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LOS PATRICIOS, LOS PLEBEYOS Y LOS PARIAS, HOY.

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Hay un adagio histórico que dice como sentencia:

“Todos los caminos conducen a Roma”.

Por Henry Polanco

Henry Polanco
Henry Polanco

Y eso se debe a que los romanos quisieron imponer su sociedad imperial por todo el mundo. Este imperio nació, en parte, del ejemplo de la experiencia griega y de la hegemonía conocida de Alejandro Magno de Macedonia, quien soñaba con la conquista del Imperio Persa. Existe un mito acerca de los fundadores de Roma, llamados Rómulo y Remo, hermanos gemelos, ambos, según el mito, nacidos de la unión del dios Marte y la sacerdotisa Rea Silvia. Eran dos hombres de cuidado; entre intrigas y envidias fundaron territorios opuestos y uno mató al otro.

De este hecho se tomó el “incidente” como la fecha de la fundación de Roma: un 21 de abril del año 753 a. C., según el historiador Tito Livio.

Han pasado milenios y varios siglos, y el sueño imperial de las potencias poderosas se hace presente 2,000 años después de Cristo para controlar el mundo actual mediante conquistas, invasiones modernas y tecnologías. No todo es casual en la historia. Muchas naciones, como la estadounidense y varios países europeos o asiáticos, a pesar de su poderío, sufren una sociedad socialmente desgarrada por dentro, debido al mayor imperio del mundo globalizado: la hegemonía comunicacional de los medios y la transculturación invasora.

¿Quiénes la dominan? El poder elitesco, político y monárquico del mundo. ¿Quiénes le secundan? La iglesia, la banca, los magnates y las grandes corporaciones transnacionales, entre otros subgrupos.

La sociedad romana, antes de Cristo, estuvo dividida entre patricios, plebeyos y parias. Los primeros pertenecían a familias nobles y descendían de los primeros pobladores de Roma. Tenían todos los derechos, poseían tierras y ganado, y podían participar en la administración del Estado.

Los otros, los que no formaban parte de ninguna familia noble, eran considerados plebeyos. Por esa razón, no tenían derecho a ser ciudadanos, pese a que eran mayoría en la población. Se les negaba unirse en matrimonio con los patricios. Los parias eran los marginados totales de esa sociedad; estaban completamente degradados. Ni siquiera podían llegar a ser plebeyos. Eran esclavos y siervos condenados a trabajar para mantener a patricios y plebeyos.

La sociedad moderna no ha cambiado mucho. Aún en países llamados “desarrollados” es normal observar racismo, xenofobia, discriminación, entre otros males, así como gobiernos monárquicos y neocolonialistas.

Las naciones emergentes, o llamadas “países en vías de desarrollo”, han optado por ser libres y soberanas después de más de 500 años de colonia. Revoluciones, batallas y guerras han vivido estos pueblos para la emancipación de sus gentes y territorios, aunque siempre han estado sujetos a niveles de dependencia de otros países más desarrollados.

Por ejemplo, la República Dominicana, como plebeya, está sujeta a depender en más de un 80 % del modelo productivo estadounidense en las últimas décadas, ya que tanto la autonomía como la soberanía permanecen en condición de plebeyos y parias frente al imperio estadounidense. Es común escuchar voces que solo elevan el tono acorde con la referencia al dólar norteamericano.

La práctica y la conducta de los siglos pasados se combinan con el modernismo actual, manifestándose de la manera más vulgar y semejante a los imperios ya desaparecidos. Los pueblos latinoamericanos han marcado el siglo XXI con un viraje hacia la izquierda y con gobiernos progresistas.

Estos pueblos, que durante los últimos 100 años de historia contemporánea estuvieron arrasados por dictaduras, golpes militaristas, guerras civiles e intervenciones montadas por potencias neocolonialistas e imperios en expansión, llegaron a llamarse, en algunos casos, “gobiernos democráticos”, bajo el pretexto de democracias representativas.

La democracia, como modelo, ha sido utilizada solo en su etimología griega como excusa (dêmos, pueblo, y kratos, autoridad), concepto que especifica a un “pueblo” que ejerce la “soberanía”, pero que, en verdad, se convierte en un simple ejercicio electoral para votar y transferir poder absoluto a representantes y dirigentes.

Latinoamérica pasó a ser ícono de esa democracia representativa, entreguista y excluyente, que gobierna durante años mediante un sistema de pactos que se renueva cada cierto tiempo entre élites y oligarquías vetustas, las cuales paren figuras nuevas y clonadas tratando de revivir el pasado nefasto de esa “democracia representativa” esclavista romana, a través de instituciones flamantes, corporaciones empresariales transnacionales, la banca y las oligarquías criollas que no creen en su propio proyecto de independencia.

A esto se suma, como nuevo elemento, el papel de los medios de comunicación, que descontextualizan y desinforman como acomodo al proyecto actual. Mientras tanto, los parias y los plebeyos siguen igual, con la esperanza de ascender por milagro de Dios.

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