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Mensaje dominical | La muerte tampoco tiene sentido | Séptima parte.

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"Una reflexión desde Albert Camus".

Por José Espinal Marcelo  | Vértice crítico.

José Espinal Marcelo (Dibujo Oscar Rodríguez).
José Espinal Marcelo (Dibujo Oscar Rodríguez).

Después de seis entregas escribiendo sobre la muerte, un amigo me preguntó cuál era, al final, el sentido de todos estos artículos sobre la muerte.

La pregunta parecía inevitable.

Quizás porque nos educaron para creer que toda muerte debe contener una enseñanza. Que detrás de cada pérdida existe un mensaje. Que el sufrimiento responde a un plan. Que el universo termina acomodando las piezas de una historia que, por ahora, no alcanzamos a comprender.

Durante mucho tiempo también intenté creerlo.

Era una idea tranquilizadora.

Pensar que ninguna muerte era inútil.

Pensar que todo dolor escondía una recompensa.

Pensar que alguien, en algún lugar, llevaba la contabilidad de nuestras alegrías y nuestras desgracias.

Pero la vida insiste en desmentir esas certezas.

Los niños también mueren.

Las personas buenas también mueren.

Los asesinos también llegan a viejos.

Las guerras no distinguen inocentes.

Las epidemias no preguntan quién merece seguir viviendo.

La naturaleza nunca negocia con nuestra idea de justicia.

Y entonces comprendí algo que, al principio, me resultó difícil aceptar.

La muerte no tiene sentido.

No porque sea absurda.

Sino porque simplemente ocurre.

No castiga.

No premia.

No corrige.

No explica.

No viene a enseñarnos una lección.

Somos nosotros quienes, desesperadamente, intentamos darle un significado para soportar su presencia.

Quizás allí reside una de las mayores diferencias entre una mirada religiosa y una mirada materialista.

La primera busca un propósito detrás del final.

La segunda acepta que el propósito nunca estuvo en la muerte.

Siempre estuvo en la vida.

Albert Camus escribió que el verdadero problema filosófico era decidir si la vida merece ser vivida.

No porque dudara de la existencia.

Sino porque comprendía que el universo permanece en silencio frente a nuestras preguntas.

Ese silencio puede asustarnos.

O puede liberarnos.

Porque si nadie escribió nuestro destino, entonces somos nosotros quienes escribimos nuestra existencia.

No existe una misión secreta esperando ser descubierta.

Existe una vida esperando ser vivida.

Eso cambia completamente la forma de mirar el tiempo.

Cada gesto adquiere valor porque nadie vendrá después a corregirlo.

Cada palabra importa porque puede ser la última.

Cada abrazo deja de ser un trámite cotidiano para convertirse en una decisión consciente.

No vivimos para preparar otra vida.

Vivimos porque esta es la única que conocemos.

Y precisamente por eso resulta extraordinaria.

Quizás la mayor rebeldía no consista en derrotar a la muerte.

Consista en negarnos a vivir como si ya estuviéramos muertos.

Seguir creando cuando todo invita a renunciar.

Seguir amando cuando sabemos que un día perderemos a quienes amamos.

Seguir luchando por una sociedad más justa aunque sepamos que quizás nunca veremos la obra terminada.

Eso no elimina la muerte.

Pero impide que ella gobierne nuestra existencia antes de tiempo.

Después de siete semanas escribiendo sobre la muerte, creo haber entendido algo.

No escribía realmente sobre la muerte.

Escribía sobre la vida.

Porque solamente quien acepta que el final no tiene un significado oculto puede comprender que el verdadero sentido nunca estuvo allí.

Siempre estuvo aquí.

En este instante.

En esta conversación.

En esta respiración.

En esta posibilidad irrepetible de estar vivos antes de desaparecer.

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