
Por Ryan Santos | Vértice crítico.


Mucho es lo que se ha comentado sobre la obra literaria de Julio Cortázar. A decir verdad, las palabras sobran, mucho más los motivos. Sería indudable —casi un pecado penalizado en la hoguera—, decir que el escritor argentino no es un verdadero maestro del cuento, merecedor, al igual que el maestro Borges, del premio Nobel de Literatura. Sus obras están ahí; forjaron por sí solas el camino de la inmortalidad en las letras universales. Para sustentar estas líneas, me place compartir unas palabras que dedica Mario Vargas Llosa al universo narrativo del autor en cuestión. Y escribe:
“En los libros de Cortázar juega el autor, juega el narrador, juegan los personajes y juega el lector, obligado a ello por las endiabladas trampas que lo acechan a la vuelta de la página menos pensada”.
La narrativa de Julio Cortázar es diversa, hercúlea, aunque toda ella está engarzada, en su trasfondo, a un mismo cordón umbilical: la fantasía, el realismo mágico y esos finales que te rompen la cabeza. Con un fraseo preciso en cada línea, la pluma del maestro del cuento nos encauza en todo un cosmos ficticio, plagado de irrealidades. Mientras avanzamos en la lectura de alguno que otro hecho tan naturalmente mundano, esa realidad va tomando vida propia, se transmuta en sucesiones, haciendo que no nos percatemos del más mínimo detalle. De aquellos bestiales embrollos, solo nos sacia el desenlace, que casi nunca se prevé. Los personajes en la narrativa de Cortázar son tiernos, amigables, llenos de conocimientos, de vida propia, de caricias, de humor negro. Lo más formidable dentro del mundo cortazariano son sus discursos, esa manera de ensancharse entre un tema y el otro, desarrollándolo hasta la perfección. Es por ello que, además de un gran contador de historias, el argentino es también un intelectual, todo un genio.
Dentro de los gráficos que se diseminan sobre el vientre de mis cuadernos de apuntes, he desarrollado un método personal para desmembrar todo el universo narrativo en los cuentos de Julio Cortázar. Las historias de este autor están compuestas de una estructura triangular y de otra estructura cuadrada. La primera se produce cuando su cuento parte de la realidad (tachamos una línea), se transforma (tachamos una línea) y, finalmente, nos conduce a la realidad de donde partió la historia, aunque con algunos nuevos vestigios por la mutación inicial (trazo otra línea). Algunos ejemplos de la estructura triangular serían sus cuentos: Axolotl, Bruja, Profunda siesta de Remi, Mudanza, Los limpiadores de estrellas, Carta a una señorita en París, Estación de las manos, Lejana, Las babas del diablo, Después del almuerzo, etcétera.
En la narrativa cuadricular de los cuentos de Julio Cortázar se empieza de la misma realidad y se pasa a lo fantástico (dos líneas); esa irrealidad pasa a otra más compleja (una línea) y, finalmente, se pasa a la realidad de donde se partió (otra línea). Algunos ejemplos sobre estas estructuras narrativas se pueden ver en los siguientes cuentos: Las manos que crecen, Retorno de la noche, Bestiario, El perseguidor, Continuidad de los parques, El ídolo de las Cícladas, Una flor amarilla, La noche boca arriba, Final del juego, etcétera.
Seguimos con el artículo. Vamos avanzando, que se nos hace tarde… Solo bromeaba, lector, porque ya esta edición ha caducado.





































