Mensaje dominical | CUANDO LA VIDA NOS COLOCA FRENTE A QUIEN NOS HIZO DAÑO.
Por José Espinal Marcelo | Vértice crítico.

Hace unos días, dos personas me hablaron del estado de salud de alguien que, en determinado momento de mi vida, se ensañó contra mí. Sus actuaciones no quedaron reducidas a una diferencia personal (que nunca existió), tuvieron consecuencias concretas, afectaron mi presupuesto familiar y alteraron espacios de tranquilidad que no pertenecían solamente a mí, sino también a quienes compartían conmigo las consecuencias de aquellas decisiones.

Mientras avanzaba la conversación comenzaron a revelarme otras circunstancias. Me hablaron de su salud, de dificultades personales, de situaciones familiares profundamente deprimentes y de una existencia que, según sus relatos, parecía haber perdido buena parte de aquello que alguna vez pudo representar seguridad, influencia o reconocimiento.
En medio de aquella descripción pronunciaron una frase que quedó resonando en mí:
«Lo único que esa persona puede exhibir es dinero».
No sé exactamente qué esperaban encontrar en mi rostro.
Quizás una sonrisa.
Tal vez una expresión de satisfacción.
Acaso pensaron que conocer las desgracias de alguien que me había hecho daño produciría en mí esa secreta alegría que a veces experimenta el resentimiento cuando contempla la caída del adversario.
No me conocían.
Mientras más información recibía, menos satisfacción sentía. Por el contrario, una profunda compasión comenzó a ocupar el lugar donde perfectamente habría podido instalarse el rencor.
Y aquella conversación terminó convirtiéndose en una reflexión sobre mí mismo, sobre esa persona y, finalmente, sobre la condición humana.
EL EXTRAÑO PLACER DE VER CAER AL OTRO
Existe una zona oscura de nuestra naturaleza que puede llevarnos a experimentar satisfacción frente al sufrimiento de quien nos ha herido.
Es comprensible.
Cuando alguien nos hace daño, una parte de nosotros reclama reparación. Pero cuando la justicia no llega, el resentimiento puede construir su propia idea de equilibrio, esperar que la vida castigue a quien nos lastimó.
Entonces confundimos justicia con desgracia.
Pensamos que si aquel que nos hizo llorar hoy llora, las cuentas finalmente quedaron saldadas.
Pero el dolor no funciona como una contabilidad.
El sufrimiento del otro no devuelve lo perdido.
Su enfermedad no reconstruye nuestra tranquilidad.
Su fracaso no restituye nuestras oportunidades.
La deslealtad desde su intimidad, no genera alegría.
Su soledad no sana nuestras heridas.
Y su caída jamás podrá devolvernos exactamente aquello que alguna vez nos arrebató.
He comprendido que necesitar la desgracia del otro para sentirnos reparados constituye otra manera de continuar dependiendo de quien nos hizo daño.
Mientras necesitemos verlo sufrir, todavía conserva algún poder sobre nosotros.
La verdadera liberación comienza cuando su destino deja de administrar nuestras emociones.
EL PODER Y LA ILUSIÓN DE PERMANENCIA
Quizás una de las mayores equivocaciones del ser humano consiste en confundir las circunstancias con la esencia.
Quien tiene poder puede terminar creyéndose poderoso para siempre.
Quien posee dinero puede llegar a considerarse rico en todas las dimensiones de la existencia.
Quien ocupa una posición importante puede imaginar que la reverencia pertenece a su persona y no al cargo que circunstancialmente ocupa.
Y entonces aparece la arrogancia.
Desde esa falsa sensación de permanencia algunos humillan, excluyen, persiguen, atropellan derechos y afectan la estabilidad de otras personas sin detenerse a pensar en las consecuencias.
Pero hay una verdad que atraviesa toda la historia humana:
Nada permanece.
Ni el poder.
Ni la riqueza.
Ni la belleza.
Ni la juventud.
Ni los cargos.
Ni los privilegios.
Ni siquiera nuestro cuerpo permanece siendo el mismo.
Todo aquello que hoy exhibimos terminará algún día perteneciendo al pasado o a otras manos.
Por eso aquella frase ("lo único que esa persona puede exhibir es dinero"), me produjo más tristeza que satisfacción.
Porque el dinero puede comprar comodidad, pero existen territorios de la existencia donde carece de jurisdicción.
Puede pagar una habitación, pero no necesariamente compañía. Puede retener pareja, pero no fidelidad. Puede adquirir medicamentos, pero no garantizar salud. Puede comprar servicios, pero no afecto. Puede rodearnos de personas, pero jamás asegurar que alguien permanezca a nuestro lado por amor.
Puede financiar homenajes, y acuerdos, pero no comprar respeto verdadero, ni fidelidad.
Y puede incluso construir una apariencia de éxito mientras, detrás de ella, un ser humano se encuentra profundamente solo.
Quizás por eso la riqueza más importante no sea aquello que acumulamos, sino la manera en que permanecemos en la memoria y en el corazón de quienes alguna vez estuvieron bajo el alcance de nuestras decisiones.
