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NOVENA ENTREGA | VICERRECTORÍA DOCENTE: DONDE LA TRANSFORMACIÓN DE LA UASD TIENE QUE ENTRAR AL AULA.

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Docencia, calidad e innovación: el aula como punto de partida para transformar la UASD.

Por José Espinal Marcelo | Vértice Crítico.

En las ocho entregas anteriores de esta serie hemos examinado distintos componentes del programa de gestión 2026-2030 del rector Jorge Asjana David. Al llegar a la propuesta correspondiente a la Vicerrectoría Docente, el análisis adquiere una dimensión particularmente importante, aquí ya no se trata únicamente de hacia dónde quiere avanzar la Universidad Autónoma de Santo Domingo, sino de cómo esa transformación puede llegar al lugar donde la universidad cumple diariamente una de sus funciones esenciales: el aula.

La propuesta, encabezada por la doctora Rosel Fernández como vicerrectora docente para el período 2026-2030, se presenta bajo una formulación que sintetiza sus aspiraciones: “Docencia con Calidad, Equidad, Innovación y Proyección Internacional”. Su declaración de principios plantea la transformación académica como eje estratégico y coloca entre sus fundamentos la evaluación objetiva, la mejora continua, la innovación curricular, el desarrollo tecnológico, la equidad social y la internacionalización.

Si se observa detenidamente, estamos ante una propuesta que intenta modificar simultáneamente el currículo, la organización docente, la evaluación del profesorado, la gestión académica, la oferta de carreras, la tecnología educativa, las condiciones profesionales del docente, la internacionalización, la inclusión y la cultura de calidad.

Precisamente por esa amplitud conviene analizarla no solamente desde lo que promete, sino desde la arquitectura institucional que necesitará para convertirse en realidad.

La docencia como centro de la transformación.

Una universidad puede construir nuevos edificios, digitalizar expedientes, firmar convenios internacionales y modernizar sus plataformas; pero si esas transformaciones no modifican positivamente la experiencia de enseñar y aprender, la modernización queda incompleta.

En ese sentido, resulta acertado que la propuesta coloque como primer eje la transformación académica con calidad integral. Se plantea consolidar un modelo educativo basado en competencias y centrado en el aprendizaje, acompañado de evaluación sistemática y estándares internacionales. Entre sus compromisos aparecen el rediseño curricular, el fortalecimiento de las cátedras, un sistema integral de evaluación docente, metodologías innovadoras, inteligencia artificial, entornos virtuales, competencias investigativas y auditorías académicas periódicas.

Hay aquí un cambio conceptual importante.

Durante mucho tiempo, buena parte de la educación superior estuvo organizada bajo la interrogante de ¿qué contenidos debe impartir el profesor?. La educación contemporánea obliga a agregar otra ¿qué debe ser capaz de comprender, analizar, crear y resolver el estudiante después de haber aprendido?

Parece una diferencia semántica, pero no lo es. Traslada el centro de gravedad desde la transmisión del contenido hacia los resultados del aprendizaje.

Ahora bien, el modelo por competencias tampoco debe convertirse en una moda pedagógica ni en una adaptación mecánica a las exigencias del mercado laboral. La UASD es una universidad pública. Su responsabilidad no consiste únicamente en producir profesionales funcionales al mercado, sino ciudadanos con pensamiento crítico, sensibilidad social, formación científica y capacidad para comprender y transformar su realidad.

Ese equilibrio será fundamental.

Evaluar al docente, pero también crear condiciones para enseñar.

Uno de los aspectos más sensibles de la propuesta es el establecimiento de un sistema integral de evaluación docente mediante autoevaluación, evaluación estudiantil y evaluación entre pares.

La idea es razonable. Ninguna institución comprometida con la calidad puede considerar intocable el desempeño de quienes enseñan. Pero existe un principio que debe acompañar cualquier sistema serio de evaluación, evaluar no puede ser sinónimo de castigar.

La evaluación académica debe identificar fortalezas, detectar debilidades y generar políticas de formación y acompañamiento.

