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Mensaje dominical | Escapista e inaceptable.

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Por José Espinal Marcelo | Vértice Crítico

José Espinal Marcelo(Foto por Elvys Rodríguez Rodríguez).
José Espinal Marcelo
(Foto por Elvys Rodríguez Rodríguez).

No supe que lo era. Nadie te dice: “Mira, te estás quedando fuera”. Eso no se anuncia. Se siente después, cuando ya pasó.

De niño jugaba solo, pero no recuerdo haberlo vivido como abandono. Era otra cosa, un espacio interior, donde podía hablar conmigo mismo, sin que nadie incluyera nada. Inventaba mundos donde las reglas no tenían dueño y donde las voces no exigían respuestas. A veces estaban mis primos, algún amigo/a, sí, no siempre era un solitario.

Ser hijo único (de madre), fue aprender a habitar una casa que a veces estaba llena y a veces demasiado quieta. El afecto no faltaba; al contrario, era intenso… pero la intensidad también deja huecos cuando se repliega. Ahí empecé a acostumbrarme al silencio, no como ausencia, sino como lugar.

Y, sin darme cuenta, también empecé a escapar. No de algo concreto. No había peligro, ni gritos, ni nada que justificara una huida. Era más bien una decisión difícil de explicar, algo que no encajaba, pero que tampoco sabía nombrar. Mientras otros aprendían a quedarse, yo aprendía a irme sin moverme.

En la escuela eso se hizo más evidente. Había códigos. Siempre los hay, reír en el momento justo, hablar sin pensarlo demasiado, parecer parte del grupo sin cuestionarlo.

Yo no entendía del todo por qué había que hacerlo así, y esa duda (pequeña, constante)  fue suficiente para dejarme al margen.

No fue un rechazo abierto. Fue más silencioso que eso, una distancia que crece sin que nadie la declare. Después vienen las palabras, o peor, las insinuaciones.

Escapista.
Inaceptable.

No dichas de frente siempre, pero presentes en los gestos, en lo que no se invita, en lo que no se comparte. Y uno empieza a mirarse como lo miran, a preguntarse si hay algo mal, si debería corregirse, si el problema es no haber aprendido a parecer.

Lo intenté, claro. Todos lo intentamos alguna vez. Pero hay algo que no coopera, algo que se resiste a encajar solo por encajar.

Con el tiempo entendí (no de golpe, más bien a retazos), que escapar no siempre es cobardía. A veces es una forma de no ceder del todo, de guardar algo.

Mi madre nunca usó esas palabras. Nunca me dijo escapista ni inaceptable. Para ella yo era… yo, y eso, aunque suene simple, no lo es.

Porque el mundo insiste en nombrarte, en simplificarte para poder entenderte rápido. Pero hay cosas que no caben en una palabra, y tal vez no deberían.

No sé si vine a encajar.
Cada vez lo dudo más.

Pero si ser escapista es no quedarse donde uno es rebelde, y ser inaceptable es no aceptar lo que te conforma, entonces… tal vez no haya nada que arreglar.

Tal vez solo estaba aprendiendo a no desaparecer.

Crédito: Dibujo de portada Oscar Rodríguez. 

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