Opción Democrática sostiene que las convocatorias del presidente Luis Abinader reproducen un patrón comunicacional sin resultados tangibles y advierte erosión de la confianza pública.
Por José Espinal Marcelo | Vértice crítico.


Santo Domingo. La política del diálogo del Ejecutivo vuelve al centro del debate. El partido Opción Democrática (OD), elevó su crítica y calificó como “fallidos” los procesos de concertación impulsados por el Gobierno, al entender que han operado más como dispositivos de legitimación mediática que como instrumentos de política pública con capacidad de implementación.
En un posicionamiento que cuestiona la eficacia institucional, OD sostiene que las rondas de consulta (desde el Diálogo por las Reformas -2021-, hasta el abordaje de la crisis haitiana -2023-, y las discusiones post-electorales en el marco de “Meta 2036”), no han producido resultados verificables ni han incorporado de forma vinculante las propuestas de los sectores convocados. La acusación precisa "ausencia de trazabilidad entre deliberación y decisión".

El señalamiento adquiere mayor densidad en el contexto del nuevo llamado presidencial a un acuerdo nacional frente a la incertidumbre internacional. Para la organización, la convocatoria reproduce un “esfuerzo publicitario” que intenta cubrir un déficit de planificación estratégica. En su lectura, el Ejecutivo privilegia la escenificación del consenso sobre la construcción de consensos operativos, mientras avanza —dicen— una agenda que no corrige asimetrías sociales.
Bajo esta óptica, el problema no es el diálogo en sí, sino su práctica sin agenda delimitada, sin cronograma de ejecución y sin mecanismos de rendición de cuentas, los espacios terminan vaciados de contenido. “Convocar sin capacidad de absorber propuestas degrada el proceso deliberativo y lo convierte en ritual”, resume la crítica implícita del partido.
OD también apunta a un costo político menos visible pero más estructural, la erosión de la confianza ciudadana. En sistemas democráticos, el diálogo funciona como tecnología de gobernanza solo si produce outputs medibles. Cuando se percibe como performance, el efecto es inverso: aumenta el escepticismo y se debilita la legitimidad de futuras convocatorias.
El partido advierte, además, que la gestión de la crisis no puede descansar en mecanismos retóricos. Señala un riesgo distributivo, "trasladar los costos hacia los segmentos más vulnerables sin un marco de protección claro". En términos de política económica, la crítica sugiere una desconexión entre diagnóstico y paquete de medidas.
El oficialismo no ha respondido a este posicionamiento, pero el intercambio revela una crisis de fondo, la disputa por el sentido del “diálogo” como herramienta de gobierno. Para la oposición, el estándar no es la convocatoria, sino la ejecución; no la foto, sino el resultado.
En un escenario de presiones externas y demandas internas acumuladas, la pregunta queda instalada: ¿puede el Gobierno convertir la concertación en política efectiva o seguirá operando como narrativa de gestión? La respuesta, más que en nuevas mesas, se medirá en decisiones concretas y en su impacto sobre la vida cotidiana.

































