hablaban con los postes de luz", insinuando que ya nadie los escuchaba, que estaban condenados al aislamiento político y humano.

La expresión provocaba risas en algunos pasillos, pero escondía una profunda pobreza ética. Porque detrás de cada trabajador desplazado existía una familia, una hipoteca, hijos estudiando, medicamentos por comprar y una vida construida durante años de servicio a la Universidad.

La historia, sin embargo, tiene una cualidad que molesta a los soberbios: la resistencia.

En la antigua Grecia, el concepto de hybris describía la arrogancia de quienes, embriagados por el poder, terminaban creyéndose superiores a todos. Las tragedias griegas enseñaban que esa soberbia siempre encontraba su castigo. Ningún héroe caía por falta de fuerza; caía porque dejó de reconocer sus propios límites.

Siglos después, la historia política ha repetido la misma enseñanza una y otra vez. Quienes gobiernan creyéndose invencibles suelen olvidar que el poder democrático tiene fecha de vencimiento. Confunden la administración temporal con la propiedad permanente de las instituciones.

Eso también ocurrió en la Universidad.

Mientras unos celebraban estar "desde la cúspide", otros aprendían una lección distinta. Aprendían a resistir el desprecio, a reorganizarse, a reconstruir la confianza y a comprender que ninguna derrota electoral puede convertirse en una derrota moral.

Los 4 años pasaron.

Llegaron nuevas elecciones, llegó la hora!

Y la comunidad universitaria habló.

Aquellos de quienes se burlaban terminaron conquistando en el 2026 la victoria de las elecciones universitaria. No porque la historia premie automáticamente a los derrotados, sino porque ninguna administración puede sostenerse indefinidamente cuando sustituye la humildad por la arrogancia.

Pero esta historia no debería utilizarse para justificar otra humillación.

Si quienes ayer fueron víctimas repiten hoy las mismas prácticas, la Universidad no habrá aprendido nada. Cambiarán los nombres, pero no la cultura política.

La verdadera victoria consiste en demostrar que se puede ejercer el poder sin convertir al adversario en enemigo y sin transformar las diferencias políticas en castigos personales.

Quizá la mayor ironía sea que aquellos trabajadores nunca hablaban realmente con los postes de luz.

Hablaban entre ellos.

Hablaban con la memoria.

Hablaban con la esperanza.

Y, sobre todo, hablaban con una comunidad universitaria que, cuatro años después, decidió escucharlos para hacer de la primada la primera.

Porque el poder pasa.

Los cargos terminan.

La soberbia siempre encuentra su límite.

Y la historia, tarde o temprano, termina haciendo la pregunta que nadie puede evitar.

¿Y ahora?, ¿Y ahora?, ¿Y ahora?

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