LA FRAGILIDAD NOS IGUALA
Hay algo profundamente igualador en la fragilidad humana.
La enfermedad no pregunta por nuestros títulos.
La vejez no reconoce jerarquías.
La soledad no distingue entre poderosos y humildes.
El poder político y económico no evita infidelidad.
Y la muerte jamás ha solicitado currículum, patrimonio, ideología ni posición social antes de entrar por una puerta.
Somos frágiles.
Todos.
Aunque pasemos buena parte de nuestra existencia intentando olvidarlo.
Quizás si recordáramos con mayor frecuencia nuestra vulnerabilidad seríamos menos crueles. Pensaríamos dos veces antes de humillar. Seríamos más prudentes al utilizar una posición de autoridad. Comprenderíamos que detrás de cada persona afectada por nuestras decisiones existe una historia que desconocemos.
Porque cuando dañamos deliberadamente a alguien, pocas veces dañamos solamente a esa persona.
También pueden sufrir su pareja, sus hijos, sus padres, su hogar, su estabilidad emocional, sus proyectos y hasta la tranquilidad cotidiana de sentarse alrededor de una mesa sin preguntarse qué ocurrirá mañana.
Por eso ejercer poder sobre otros debería producir humildad, no arrogancia.
MIENTRAS PENSABA QUE ME APLASTABA, YO CRECÍA
El tiempo, sin embargo, tiene maneras extrañas de reorganizar aquello que alguna vez pareció una derrota.
Mientras aquella persona posiblemente pensaba que me aplastaba, yo crecía.
No lo comprendí inmediatamente. Hay aprendizajes que solo pueden verse cuando uno se aleja de la herida y contempla el camino recorrido.
Aquellas circunstancias me dieron más tiempo para acercarme a lo verdaderamente humano. Tiempo para estudiar, pensar, escribir, crear, amar, mirar hacia dentro y reconocer cosas que el tareismo cotidiano muchas veces no nos permite apreciar.
En ese proceso hice dos carreras universitarias, creé una empresa que logró abrirse camino, publiqué dos libros y realicé tres cortometrajes.
Pero, pensándolo bien, ninguna de esas realizaciones constituye lo más importante.
La mayor revelación fue otra:
los míos demostraron su lealtad.
Cuando las circunstancias se hicieron difíciles descubrí quién permanecía.
Y eso vale más que cualquier cargo.
Porque los títulos hablan de lo que estudiamos; los libros, de lo que pensamos; las empresas, de lo que construimos; y las obras, de aquello que somos capaces de crear. Pero la presencia de quienes permanecen junto a nosotros cuando las cosas se complican habla de algo que no puede comprarse ni decretarse: el afecto verdadero.
Paradójicamente, mientras alguien quizás pensaba que estaba reduciendo mi mundo, yo comenzaba a descubrir su verdadera dimensión.
Me hice más humano.
No agradezco el daño. Sería una perversión romantizar la injusticia o pretender que necesitamos ser heridos para crecer. Hay sufrimientos que nunca debieron ocurrir y decisiones que jamás encontrarán justificación.
Lo que agradezco es no haber permitido que aquello definiera mi destino.
Porque el sufrimiento, por sí solo, no ennoblece.
También puede amargar.
Puede endurecer.
Puede convertir al herido en una nueva fuente de heridas.
Lo verdaderamente importante es decidir qué hacemos con aquello que nos ocurrió.
Yo elegí construir.
Elegí estudiar.
Elegí escribir.
Elegí crear.
Elegí acercarme más a los míos.
Y elegí no permitir que la injusticia recibida me enseñara a ser injusto.
Tal vez ahí comenzó mi verdadera recuperación.
NO TODO SUFRIMIENTO ES UN CASTIGO
Ahora podría mirar las circunstancias que atraviesa aquella persona y construir una explicación cómoda, pensar que la vida finalmente le está cobrando lo que hizo.
Me niego a hacerlo.
No poseo autoridad moral para convertir la enfermedad o la desgracia ajena en una sentencia.
No sé por qué determinadas tragedias llegan a determinadas personas. Nadie conoce suficientemente los misterios de la existencia para afirmar que una enfermedad, una pérdida o una crisis familiar constituye la factura de antiguos comportamientos.
El sufrimiento no debería utilizarse para alimentar nuestra superioridad moral.
Hoy sufre quien ayer nos hizo daño.
Mañana podemos sufrir nosotros.
La vida no ha firmado contratos de inmunidad con nadie.
Por eso, frente al dolor ajeno, incluso cuando pertenece a quien alguna vez nos hirió, prefiero la compasión.
No una compasión ingenua.
No una compasión que borre responsabilidades.
No una compasión que convierta la injusticia en algo aceptable.
Podemos sentir compasión y continuar llamando injusticia a la injusticia.
Podemos perdonar sin falsificar nuestra memoria.
Podemos reconocer la humanidad de quien nos hizo daño sin negar el daño que nos hizo.
