“El lenguaje no es neutro: cuando se vuelve belicoso, deja de ser herramienta de diálogo y se convierte en un detonante de crisis.”
Por Luís Taveras (Politólogo).


La llamada guerra entre EE. UU., Israel e Irán tiene una dirección actual hacia el estrecho de Ormuz; ese no es un escenario cualquiera, pues por allí transita la quinta parte del petróleo mundial. La administración del discurso no debe orientarse hacia una retórica guerrerista, sino hacia el apaciguamiento de los ánimos, para evitar consecuencias de cálculo y, por ende, mayores secuelas negativas para el mundo.
Fortalecer la retórica de ultimátum (utilizada en diversas ocasiones por Donald Trump), además de constituir un lenguaje inapropiado que no debe emplear un presidente estadounidense, no contribuye a apaciguar los ánimos ni mucho menos a elevar la calidad de la discusión; al contrario, provoca más incertidumbre y eleva las contingencias en los mercados internacionales, originando un clima de tensión visible por la imprudencia del lenguaje. Lo descrito anteriormente impulsa una conversión hacia riesgos mayores en los estándares internacionales, en un mundo globalizado e interdependiente.
Lo viable sería buscar atajos que conduzcan a la solución de las controversias, ya sea a través de los organismos internacionales (de por sí, casi inexistentes) o por la vía del diálogo con terceros países como intermediarios para resolver esas y otras disputas. Para lograr esa posibilidad, hay que dejar la retórica que estimula la confrontación y la imposición, y volver a la diplomacia.

































