
¿ESTARÁ CONSUELO DESPRADEL ESCONDIENDO EL CADÁVER DE NARCISO GONZÁLEZ?

Por Fidel Soto Castro | Vértice Crítico.

Según declaraciones de la señora Consuelo Despradel, expresadas en un programa de Manolo Ozuna, a Narciso González no lo asesinaron. Algo ocurrió, dice, pero ella no quiere hablar porque todavía están la esposa y las hijas.
He aquí una curiosa manera de acercarse a la verdad histórica: se afirma que algo ocurrió, se deja entrever que se conoce qué ocurrió, pero inmediatamente se cierra la puerta para impedir que se sepa qué fue. La razón invocada es la existencia de la esposa y las hijas de Narciso. Esto nos obliga a preguntar: ¿qué relación tiene la existencia de los familiares con el deber de esclarecer un hecho de tanta trascendencia nacional?
La pregunta adquiere mayor interés cuando se conoce la trayectoria política de la propia señora Despradel.
Consuelo Despradel no llegó al balaguerismo desde una posición conservadora. Su trayectoria comenzó en la izquierda. Militó primero en el Partido Socialista Popular y, posteriormente, en el Partido Comunista Dominicano. Ella misma ha recordado públicamente aquella etapa y ha hablado de su militancia comunista, de sus vínculos con Orlando Martínez y de la persecución que sufrió la izquierda dominicana.
Pero después se produjo un viraje político considerable. La propia Despradel ha explicado que los acontecimientos la fueron llevando hacia la derecha y que su hermano Luis la llevó donde Balaguer. También ha reconocido, retrospectivamente, que después de conocerlo llegó a la conclusión de que «la equivocada era yo».
Ese giro político no es un detalle menor cuando se analizan sus actuales interpretaciones sobre determinados acontecimientos de la historia dominicana. No porque todo cambio político convierta automáticamente en falsas las posiciones posteriores de una persona, sino porque, cuando ese cambio lleva desde la militancia comunista hacia una aproximación política con Balaguer, resulta legítimo preguntarse si esa transformación alcanzó también su manera de interpretar el pasado.
A partir de su nueva coincidencia y militancia con el balaguerismo, ella comienza a presentar justificaciones e interpretaciones que merecen ser examinadas.
La señora Despradel sostiene que el asesinato de Orlando Martínez fue consecuencia de una pugna entre militares y que Joaquín Balaguer no tuvo responsabilidad en el crimen. Es decir, el presidente bajo cuyo gobierno fue asesinado Orlando queda fuera del escenario de la responsabilidad política y el crimen termina presentado, fundamentalmente, como resultado de una confrontación entre militares.
La explicación resulta particularmente llamativa si se recuerda que Despradel había sido compañera política y amiga de Orlando dentro de aquella izquierda perseguida. Ella misma ha dicho que el asesinato de Orlando todavía le duele.
Pero una cosa es el dolor personal por la muerte de un compañero y otra, la interpretación política que posteriormente se hace de las circunstancias de su asesinato.
Entonces, hay algo fundamental que no podemos ignorar: quien militó en el PCD, compartió el ambiente político de Orlando y conoció desde dentro la persecución contra la izquierda terminó adoptando una interpretación que contribuye a separar a Balaguer de la responsabilidad política por el asesinato del periodista.
Y no está sola en esa interpretación. También Ubi Rivas y Báez Guerrero han sostenido posiciones favorables a la exculpación de Balaguer, aunque cada uno lo haga con sus propios matices. En el caso de Ubi Rivas, además, existe una conocida defensa de la supuesta inocencia del general Lluberes Montás y de otros sectores militares vinculados a aquella época. Y Báez Guerrero llega al colmo de justificar el asesinato de Orlando con el argumento de que era comunista y estos no le lanzaban flores a Balaguer. Lo que lamenta es que fue un crimen torpe; al parecer, él hubiera preferido una desaparición como la que sufrió el periodista Guido Gil.

Ahora aparece el caso de Narciso González.
No se dice sencillamente: «Tengo pruebas de que Narciso no fue asesinado». Tampoco se presentan los elementos que permitan conocer qué ocurrió. Se afirma que algo pasó, que la señora Despradel sabe de qué se trata, pero que no puede hablar porque viven la esposa y las hijas.
¿Y qué hacemos entonces con la verdad?
¿La guardamos en una gaveta hasta que desaparezcan todos los familiares? ¿Esperamos otra generación para que alguien pueda contar lo que supuestamente sabe? ¿O aceptamos que en la historia dominicana existen acontecimientos que pueden ser insinuados públicamente, pero cuya explicación debe permanecer bajo llave?
La verdad histórica no puede depender de la conveniencia de quien la conoce. Mucho menos cuando se trata de la desaparición de un ciudadano que, además de ser profesor universitario, escritor y periodista, fue un crítico frontal del poder político de su época.
Si la señora Despradel posee información capaz de demostrar que Narciso González no fue asesinado, esa información debería ser examinada públicamente. Si no puede demostrarlo, entonces sería prudente no presentar como hecho una versión que contradice una de las principales hipótesis históricas sobre su desaparición.
Porque una cosa es tener una opinión y otra muy distinta es insinuar que se conoce la verdad y negarse a decirla.
Cuando se intenta exculpar a Balaguer del asesinato de Orlando Martínez, se presenta el crimen como una pugna militar. Cuando se habla de Narciso González, ahora se introduce la idea de que ni siquiera fue asesinado. En ambos casos, el resultado termina siendo extraordinariamente favorable para quienes ejercían el poder durante esos períodos.
Puede ser una casualidad. Pero la historia no está para proteger casualidades: está para examinarlas.
No se trata de condenar a nadie por haber cambiado de ideas políticas. Las personas tienen derecho a modificar sus posiciones, incluso radicalmente. Lo que sí puede y debe examinarse es si ese cambio de posición política fue acompañado por un cambio en la interpretación de hechos históricos concretos, particularmente cuando esos hechos comprometen a quienes terminaron siendo objeto de su nueva valoración política.
Hay una diferencia entre cambiar de ideas y cambiar la interpretación de los hechos para acomodarlos a las nuevas ideas.
Los muertos de aquellos años no pueden venir a defenderse. Orlando Martínez no puede hacerlo. Narciso González tampoco. Por eso, precisamente por respeto a ellos y a sus familiares, no deberíamos aceptar que la verdad sea sustituida por insinuaciones, silencios selectivos o versiones construidas a conveniencia.
La historia no puede convertirse en una sala donde unos personajes son llamados a declarar y otros reciben de antemano un certificado de inocencia.
Y si quien hoy sostiene determinadas interpretaciones fue ayer militante de la organización política de Orlando, conoció la persecución de la izquierda y posteriormente se acercó políticamente a Balaguer hasta llegar a considerar que había estado equivocada sobre él, entonces la pregunta no es una acusación personal. Es una pregunta histórica legítima: ¿hasta dónde llegó aquel giro político?
Cuando recordamos la desaparición de Guido Gil, Henry Segarra, los tres jóvenes de Hato Mayor, Leonel Lagrange y el asesinato de los cinco jóvenes del Club Héctor J. Díaz, de Boyoyo Álvarez y de tantos ciudadanos torturados, desaparecidos y asesinados bajo la presidencia de Balaguer, tenemos que admitir que los arrepentidos están pretendiendo reescribir la historia.
¿Cambió la doña de la Z solamente su posición política o cambió también su manera de mirar los acontecimientos que había vivido desde el otro lado? Hay que pensar que lo olvidó y es casi seguro que no lo vivió.





































