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MÁS ALLÁ DE LAS IDEOLOGÍAS: EL AMOR ÁGAPE.

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Por Ángel Osiris Torres | Docente | Vértice Crítico.

La historia ha demostrado que los grupos que dirigen el Estado, sean de orientación capitalista o socialista, pueden terminar acumulando privilegios: mejores viviendas, acceso preferencial a determinados alimentos, vehículos, servicios de salud y otras ventajas.

Esto plantea una cuestión importante: ¿el problema está realmente en una determinada ideología o también en la naturaleza humana y en la forma en que se ejerce el poder?

Los principios del socialismo no están orientados, en su formulación teórica, a que un grupo se aproveche del poder. Por el contrario, buscan construir una sociedad caracterizada por una mayor igualdad, sin explotación y, en la concepción comunista de Marx, superar las divisiones de clase y la propiedad privada de los medios de producción. Su horizonte final sería una sociedad sin clases.

El capitalismo, por su parte, se fundamenta en la propiedad privada, el mercado y la libertad de intercambio. Sus críticos han señalado históricamente las desigualdades y las formas de explotación que pueden producirse dentro de este sistema. El desarrollo del capitalismo también estuvo estrechamente relacionado con la expansión del imperialismo y la acumulación de capital.

Sin embargo, hay algo que considero todavía más importante:

Ningún ser humano que tenga verdadera empatía y solidaridad puede estar de acuerdo con un sistema político que practique la represión, persiga al disidente o utilice la violencia para imponer y conservar sus ideas.

La dignidad humana debe estar por encima de cualquier ideología.

El Estado, como institución jurídica y política, tiene funciones necesarias: organizar, regular, proteger derechos, administrar recursos y procurar el bien común. Pero cuando el poder del Estado se convierte en un instrumento para dominar, controlar y reprimir a quienes piensan diferente, deja de servir plenamente a la persona y comienza a convertirse en un fin en sí mismo.

Karl Marx miró hacia las comunidades primitivas como referencia para reflexionar sobre sociedades donde la propiedad privada y las divisiones de clase no tenían las características que adquirieron posteriormente. Sin embargo, resulta difícil imaginar un regreso literal a aquellas formas de organización en un mundo que ha desarrollado Internet, inteligencia artificial, máquinas, medicina avanzada y tecnologías de punta.

El progreso tecnológico no tiene por qué significar el abandono de la igualdad, la solidaridad o la justicia. El desafío consiste precisamente en poner los avances científicos y tecnológicos al servicio del ser humano y no convertir al ser humano en instrumento de ellos.

Al final, volvemos a la filosofía y a una de sus grandes preguntas: ¿qué es el ser humano y qué tipo de sociedad queremos construir?

Porque el problema de la maldad humana va mucho más allá de una ideología.

El ser humano puede utilizar una ideología para justificar sus acciones, pero ninguna ideología puede garantizar por sí misma la bondad de quienes ejercen el poder.

Y aquí aparece una perspectiva que va todavía más allá de la política.

Más allá de nuestro pensamiento y de nuestras estructuras sociales, existe una realidad espiritual que nos invita a mirar la vida desde otra perspectiva.

La fuerza más poderosa capaz de transformar verdaderamente una vida no es una ideología ni un sistema político.

Es el AMOR.

No cualquier amor.

El amor ágape: el amor que busca el bien del otro, que no depende de la reciprocidad, que perdona, sirve y rechaza la violencia y el odio.

Jesús lo expresó de una manera extraordinariamente radical:

««Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen…».»

Mateo 5:44

Quizás la verdadera transformación de la humanidad no comience solamente cambiando el sistema político, sino cambiando el corazón del ser humano.

 

 

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