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VÍCTOR JARA: CUANDO LA CANCIÓN SE CONVIERTE EN COMBATE.

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Julio Disla
Julio Disla

Por Julio Disla | Vértice Crítico. 

A 53 años del asesinato de Víctor Jara, su voz continúa cantando.

El 16 de septiembre de 1973, pocos días después del golpe de Estado contra el presidente Salvador Allende, la dictadura de Augusto Pinochet asesinó a uno de los más grandes símbolos de la canción popular latinoamericana: Víctor Jara.

Pero Víctor Jara no murió solamente como un hombre. Murió como un artista comprometido con su tiempo, con los trabajadores, con los campesinos, con los humildes y con el sueño de construir una sociedad más justa.

Su delito fue cantar.

Cantarle al pueblo.

Cantar a la esperanza.

Cantar a los trabajadores.

Cantar contra la injusticia.

Por eso la dictadura quiso silenciarlo.

Fue detenido y llevado al entonces Estadio de Chile, donde fue torturado brutalmente. Allí, quienes pretendían imponer el miedo intentaron quebrar también su guitarra, su voz y su dignidad. Finalmente, fue asesinado y su cuerpo apareció posteriormente con decenas de impactos de bala.

Creyeron que asesinando al hombre podían asesinar su canción. Se equivocaron.

Porque hay canciones que sobreviven a las balas.

Hay voces que sobreviven a las dictaduras.

Hay artistas cuya obra deja de pertenecerles para convertirse en patrimonio de los pueblos.

Víctor Jara es uno de ellos.

EL ARTISTA QUE NO SE VENDIÓ

Víctor entendió que el arte no tenía que vivir de espaldas a la realidad. Para él, cantar era también una forma de participar en la vida colectiva.

Su guitarra no era un simple instrumento musical: era una herramienta de expresión popular.

Mientras otros podían utilizar el arte para entretener y olvidar, Víctor decidió utilizarlo para recordar, denunciar y acompañar las luchas de su pueblo.

Su compromiso artístico no fue una pose. Fue una elección de vida.

Y esa elección tuvo un precio.

La dictadura quiso convertirlo en silencio, pero terminó convirtiéndolo en símbolo.

Porque el poder de las armas puede asesinar un cuerpo, pero no necesariamente puede matar una idea.

LAS BALAS NO MATAN LA MEMORIA

A 53 años de aquel crimen, la memoria de Víctor Jara sigue interpelándonos.

Nos recuerda que la cultura también es un terreno de lucha.

Que la poesía puede desafiar al poder.

Que una canción puede convertirse en conciencia.

Que un artista puede tomar partido por quienes históricamente han sido condenados al silencio.

Y que la memoria de los pueblos es también una forma de resistencia.

Recordar a Víctor Jara no significa solamente recordar cómo murió.

Significa recordar por qué cantaba.

Significa reivindicar una cultura comprometida con la dignidad humana.

Significa defender el derecho de los artistas a crear sin censura, de los pueblos a organizarse y de las sociedades a construir su propio destino.

VÍCTOR JARA VIVE

Las dictaduras pasan.

Los dictadores pasan.

Los fusiles se oxidan.

Los regímenes que pretenden eternizarse terminan cayendo bajo el peso de la historia.

Pero las canciones permanecen.

Y Víctor Jara permanece.

Permanece cada vez que alguien canta por la justicia.

Cada vez que un trabajador levanta su voz.

Cada vez que un campesino defiende su tierra.

Cada vez que un joven se rebela contra la injusticia.

Cada vez que un artista decide no permanecer indiferente ante el sufrimiento de su pueblo.

Víctor Jara vive porque su canto dejó de ser solamente suyo: se convirtió en canto colectivo.

Por eso, 53 años después, no lo recordamos desde la tristeza.

Lo recordamos desde la dignidad.

Desde la memoria.

Desde la lucha.

Desde la convicción de que ningún pueblo puede construir un futuro digno si permite que el olvido borre las huellas de quienes entregaron su vida defendiendo la justicia.

Víctor Jara fue asesinado por una dictadura, pero su voz no pudo ser fusilada.

La crueldad de sus verdugos llegó a extremos que estremecen la conciencia humana: los golpistas le cortaron las manos antes de asesinarlo, como una macabra forma de impedirle volver a tocar la guitarra. Aquellos que quisieron destruir sus manos no comprendieron que la guitarra de Víctor ya no estaba solamente entre sus manos: estaba en la conciencia de todo un pueblo. Podían destruir al hombre, pero jamás podrían destruir la canción.

Su guitarra sigue sonando.

Su memoria sigue caminando.

Y mientras haya hombres y mujeres dispuestos a cantar, luchar y soñar por un mundo más justo, Víctor Jara seguirá viviendo entre nosotros.

¡Víctor Jara, presente!

¡La canción popular no se rinde!

¡Ni perdón al olvido, ni silencio ante la injusticia!

¡Hasta siempre, Víctor!

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