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La muerte también tiene acompañantes | Cuarta parte

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"A propósito de una conversación con un amigo, tras la publicación de las tres primeras entregas de la serie sobre la muerte."

Por José Espinal Marcelo | Vértice crítico.

José Espinal Marcelo (Foto por Elvys Rodríguez Rodríguez).
José Espinal Marcelo
(Foto por Elvys Rodríguez Rodríguez).

Después de publicar las tres primeras entregas de esta serie sobre la muerte, recibí el mensaje de un amigo.

No era una observación filosófica ni un comentario sobre literatura. Era algo mucho más valioso.

Era una experiencia de vida.

Me habló de la muerte de su hermano.

Pero no de la muerte en sí misma.

Me habló de todo lo que ocurrió antes.

De las señales que fueron ignoradas.

Del tiempo que se perdió.

De las decisiones equivocadas.

De las personas que estaban cerca y no comprendieron la gravedad de lo que estaba sucediendo.

Mientras leía sus palabras entendí que había una dimensión de la muerte que aún no había abordado en esta serie.

Habíamos reflexionado sobre la finitud humana. Habíamos hablado del miedo a morir. Habíamos pensado en la memoria y en la necesidad de vivir plenamente antes de que llegue el final.

Pero todavía no habíamos hablado de quienes permanecen al lado del enfermo cuando la vida comienza a tambalearse.

Mi amigo escribió una frase que no he podido olvidar:

"Cuando uno se enferma, hay que tener la suerte de que quien acompañe a uno tenga cerebro."

Detrás de esa expresión sencilla descubrí una verdad enorme.

La muerte es inevitable.

Pero muchas veces la diferencia entre vivir y morir no depende únicamente del paciente ni del médico.

Depende también de quien acompaña.

De quien observa.

De quien insiste.

De quien decide actuar cuando el enfermo ya no comprende completamente lo que le está pasando.

Y entonces comprendí que en esta cuarta parte era necesaria.

Porque la muerte no siempre llega sola.

Muchas veces llega acompañada por el descuido, la negación, el miedo o las decisiones equivocadas de quienes rodean al enfermo.

Mi amigo perdió a su hermano. Y en medio de su dolor me compartió una reflexión que merece ser escuchada.

"La muerte es inevitable, pero se puede posponer."

La frase puede parecer simple, pero encierra una enorme responsabilidad humana.

No podemos derrotar a la muerte.

No podemos negociar con ella.

No podemos impedir que llegue algún día.

Pero sí podemos evitar que llegue antes de tiempo.

Y para lograrlo, la salud no puede ser entendida como un asunto exclusivamente individual.

Mi amigo, que trabajó durante años en la dirección de servicios de salud, resumió el problema de manera precisa:

La salud tiene tres pilares:

El médico.

El paciente.

Y la familia.

La familia,  esa palabra que tantas veces pronunciamos sin pensar en todo lo que implica.

Porque cuando la enfermedad aparece, el paciente no siempre es capaz de evaluar con claridad lo que le sucede.

A veces el dolor confunde.

A veces el miedo paraliza.

A veces el cerebro intenta protegernos haciéndonos creer que no es tan grave.

Mi amigo me dijo algo que me hizo reflexionar profundamente:

"El paciente nunca cree que está muy mal enfermo."

Y probablemente tenga razón.

Quizás sea un mecanismo de defensa.

Quizás sea la manera que tiene la mente de protegerse de una realidad que todavía no está preparada para aceptar.

Pero precisamente por eso la presencia de los demás se vuelve decisiva.

Alguien tiene que observar.

Alguien tiene que insistir.

Alguien tiene que decir: "vamos al médico".

Alguien tiene que actuar cuando el enfermo ya no está en condiciones de hacerlo por sí mismo.

He conocido personas que siguen vivas porque alguien cercano tomó esa decisión a tiempo.

Y también he conocido historias donde la negligencia, la indiferencia o la ignorancia terminaron ocupando el lugar que debía ocupar el cuidado.

Por eso hablar de la muerte también exige hablar del amor.

No del amor romántico.

No del amor que se declara.

Sino del amor que actúa.

Del amor que acompaña.

Del amor que cuida.

Del amor que no se limita a sentir, sino que asume responsabilidades.

Mi amigo recordó una conversación que tuvo con su esposa cuando ambos eran apenas veinteañeros.

"Hicimos un acuerdo. Si yo me enfermo, tú me llevas al médico. Si tú te enfermas, yo te llevo al médico."

Después de tantos años, sigue considerando aquel pacto como una de las mejores decisiones de su vida.

Y mientras leía sus palabras pensé que quizás allí existe una lección que pocas veces enseñamos.

Nos preparamos para trabajar.

Nos preparamos para producir.

Nos preparamos para competir.

Pero casi nadie nos enseña a cuidar ni a dejarnos cuidar.

Vivimos en una sociedad que habla poco de la muerte y muchas veces habla aún menos de la enfermedad.

Las escondemos.

Las negamos.

Las convertimos en temas desagradables.

Como si nombrarlas pudiera atraerlas.

Sin embargo, el silencio nunca ha protegido a nadie.

La ignorancia tampoco.

La muerte llegará cuando tenga que llegar.

Pero entre el nacimiento y ese último día existe una responsabilidad profundamente humana.

Cuidarnos unos a otros.

Porque no siempre podremos decidir sobre nuestra propia fragilidad.

Habrá momentos en que necesitaremos que alguien vea lo que nosotros no vemos.

Que entienda lo que nosotros no entendemos.

Que tenga la lucidez que nosotros hemos perdido.

Quizás por eso la pregunta más importante no sea cómo moriremos.

Quizás la pregunta sea otra.

Cuando llegue el momento de nuestra vulnerabilidad, ¿quién estará a nuestro lado?

¿Y tendrá el amor suficiente para ayudarnos a seguir viviendo mientras todavía sea posible?

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