Y aquí la propuesta introduce un elemento que considero particularmente relevante, dedica un eje completo al desarrollo, profesionalización y bienestar del personal docente. Plantea ampliar la plantilla conforme a estándares de calidad, realizar concursos periódicos, fortalecer la capacitación continua, promover idiomas, mejorar las condiciones laborales, respetar derechos adquiridos y reducir progresivamente la carga académica para favorecer el desempeño y la calidad de vida.

Esta combinación resulta esencial.

No puede exigirse excelencia académica a un profesor saturado de secciones, sometido a precariedades o sin posibilidades reales de actualización. La calidad docente no nace únicamente de reglamentos y evaluaciones; también depende del tiempo disponible para preparar clases, investigar, leer, producir conocimiento y acompañar estudiantes.

La calidad académica también es una cuestión de condiciones laborales.

Modernizar significa simplificar.

El segundo eje propone una gestión docente moderna, eficiente, digitalizada y orientada a resultados. Incluye modernización del registro académico, optimización del ingreso, permanencia y egreso, mejor planificación de horarios y secciones, actualización normativa, reestructuración de instancias, fortalecimiento de reválidas y convalidaciones, plataformas tecnológicas y educación virtual.

Este componente toca directamente la vida cotidiana de miles de estudiantes y profesores.

La transformación digital universitaria no debería medirse por la cantidad de plataformas disponibles, sino por cuántos problemas desaparecen gracias a ellas.

Si un estudiante continúa necesitando recorrer oficinas para resolver un trámite que podría realizar desde su teléfono, no existe verdadera transformación digital. Si los sistemas no dialogan entre sí, simplemente hemos informatizado la burocracia.

Modernizar debe significar simplificar.

Y simplificar implica revisar procesos antes de digitalizarlos.

Una universidad nacional necesita una oferta territorial inteligente

Otro punto de considerable valor es la propuesta de una oferta académica pertinente, flexible y territorializada, vinculada con las necesidades nacionales, regionales y globales.

Aquí encontramos una conexión directa con el tema de la descentralización universitaria analizado en nuestra séptima entrega.

Los recintos, centros y subcentros no deberían reproducir automáticamente la oferta académica de la sede central. Cada región posee características económicas, ambientales, productivas, culturales y sociales diferentes.

Una verdadera universidad nacional necesita escuchar esos territorios.

Por eso resulta pertinente que el programa plantee crear y actualizar carreras conforme a las demandas territoriales y laborales, combinar modalidades presenciales, semipresenciales y virtuales y articular la oferta con los planes de desarrollo sostenible.

Pero existe una precaución necesaria, pertinencia no significa subordinación absoluta al mercado.

Hay carreras cuyo valor social, científico o cultural no puede calcularse exclusivamente mediante indicadores inmediatos de empleabilidad. La universidad pública también preserva conocimiento, produce pensamiento crítico y forma ciudadanía.

Inteligencia artificial: una transformación que ya llegó

La propuesta menciona explícitamente la incorporación de inteligencia artificial tanto en metodologías de aprendizaje como dentro de la estrategia de internacionalización, innovación y transformación digital.

Esto merece especial atención.

La inteligencia artificial no constituye simplemente otra herramienta tecnológica. Está alterando la manera de investigar, escribir, programar, traducir, analizar información y producir conocimiento.

La UASD tendrá que decidir cómo incorporarla pedagógicamente, cómo formar al profesorado, cómo redefinir determinadas evaluaciones y cómo preservar la integridad académica.

Prohibirla indiscriminadamente sería desconocer la realidad; utilizarla sin criterios sería igualmente irresponsable.

La respuesta universitaria debe ser formar estudiantes capaces de utilizarla críticamente, verificar sus resultados y comprender sus limitaciones éticas, epistemológicas y profesionales.

Inclusión: calidad para todos o calidad incompleta.

Otro componente significativo es el eje de inclusión, equidad y bienestar académico. La meta declarada es garantizar igualdad real de oportunidades y condiciones dignas de aprendizaje, mediante becas transparentes, apoyo a estudiantes vulnerables, enfoque de género, servicios de salud, alimentación, cultura y deporte, así como infraestructura y recursos tecnológicos accesibles.