Porque comprender al ser humano no significa absolver sus actos.
NO NECESITO VERTE CAER PARA SABER QUE ESTOY DE PIE
Si alguna vez tuviera delante de mí a aquella persona, quizás no tendría demasiado que decirle.
Pero una frase resumiría lo esencial:
No necesito verte caer para saber que estoy de pie.
No necesito tu enfermedad para sentirme saludable.
No necesito tu tristeza para justificar mi alegría.
No necesito tu fracaso para validar mis logros.
No necesito tu desconfianza íntima, para celebrar la lealtad de mi núcleo.
No necesito exhibir lo que construí para demostrar que no pudiste destruirme.
Y, sobre todo, no necesito tu sufrimiento para reparar el mío.
Lo que ocurrió pertenece a nuestra historia.
Sus consecuencias fueron reales.
Las heridas también.
Pero existe una decisión que únicamente me corresponde a mí, decidir qué clase de ser humano quiero ser después de haber sido atropellado.
Ahí reside una libertad que nadie puede arrebatarnos.
No siempre podemos impedir que alguien nos haga daño.
Pero sí podemos intentar impedir que ese daño determine para siempre nuestra manera de relacionarnos con el mundo.
QUE EL DAÑO TERMINE EN NOSOTROS
Quizás la consecuencia más terrible de una injusticia no sea únicamente el daño inmediato que produce, sino su capacidad para reproducirse.
Quien fue humillado puede convertirse en humillador.
Quien fue perseguido puede terminar persiguiendo.
Quien padeció abuso de poder puede esperar pacientemente su oportunidad para ejercerlo contra otros.
Así se reproduce la crueldad.
Alguien hiere a alguien; ese alguien hiere después a otro, y la cadena continúa atravesando familias, instituciones, generaciones y sociedades.
Romper esa cadena exige una enorme fortaleza moral.
Significa poder decir:
El daño llegó hasta mí, pero conmigo termina.
No voy a reproducirlo.
No voy a heredárselo a nadie.
No voy a permitir que quien me hizo daño decida, años después, en qué clase de persona debo convertirme.
A QUIENES HOY TIENEN PODER PARA HACER DAÑO
Esta reflexión no está dirigida únicamente a una persona.
Está dirigida a todos nosotros.
Especialmente a quienes hoy poseen alguna cuota de poder sobre la vida de otros.
Antes de utilizarla para perjudicar a alguien, recuerden que el poder es circunstancial.
Antes de humillar, recuerden que mañana podrían necesitar comprensión.
Antes de afectar el sustento de una persona, recuerden que detrás de ella puede existir una familia.
Antes de perseguir a alguien por diferencias personales, laborales, políticas o ideológicas, recuerden que ningún cargo dura para siempre.
Y antes de creerse invulnerables, recuerden algo todavía más elemental:
Somos pasajeros.
Todos.
Llegamos sin aquello que después pasaremos media vida acumulando y un día tendremos que marcharnos sin poder llevarnos nada.
Al final quedará algo mucho más difícil de contabilizar:
La memoria de cómo tratamos a los demás.
EL TRIUNFO QUE NADIE VE
Aquella conversación terminó, pero permaneció conmigo.
Las dos personas probablemente nunca imaginaron la reflexión que provocarían.
Quizás pretendían contarme la caída de alguien.
Yo terminé pensando en la dignidad humana.
Quizás esperaban despertar mi resentimiento.
Despertaron mi compasión.
Y comprendí que existe una victoria que no necesita adversarios derrotados.
Es una victoria silenciosa.
Íntima.
Profundamente humana.
Consiste en mirar el sufrimiento de quien alguna vez nos hizo sufrir y descubrir que todavía somos capaces de sentir pena por él.
Ese instante demuestra que pudieron afectar nuestras circunstancias, pero no gobernar nuestra conciencia.
Pudieron tocar nuestros intereses, pero no apropiarse de nuestra humanidad.
Pudieron causarnos heridas, pero no decidir qué hacer con ellas.
Y quizás ahora comprendo mejor aquellos años: mientras alguien pensaba que me aplastaba, yo estaba aprendiendo a crecer. Mientras intentaba hacerme más pequeño, la vida me estaba haciendo más humano.
Por eso hoy no celebro ninguna desgracia.
No tengo nada que celebrar frente al dolor de otro ser humano.
Prefiero continuar mi camino convencido de algo mucho más importante:
La grandeza no consiste en tener la oportunidad de devolver el daño recibido y aprovecharla. Consiste en descubrir que ya no necesitamos hacerlo.
Porque, al final, la victoria más profunda frente a quien intentó dañarnos no consiste en verlo derrotado.
Consiste en mirarnos por dentro y comprobar que, después de todo, no consiguió convertirnos en aquello que un día nos hizo sufrir.
PD: Dedicado con solidaridad a todos / as aquellas personas a las que se le decía que los pusieron hablar con los poster de luz.






































