
ENTREGA 4. CUANDO NADIE RESPONDE Y EL CARIÑO QUE SE GANA.
Víctor Castillo (Charín) | Psicólogo | Vértice Crítico.

En 1975, Edward Tronick presentó el experimento de la Cara Inexpresiva. Una madre juega con su bebé, que está en una sillita, en una conversación sin palabras perfectamente acompasada. De pronto, ella deja el rostro inmóvil. No se va ni se enfada, solo deja de responder.
El bebé lo nota enseguida. Sonríe, señala, da palmas y la llama. Al no obtener respuesta, aparta la cara, se retuerce, se lleva las manos a la boca y algunos lloran o miran al vacío con desesperanza. Todo ocurre en menos de tres minutos. Cuando la madre vuelve a sonreír, el bebé tarda un poco en fiarse y luego regresa.
A ese bebé no le faltó comida ni compañía. Solo le faltó que alguien respondiera a lo que sentía, y eso bastó para desarmarlo. Si se multiplican esos minutos por cansancio, jornadas largas, muchos hijos o depresiones nunca diagnosticadas, se entiende a madres que siempre estuvieron, pero que, de tanto dar por fuera, ya no tenían con qué responder por dentro. No hicieron nada mal. Hicieron demasiado.
Existe, además, una forma de querer que deja huella: el afecto condicionado, que consiste en dar más cariño cuando el hijo cumple expectativas y retirarlo cuando no. No se trata de castigos, sino de la cara que se ilumina con un sobresaliente y se apaga con un cinco, o del silencio cuando decepciona.
En 2004, Avi Assor, Guy Roth y Edward Deci preguntaron a universitarios si el cariño de sus padres había dependido de sus notas, su conducta o el control de sus emociones. Hallaron tres cosas.
Primero, que funciona: esos hijos obedecen, estudian y cumplen.
Segundo, que tiene un precio. Actúan por presión interna y no por elección. Sus logros les satisfacen poco, sus fallos les generan culpa y vergüenza, y su autoestima sube y baja con cada resultado. Sienten desaprobación y guardan resentimiento hacia sus padres.
Tercero, que se hereda. Las madres que lo practicaban lo habían recibido de sus propios padres.
Esto explica al hijo exitoso que siente que en casa sigue a examen. Cuenta el ascenso, pero no que duerme mal. Cuenta el piso nuevo, pero no que su matrimonio se rompe. Aprendió muy pronto qué versión de sí mismo era bienvenida.
En la próxima entrega: por qué el sacrificio no basta para unir, por qué padres e hijos recuerdan casas distintas y qué dicen los datos sobre el distanciamiento.




































