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«PROSCENIO», «LA EXCELENTE MÚSICA DEL MUNDO» Y «EL GRAN MUSICAL».

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Fidel Soto Castro | Foto fuente externa.
Fidel Soto Castro | Foto fuente externa.

«PROSCENIO», «LA EXCELENTE MÚSICA DEL MUNDO» Y «EL GRAN MUSICAL»

Tres programas, tres locutores y una época gloriosa de la radio dominicana

Jesús Rivera, René Alfonso y José Enrique Trinidad

Por Fidel Soto Castro | Vértice Crítico

Dicen que los tiempos pasados fueron mejores. Afirmarlo de manera absoluta sería negar la dialéctica de la historia. Lo que sí es verdad es que aquello que fue bueno, hermoso y agradable, cuando lo recordamos, nos deja una mezcla de nostalgia y tristeza: nostalgia por haberlo vivido y tristeza porque ya no forma parte de nuestro presente.

Pero hay algo más importante: lo bueno de una época permanece. Queda en la memoria, en la sensibilidad y en la formación de quienes tuvieron el privilegio de vivirla.

Las décadas de los años sesenta y setenta nos brindaron momentos estelares en la comunicación, la educación y la cultura dominicanas. Periódicos, revistas, emisoras y programas de radio se convirtieron en espacios para una nueva expresión, diferente y renovadora, que rompía progresivamente con los moldes impuestos por la dictadura de Trujillo.

En medio de aquellos años difíciles, una pléyade de jóvenes traspasó el umbral de la protesta panfletaria y comenzó a sembrar un estilo de comunicación de elevado nivel cultural. La radio dejó de ser únicamente un instrumento para transmitir música: se convirtió también en una escuela abierta, en una ventana hacia el mundo y en un espacio donde la canción podía educar, conmover y despertar la conciencia.

Mientras el país sufría los embates de la represión política y todavía estaban frescos los asesinatos de periodistas como Gregorio García Castro y Orlando Martínez, tres jóvenes, desde distintos espacios de la radio, llevaron a una juventud golpeada un verdadero pan espiritual.

En una sociedad que sentía el cerco de la negación de las libertades públicas, aquellos programas ofrecían algo más que entretenimiento: ofrecían cultura, sensibilidad, belleza y esperanza.

Fue así como, en distintos espacios de la década de los setenta, Jesús Rivera, René Alfonso y José Enrique Trinidad abrieron, a través de las ondas hertzianas, un espacio para el corazón y la inteligencia de aquella juventud.

Tres programas se repartieron la simpatía y la aceptación de un público ávido de cultura:

«Proscenio», «La Excelente Música del Mundo» y «El Gran Musical».

Y detrás de ellos, tres locutores que entendieron que poner una canción no consistía simplemente en colocar un disco y dejarlo sonar. Había que conocerla, presentarla, contextualizarla y, sobre todo, tener criterio para seleccionar aquello que llegaría al oído y al espíritu de los oyentes.

Eran programas de música, pero también eran programas de formación.

Sus conductores fueron verdaderos referentes de calidad en la radio dominicana. Validaron siempre la buena canción, la letra inteligente, la poesía, el contenido social y la música capaz de dejar algo en quien la escuchaba.

Y esto adquiere especial importancia cuando miramos la radio, la televisión y las redes sociales de nuestros días.

Hoy abundan canciones y expresiones cargadas de vulgaridad, violencia verbal, misoginia, obscenidad y pobreza lingüística. La vulgaridad se ha convertido, en muchos espacios, en espectáculo; y el mal gusto, en una mercancía que se vende como entretenimiento.

Por eso resulta necesario recordar a quienes demostraron que se podía tener audiencia sin sacrificar la calidad; entretener sin embrutecer; divertir sin vulgarizar; y hacer radio sin renunciar a la educación y a la cultura.

«PROSCENIO»

Jesús Rivera, con aquella voz de metal firme, capaz de transitar de los tonos altos a los bajos, dejaba caer sus palabras con una maestría que parecía provenir del mismísimo oráculo de Delfos.

No era simplemente colocar un disco y dejarlo sonar.

