Por William Richard Vásquez
Una de las grandes tendencias del mundo actual es la fotografía. Durante el siglo pasado, retratarse no era tan sencillo; estaba reservado para momentos muy especiales de la vida, como bautizos, cumpleaños, graduaciones y bodas. En el siglo XXI, en cambio, tomar una foto es como respirar. Desde que los teléfonos celulares fueron dotados de cámaras masivas, casi todo el mundo adquirió un nuevo oficio: ser fotógrafo. A tal punto ha llegado esto, que en las actividades familiares la presencia de un profesional del lente es cada vez más escasa y, en ocasiones, nula.

También surgen competencias banales sobre quién tiene el mejor dispositivo para capturar el momento. Se escucha decir sin reparos: “Con ese no, tómala con el mío”, dejando a un lado la iniciativa o la autoestima de quien se ofreció primero. Al parecer, lo primordial es “lucir bien” ante las miradas de una población a la que quizás ni le importe el resultado del estrés que genera la búsqueda de la perfección. Se recurre a múltiples tomas porque casi siempre alguien del grupo no queda conforme con su imagen, lo que obliga a borrar y repetir. Esto, sin contar el uso excesivo de filtros y aplicaciones de maquillaje digital que alteran por completo la realidad física de los “modelos”.
Decía Séneca: “Gran parte de la vida se nos escapa haciendo el mal, la mayor parte sin hacer nada y toda haciendo otra cosa de la que debiéramos”. Sin duda, la fotografía es una manera maravillosa de atrapar el tiempo; sin embargo, hemos caído en el exceso. Ya no importa la experiencia en sí, sino la evidencia del “hecho”.
Esta dinámica ha permeado con fuerza el ambiente escolar, donde parece que la calidad educativa se reduce a una buena foto. Las autoridades exigen que cada actividad cuente con imágenes que sirvan de soporte para el calendario escolar. Si bien la fotografía refleja un instante, se ignora que también puede ser un montaje. Hoy, con las facilidades que brinda la Inteligencia Artificial, se podría entregar un informe cargado de “evidencias” de trabajos que nunca se realizaron. Por eso, el culto a la imagen debe sustituirse por un seguimiento más cercano a la labor docente. No es coherente que los informes gráficos muestren tantos avances mientras los estudios de organismos internacionales señalan que la educación dominicana no va por buen camino.
Al igual que en la vida cotidiana, la labor educativa está perdiendo su disfrute y el entusiasmo del encuentro real. En el aula, es común ver a un grupo de estudiantes —e incluso al maestro— con la cabeza inclinada, revisando fotos o videos de personas ausentes que nada aportan al salón de clases. El extremo de esta desconexión se vive en la educación virtual: una sesión digital suele estar condenada al fracaso educativo cuando el rigor se limita a una foto de perfil que simula una presencia, mientras que, en un gran porcentaje, el alumno ni siquiera está escuchando.
En conclusión, se deben aunar esfuerzos para que lo mostrado en las imágenes coincida con la realidad en las aulas. Es hora de priorizar el aprendizaje significativo —tanto para los que enseñan como para los que aprenden— por encima de la burocracia de enviar evidencias visuales. La fotografía es una herramienta extraordinaria, pero solo cuando está verdaderamente vinculada a la calidad educativa y, sobre todo, a la calidad de vida.





































