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VIVO PARA CONTARLO (2da parte).

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Por Miguel Medina.

Primer episodio

Miguel Medina
Miguel Medina

Aquí, aquí, aquí —insistía el agente—, que no sabía el calibre social y político del joven que acababan de detener en medio de movilizaciones populares en el antiguo barrio El Arrempujao, del Macorís rebelde.

De repente, como un trueno, sonaron voces: un coro de señoras adultas, encabezado por la madre de Amado Then, gritó con firmeza: «¡No lo maten, no lo maten!».

Antonio, el policía bueno del pueblo, al percatarse del siniestro plan de sus subalternos, corrió como un rayo y se colocó entre el agente —que insistía en pegar al prisionero a la pared de la calle Salcedo esquina Hostos— y el prisionero, impidiendo, con voz firme y autoritaria, que el pelotón de despiadados carniceros ejecutara su fusilamiento.

Segundo episodio

El ruido ensordecedor de los barrotes de la prisión despertó exhausto al prisionero. Las piernas le temblaban involuntariamente al tratar de levantarse del cemento frío y del sueño profundo en que se paseaba en absoluta libertad en el interior de una celda solitaria (los presos no sueñan estando presos).

«Prepárese rápido», le gritó el agente secreto que aterrorizaba y perseguía a los jóvenes revolucionarios en el gobierno de las manos limpias.

Sacar de la prisión policial a siete prisioneros a las 12:00 de la noche, colocarlos amontonados en el asiento trasero de un carrito cepillo —el mismo modelo que utilizaba el Servicio de Inteligencia Militar (SIM), en la era de Trujillo, para aterrorizar y arrodillar a todo un pueblo— tenía sabor a muerte. Todo indicaba que se transitaba hacia un destino incierto.

Un policía conducía y dos agentes, encabezados por el popular Nao, apuntaban con sus metralletas Cristóbal hacia esa masa de seres humanos indefensos, uno sobre otro, amontonados en un espacio donde respirar tenía limitaciones y las necesidades fisiológicas tenían que posponerse.

Una hora de carretera en penumbra. Los bellos arrozales, donde el sol resplandece en cada atardecer, estaban cubiertos por un manto de luto.

El comandante ordenó la detención del cepillo. El silencio se apoderó del ambiente. Se podía advertir que transitaban por la autopista Duarte en dirección a Santo Domingo; los arrozales de la fértil tierra de Bonao permanecían cubiertos por el manto de una noche sin estrellas. Eran las primeras horas de la madrugada. Parecía que había llegado el momento final. El silencio espantaba y hacía latir con fuerza las pulsaciones arteriales; el fantasma de la muerte rondaba los cañones que nunca dejaron de apuntar a quemarropa a las cabezas de los prisioneros. Las vidas estaban colgadas del hilo de la neblina que empezaba a refrescar las espigas de los arrozales.

Ocurrió espontáneamente el cambio de plan: el comandante de la siniestra patrulla ordenó que continuaran la marcha hacia Santo Domingo.

Tercer episodio

En el Palacio de la Policía, trasladado al departamento del temido Servicio Secreto, se produjeron múltiples conversaciones telefónicas entre los jefes policiales y los oficiales que, en horas de la madrugada, estaban a cargo de una unidad donde el terror produce náuseas.

Toda la conversación parecía girar en torno al dirigente de izquierda, ya identificado, secretario general nacional de una de las principales organizaciones del país. Todo se concentraba en qué decisión tomar: si permitir que siguiera vivo o tomar la decisión de desaparecerlo. La conversación entre el jefe del Servicio Secreto y el oficial no disimulaba, frente a la presencia del prisionero soñoliento, el macabro destino que por tercera vez sacaba las garras y que todo indicaba, ahora, en esta madrugada, que la puerta para escapar de una voluntad revestida de intolerancia estaba prácticamente cerrada.

Las deliberaciones entre comandantes tardaron cerca de media hora en dictar el veredicto. El prisionero parecía que, al abordar este tercer episodio, ya se entregaba a una causa perdida; reflexionaba en su interior y se daba por muerto, pensando que, si lograba sobrevivir, se ganaría la vida de nuevo.

Llegó la orden superior: «Llévenlo a la celda». La muerte acababa de posponer sus testarudos designios.

Cuarto episodio

Los nuevos inquilinos de la prisión no cabían en aquel almacén abarrotado de seres humanos de pálidos rostros y con su dignidad echada en el piso, donde trataban de conciliar el sueño.

Al tercer día en aquel infierno de fuego moral, sobreviviendo por el gesto solidario de presos comunes, con la familia de los prisioneros desconociendo su paradero y un pueblo insistentemente reclamando la libertad de sus hijos, sucedió algo sorprendente: el carcelero ordenó que los presos de Macorís se prepararan a la velocidad de un relámpago.

Salían de nuevo hacia otro destino incierto. Abordaron un vehículo llamado «perrera» y, franqueados por otro, con un fuerte contingente policial, tomaron la autopista Duarte, ahora en dirección contraria, con la luz del día iluminando el sendero, dejando atrás aquel túnel oscuro con olor a muerte que habían transitado varios días antes.

Los vehículos iban a toda marcha; agentes que se mostraban nerviosos y prisioneros que desconocían lo que estaba ocurriendo, pero con la sensación agradable de que retornaban a su pueblo, aunque sus manos permanecían atadas. Sin embargo, los cañones de las armas no apuntaban sus rostros con tanta agresividad como ocurrió en el primer viaje.

Entraron con gallardía al Palacio Judicial, rodeado de una multitud enardecida. Los esperaba, apresurado, el fiscal Amado José Rosa, el síndico y otros funcionarios oficiales para, en un santiamén, decretar su libertad. El pueblo se había insurreccionado desde las primeras horas de ese día y no había dejado más opción que disponer la libertad y devolver la vida.

Notas:

Iván Rodríguez
Iván Rodríguez

1. Dedicado al camarada EPD, Iván Rodríguez, siempre entregado a la solidaridad humana, quien denunció la injusticia y se mantuvo hombro con hombro durante esa permanencia en Santo Domingo.

2. Al inmenso y bravo pueblo de San Francisco de Macorís, al que le agradezco que hoy esté: «VIVO PARA CONTARLO».

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