
Por Héctor Hernández | Vértice crítico.

Al disponernos a abordar un tema u objeto para los fines de su conocimiento, partimos de uno de estos tres niveles por los que pasa el proceso de adquisición de conocimiento: no saber, creer o conocer. Por ejemplo, si alguien me pregunta: «¿En qué año del siglo XX se produjo la Revolución rusa?». Si no dispongo de ese dato, la respuesta será: no sé. Si no puedo precisar el año en que se produjo, la respuesta será: creo que fue tal o cual año. Si tengo la información precisa, la respuesta será: 1917.
De manera que tenemos tres fases en el proceso de adquisición del conocimiento: la fase del desconocimiento, la fase de la creencia o duda y la fase del conocimiento, lo que determina que estas fases tengan vigencia relativa y no absoluta en el tiempo, a la vez que se convierten en categorías gramaticales.
¿Dónde y cuándo se produce un trastocamiento en el orden y el significado del proceso de construcción del conocimiento? En las religiones, al atribuir carácter absoluto a la creencia, que es la base en la que descansa el mito de los dioses, sea el Buda asiático, el Cristo occidental o el Alá del Medio Oriente, al igual que los demás dioses marginales que existen. Por este y otros medios que están en la matriz de las estructuras religiosas, han llegado ellas a contraponerse al saber (conocimiento), a la ciencia y, en consecuencia, a constituirse en un obstáculo, no insalvable, pero sí en seria dificultad que entorpece el avance de la forma humana de la vida.
Existen registros del entorpecimiento de las religiones al avance hacia peldaños históricos superiores, más acordes al interés humano, y un ejemplo clásico fue el presentado en el siglo XIX cuando, ante la aparición del comunismo como respuesta a la inhumana explotación, opresión y atraso en que descansa el sistema burgués-capitalista, «todas las fuerzas de la vieja Europa se han unido en santa cruzada para acosar a ese fantasma: el Papa y el zar, Metternich y Guizot, los radicales franceses y los polizontes alemanes».¹
Como continuidad de aquella clasista y rabiosa respuesta al comunismo, dada por quienes han tenido y tienen en la vida un solo objetivo, que es luchar y defender sus privilegios e intereses privados, hoy esa misma conducta se pone de manifiesto como fuerza que obstaculiza el avance hacia la formación humana, en sustitución de la formación civilizada.
La absolutización de la creencia, que viene dada por la atribución al mito de Dios de ser el origen de la vida y de todo lo existente, por lo regular genera personas con cerebros con poca o ninguna disposición, actitud y capacidad para explorar e investigar acerca de la naturaleza como escenario en el que surge la vida porque, dicen tales personas, si todo ya fue hecho por Dios, lo que a mí me corresponde es, razonan, aceptar eso y punto.
Así, al poner como rasero del conocimiento lo «dicho» por los dioses, quienes se asumen hijos de estos se autoimponen, consciente o inconscientemente, límites a la hora de explorar e investigar acerca de la vida, de su origen y de su desarrollo, por temor a que esa senda los lleve al punto en que tengan que cuestionar y contradecir lo «dicho» por su dios.
Esto explica, entonces, la identificación de quienes se asumen hijos de Dios con el orden imperante y su sumisión a lo existente, pues ven lo existente como invariable, como invariable es para ellos el dios al que atribuyen haberlo dispuesto todo, aunque sea a costa de sacrificar la vida humana misma en aras de mantener vigente la fuente de su esclavitud cerebral: el mito de Dios y toda la sumisión que se deriva de esa conducta antihistórica.
¹ Véase el Manifiesto Comunista.





