Era moldearlo con palabras, introducirlo ante el público, darle contexto y preparar al oyente para recibirlo.

La canción llegaba entonces con otra dimensión: no solamente se escuchaba; también se comprendía y se disfrutaba.

«LA EXCELENTE MÚSICA DEL MUNDO»

René Alfonso, el gran René, era metódico y pausado. Presentaba al artista con su voz característica y, después de aquella presentación, parecía que el cantor cobraba nueva vida.

Su programa era esperado y su presentador, más que escuchado, era apreciado.

Impactaba no solamente por su elocuencia, sino también por su decencia, su sobriedad y el respeto que mostraba hacia el público.

Sabía que quien estaba al otro lado del receptor merecía consideración y que la música podía ser un vehículo extraordinario para elevar el espíritu.

«EL GRAN MUSICAL»

José Enrique Trinidad poseía una voz jovial y atenta, con una entonación musical que extraía de cada presentación esa magia natural que envuelve a un artista cuando encuentra un comunicador capaz de presentarlo con dignidad.

No se limitaba a anunciar una canción.

La envolvía, la introducía y le preparaba el escenario.

De ahí que «El Gran Musical» fuera mucho más que una sucesión de canciones: era una propuesta cultural.

LOS HÉROES DEL MICRÓFONO

Programas y presentadores unidos por una misma vocación cultural llenaron una época de la radio dominicana.

Y puede decirse, sin caer en exageraciones, que fueron una digna representación de la educación, la cultura y la sensibilidad dominicanas.

Fueron héroes del micrófono, de la dicción, de la buena costumbre y del respeto al público.

Pero su mayor mérito quizá fue otro: convirtieron la radio en un referente.

Enseñaron, mediante el ejemplo, que quien tiene un micrófono también tiene una responsabilidad. Que una canción puede educar o degradar. Que una letra puede elevar el pensamiento o envilecerlo. Que la comunicación no es solamente un negocio: también es una forma de construir cultura.

Por eso, cuando observamos la facilidad con que hoy la vulgaridad penetra en la radio, la televisión y las redes sociales, conviene mirar hacia atrás y recordar a quienes hicieron exactamente lo contrario.

No se trata de negar el presente ni de idealizar todo lo pasado.

Se trata de rescatar referentes.

Una sociedad necesita modelos. Los jóvenes necesitan escuchar voces que hablen con propiedad, programas que respeten su inteligencia y canciones que, además de ritmo, tengan contenido.

Necesitamos volver a entender que la libertad de expresión no obliga a consumir vulgaridad y que la modernidad no consiste en abandonar la decencia.

Aquellos tres programas demostraron que se podía tener éxito haciendo buena radio.

Jesús Rivera, René Alfonso y José Enrique Trinidad no solamente difundieron música: difundieron cultura.

Por eso merecen nuestro respeto y reconocimiento, estén donde estén.

Y ese reconocimiento debe extenderse a toda aquella generación de locutores, periodistas y comunicadores que hicieron de la palabra una herramienta de educación y no un instrumento de degradación.

Hoy, cuando la vulgaridad parece tener micrófono propio, cuando el grito sustituye al argumento y cuando algunas canciones parecen competir por quién puede decir la mayor obscenidad, aquellos nombres regresan a la memoria como una lección.

Esa lección es poderosa: no todo lo que puede transmitirse merece ser transmitido. La radio puede educar, la televisión puede formar y las redes sociales pueden ser también instrumentos para comunicar cultura; de igual manera, la música puede divertir, emocionar, denunciar, enseñar y ennoblecer cuando quienes la seleccionan y difunden entienden la responsabilidad que tienen frente al público. Eso lo demostraron aquellos tres locutores y por eso los recordamos, especialmente ahora, cuando la vulgaridad, el mal gusto y la pobreza de contenido parecen haberse apoderado de tantos espacios de comunicación.

Frente a esa realidad, hacen falta nuevamente buenos referentes, voces que sepan que tener un micrófono no es solamente tener audiencia, sino también la posibilidad y el deber de contribuir a formar una sociedad mejor.

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