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Mensaje dominical: La muerte también muere | Quinta parte

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"Una reflexión sobre la memoria y el olvido".

José Espinal MarceloPor José Espinal Marcelo

Después de escribir durante semanas sobre la muerte, empecé a sospechar que quizás había estado mirando solamente una parte del problema.

Pensamos mucho en el instante de morir.

Pensamos en el miedo.

Pensamos en la enfermedad.

Pensamos en quienes nos acompañan durante los últimos días.

Pero rara vez pensamos en lo que ocurre después.

No después de la muerte.

Después del duelo.

Después de las lágrimas.

Después de las flores.

Después de los homenajes.

Después de que la vida de los demás continúa.

Porque hay una pregunta silenciosa que acompaña a toda existencia humana:

¿Cuánto tiempo permanecemos realmente en el mundo?

No me refiero al cuerpo.

El cuerpo tiene una respuesta sencilla.

Se desgasta.

Se transforma.

Regresa a la materia de la que surgió.

Me refiero a otra cosa.

A la memoria.

A la presencia invisible que dejamos en quienes continúan viviendo.

Hace algunos años podía mencionar los nombres de mis cuatro abuelos sin dificultad.

Hoy me pregunto cuántas personas recuerdan los nombres de sus bisabuelos.

Y me pregunto algo más.

¿Quién recordará nuestros nombres dentro de cien años?

La pregunta puede parecer triste.

No lo es.

Es profundamente humana.

Porque revela una verdad que rara vez aceptamos.

La mayoría de nosotros no solo moriremos una vez.

Moriremos dos veces.

La primera ocurre cuando el cuerpo deja de funcionar.

La segunda ocurre cuando desaparece la última persona capaz de recordarnos.

Entonces comprendemos algo que ninguna religión, ninguna fortuna y ningún cargo público pueden evitar.

La memoria también es finita.

Los imperios desaparecen.

Las ciudades cambian.

Las familias se dispersan.

Las fotografías se deterioran.

Las generaciones se suceden unas a otras hasta que incluso los nombres más queridos terminan convirtiéndose en silencio.

Y, sin embargo, no encuentro desesperación en esa idea.

Encuentro libertad.

Porque si el olvido es inevitable, entonces desaparece la obligación de ser eternos.

No tenemos que convertirnos en monumentos.

No tenemos que conquistar la historia.

No tenemos que vivir obsesionados con dejar una huella gigantesca.

Quizás basta con algo mucho más sencillo.

Haber sido importantes para alguien.

Haber amado honestamente.

Haber ayudado cuando fue necesario.

Haber dejado el mundo un poco menos hostil de como lo encontramos.

Vivimos en una época obsesionada con la visibilidad.

Las redes sociales nos empujan a registrar cada momento como si la existencia necesitara pruebas permanentes de haber ocurrido.

Queremos ser vistos.

Recordados.

Compartidos.

Comentados.

Pero la memoria humana nunca ha funcionado así.

Lo que permanece no suele ser lo más famoso.

Permanece lo que toca profundamente una vida.

Todavía recordamos una frase de una madre.

Una conversación con un amigo.

La mano de alguien que estuvo presente cuando todo parecía derrumbarse.

La memoria no es un archivo.

Es una emoción.

Por eso la verdadera pregunta no es cuánto tiempo seremos recordados.

La verdadera pregunta es qué clase de recuerdo estamos construyendo mientras vivimos.

Porque tarde o temprano llegará el olvido.

Llegará para todos.

Para los poderosos.

Para los ricos.

Para los héroes.

Para los anónimos.

Nadie obtiene una excepción permanente frente al tiempo.

Y quizás esa sea una de las lecciones más hermosas de la muerte.

Nos recuerda que la grandeza no consiste en durar para siempre.

Consiste en haber estado realmente presentes mientras estuvimos aquí.

Tal vez por eso la muerte también muere.

Porque incluso ella termina perdiendo la batalla contra el olvido.

Y cuando todo desaparece, cuando los nombres se borran y los recuerdos se dispersan, queda solamente una certeza:

Durante un breve instante del universo estuvimos vivos.

Y eso, por sí solo, ya es extraordinario.

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