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CONFLICTO ENTRE EE. UU. Y LA RPCH.

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-De la libre competencia a la competencia de las armas-

Por Fidel Soto Castro

Fidel Soto (Foto externa)
Fidel Soto (Foto externa)

La afirmación de Donald Trump de que Taiwán “robó” la industria estadounidense de microchips responde más a una narrativa política y pentagonista sobre la pérdida de la supremacía industrial de Estados Unidos que a un análisis histórico serio del desarrollo económico y tecnológico de Asia.

Presentar el ascenso de Taiwán y de otras economías asiáticas como resultado de un “robo” simplifica un proceso mucho más complejo, relacionado con la propia evolución del capitalismo mundial, la relocalización industrial promovida por las corporaciones norteamericanas y el desplazamiento gradual del centro económico hacia Asia.

Antes de que la República Popular China entrara plenamente en el escenario del intercambio comercial y productivo mundial, Occidente lanzaba grandes elogios a lo que se denominó “el milagro japonés”.

Varios factores incidieron para que Japón pudiera insertarse exitosamente en la cadena mundial de intercambio y exportación de cientos de productos, principalmente de la industria automotriz y de los electrodomésticos. Si bien esa nación había alcanzado un alto grado de desarrollo técnico e industrial antes de la Segunda Guerra Mundial, su derrota la llevó a un penoso estado de ruina, quedando bajo la tutela estratégica del bloque encabezado por Estados Unidos.

Sin embargo, el triunfo de la revolución china dirigida por Mao Tse Tung en 1949 alteró profundamente el tablero geopolítico mundial. Washington comprendió rápidamente que necesitaba fortalecer a Japón, Corea del Sur y, posteriormente, a Taiwán como diques de contención frente al avance del socialismo en Asia.

Por eso, el crecimiento económico de esas naciones no fue accidental. Formó parte de una estrategia geopolítica impulsada por Estados Unidos durante la Guerra Fría.

Taiwán, por ejemplo, no “robó” la industria de los semiconductores. La isla quedó bajo protección militar, financiera y tecnológica norteamericana luego de la derrota del Kuomintang en China continental. Washington promovió deliberadamente su desarrollo industrial y tecnológico para convertirla en una vitrina capitalista frente a la República Popular China.

El propio capitalismo estadounidense contribuyó a transferir industrias, inversiones y tecnologías hacia Asia en busca de mayores beneficios, mano de obra más barata y expansión de las cadenas globales de producción.

Mientras tanto, Japón desarrollaba un modelo basado en tres pilares fundamentales:

  • El ahorro interno.
  • La educación tecnológica.
  • La industria ligera.

La combinación de disciplina social, planificación industrial, educación científica y orgullo nacional permitió a Japón reconstruirse y luego convertirse en una potencia exportadora.

Mientras Estados Unidos invertía gigantescos recursos en guerras, bases militares, armamento nuclear y competencia espacial, Japón inundaba el mercado mundial con radios transistores, televisores, motocicletas, electrodomésticos y automóviles pequeños de bajo consumo.

Marcas como Toyota, Honda, Nissan, Toshiba, Yamaha y Hitachi comenzaron a desplazar progresivamente a grandes industrias estadounidenses en numerosos mercados internacionales.

Aquello ya mostraba una contradicción profunda del modelo norteamericano: mientras una parte creciente de sus recursos se dirigía hacia el complejo militar-industrial y la expansión geopolítica, otras economías concentraban esfuerzos en producción, tecnología, educación e industrialización.

Ese fenómeno posteriormente se repetiría, con mucha mayor fuerza, en Corea del Sur, Singapur y, especialmente, en China.

Gran parte de la pérdida de competitividad industrial de Estados Unidos no fue consecuencia de un “robo”, sino del propio funcionamiento del capitalismo neoliberal impulsado por las corporaciones estadounidenses.

Durante décadas, grandes empresas trasladaron fábricas y procesos productivos al extranjero para aumentar ganancias y reducir costos laborales. Fue el propio capital norteamericano el que internacionalizó la producción.

La industria tecnológica moderna funciona precisamente sobre cadenas globales integradas: diseño en California, fabricación en Taiwán, ensamblaje en China, minerales extraídos en África y comercialización mundial.

El problema para Washington comenzó cuando Asia dejó de ser solamente una plataforma manufacturera subordinada y pasó a desarrollar capacidad científica, tecnológica y financiera propia. Ahí aparece la crisis actual.

Trump interpreta esa pérdida relativa de hegemonía como producto de ingenuidad política o de “malos acuerdos comerciales”, pero el fenómeno es mucho más profundo. Expresa el desgaste estructural de un modelo económico que privilegió durante décadas la especulación financiera, la expansión militar y la globalización corporativa por encima de la reinversión industrial interna.

También debe agregarse otro elemento fundamental: el enorme desgaste provocado por las guerras.

Mientras países asiáticos invertían en infraestructura, ingeniería, investigación científica y desarrollo tecnológico, Estados Unidos consumía billones de dólares en conflictos militares prolongados: Corea, Vietnam, Irak, Afganistán y múltiples intervenciones alrededor del planeta.

La guerra de Vietnam produjo una fractura política y social interna, además de enormes costos económicos. Décadas después, las guerras de Irak y Afganistán absorbieron recursos gigantescos que pudieron haberse destinado a modernizar infraestructura, fortalecer la educación científica o renovar el aparato productivo.

A eso se suma el peso inmenso del complejo militar-industrial estadounidense, que absorbe una porción colosal del presupuesto nacional.

En otras palabras, mientras Estados Unidos se concentraba en sostener un orden imperial global mediante guerras, bases militares y superioridad estratégica, varias economías asiáticas se concentraban en producir, ahorrar, educar ingenieros y perfeccionar su competitividad industrial.

Intel perdió liderazgo no porque Taiwán “robara” tecnología, sino porque empresas asiáticas avanzaron más rápidamente en eficiencia productiva, miniaturización y fabricación de semiconductores avanzados.

Existe, además, una contradicción central en el discurso estadounidense: durante décadas, Washington impulsó el ascenso económico de Taiwán porque ello fortalecía su estrategia frente a China continental. Ahora que Taiwán alcanzó una capacidad tecnológica decisiva, ciertos sectores políticos estadounidenses perciben ese mismo éxito como una amenaza.

En el fondo, el debate sobre los microchips no es solamente económico. Es geopolítico.

Quien controle la producción de semiconductores controlará una parte esencial de la inteligencia artificial, las telecomunicaciones, la automatización industrial, la computación avanzada y la industria militar del futuro.

Por eso Taiwán se ha convertido en uno de los puntos más sensibles de la disputa entre Estados Unidos y China.

La declaración de Trump revela, más que un análisis histórico riguroso, la ansiedad de una potencia que comienza a comprender que el mundo construido bajo su hegemonía absoluta ya no puede ser controlado de la misma manera.

La competencia económica de la llamada “libre empresa” comienza a desplazarse hacia una peligrosa competencia geopolítica y militar entre grandes potencias.

Y cuando las potencias sienten amenazada su supremacía económica, la historia demuestra que muchas veces dejan de competir solamente con mercancías y comienzan a competir con las armas. Por esto, la advertencia del presidente de la RPCH es lanzada al mundo: no caer en la llamada trampa de Tucídides.

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