Aquí aparece una dimensión esencial de cualquier universidad pública latinoamericana.

La excelencia sin inclusión puede terminar convirtiéndose en privilegio.

El verdadero desafío de la UASD consiste precisamente en demostrar que masificación y calidad no tienen necesariamente que ser conceptos antagónicos. El reto es garantizar acceso y, simultáneamente, construir las condiciones que permitan permanecer, aprender y graduarse oportunamente.

No basta con abrir las puertas. Hay que crear posibilidades reales para atravesarlas.

Del programa a los indicadores.

Existe un elemento metodológico del documento que merece reconocimiento, los diferentes ejes incorporan indicadores.

Se propone medir resultados de aprendizaje, evaluación docente, retención, egreso oportuno, satisfacción estudiantil, eficiencia de procesos, inserción laboral, formación continua, movilidad académica, tecnologías educativas, acceso, permanencia y acreditación, entre otros aspectos.

Esto puede marcar una diferencia importante.

Una gestión universitaria moderna no puede evaluarse solamente por actividades realizadas. Debe evaluarse por resultados.

No es lo mismo informar cuántos talleres fueron impartidos que demostrar cuánto mejoró la enseñanza después de esos talleres. No es igual anunciar una plataforma que medir cuánto redujo los tiempos de los trámites. Tampoco equivale crear nuevas carreras a demostrar su pertinencia y calidad.

Por eso sería conveniente que esos indicadores terminen convertidos en una matriz pública de seguimiento, con línea base, metas anuales, responsables institucionales y resultados verificables.

Eso permitiría algo saludable para cualquier universidad democrática, que la comunidad universitaria pueda comparar lo prometido con lo realizado.

Rosel Fernández y el desafío de convertir principios en gestión.

La doctora Rosel Fernández recibe, por tanto, una responsabilidad particularmente compleja.

La Vicerrectoría Docente atraviesa prácticamente toda la universidad. Sus decisiones llegan a facultades, escuelas, cátedras, recintos, centros, subcentros,  profesores y estudiantes. Buena parte de la percepción cotidiana sobre si una universidad funciona o no termina pasando por procesos vinculados directa o indirectamente con la docencia.

El documento concluye proyectando para 2030 una UASD con docencia de alta calidad, gestión moderna, articulación territorial, inclusión efectiva, internacionalización y reconocimiento académico, hasta posicionarla como referente de educación superior en el Caribe.

La aspiración es considerable. Pero precisamente por eso necesitará prioridades.

Intentar transformar simultáneamente todos los componentes puede producir dispersión. Será necesario establecer secuencias, qué debe hacerse primero, qué transformaciones sirven de plataforma para las demás y cuáles resultados deben alcanzarse cada año.

La prueba definitiva estará en las aulas.

Después de examinar la propuesta de la Vicerrectoría Docente, encuentro un programa ambicioso y conceptualmente coherente con buena parte de las discusiones contemporáneas sobre educación superior, calidad verificable, aprendizaje por competencias, digitalización, inteligencia artificial, internacionalización, pertinencia territorial, bienestar docente, inclusión y acreditación.

Pero el documento también plantea, indirectamente, una pregunta decisiva: ¿Tendrá la UASD capacidad institucional para convertir esa arquitectura conceptual en experiencia cotidiana?

Porque finalmente el éxito no se determinará en el documento.

Se determinará cuando un estudiante pueda inscribir sin dificultades las asignaturas que necesita; cuando encuentre grupos con tamaños pedagógicamente manejables; cuando tenga profesores actualizados y motivados; cuando pueda investigar; cuando la tecnología facilite en lugar de complicar; cuando una carrera responda a las necesidades de su territorio; cuando el docente sea evaluado pero también respetado y dignificado; y cuando graduarse oportunamente deje de ser una carrera de obstáculos.

Ahí estará la verdadera evaluación.

La transformación académica ocurre cuando cambia lo que sucede entre un profesor, un estudiante y el conocimiento.

Si la gestión 2026-2030 consigue que esa transformación llegue efectivamente al aula, habrá tocado el corazón mismo de la Universidad Autónoma de Santo Domingo.

Continuará…

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