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Internacionalizar para trascender: el desafío de proyectar la UASD hacia el mundo.

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Cuarta entrega del análisis del Programa de Gestión 2026-2030 del rector Jorge Asjana David.

Por José Espinal Marcelo | Vértice crítico. 

Durante buena parte de su historia, la Universidad Autónoma de Santo Domingo ha sido reconocida por su compromiso con la democracia, la movilidad social y la formación de generaciones de profesionales que han contribuido decisivamente al desarrollo nacional. Sin embargo, en el escenario universitario del siglo XXI, ese prestigio histórico ya no basta por sí solo. Hoy las universidades también son evaluadas por su capacidad para generar conocimiento con impacto global, establecer redes internacionales de cooperación y someterse voluntariamente a procesos rigurosos de acreditación.

Es precisamente sobre esa realidad donde se construye uno de los ejes más estratégicos del Programa de Gestión 2026-2030 del doctor Jorge Asjana David: Internacionalización y Acreditación. El documento plantea como objetivo expandir la cooperación académica internacional y alcanzar acreditaciones institucionales que fortalezcan la calidad y el prestigio de la UASD, promoviendo alianzas estratégicas, movilidad académica y certificaciones internacionales.

La propuesta refleja una comprensión acertada del nuevo escenario de la educación superior. En un mundo donde el conocimiento circula sin fronteras, ninguna universidad puede aspirar a consolidar su liderazgo permaneciendo aislada. La internacionalización ha dejado de ser un símbolo de prestigio para convertirse en una condición indispensable de la excelencia académica.

Uno de los mayores aciertos del programa consiste en entender que internacionalizar no significa únicamente firmar convenios con universidades extranjeras. Durante años, muchas instituciones latinoamericanas acumularon decenas de acuerdos de cooperación que nunca pasaron del papel. El documento, en cambio, insiste en fortalecer, garantizar la ejecución y diversificar esos convenios para fomentar la cooperación científica, el intercambio de buenas prácticas y la movilidad de estudiantes, docentes e investigadores. Esa diferencia resulta sustancial, porque el verdadero valor de una alianza internacional reside en los resultados que produce y no en el número de firmas estampadas sobre un documento.

Igualmente relevante es la apuesta por la enseñanza de idiomas extranjeros y la promoción de programas de doble titulación. Ambas iniciativas responden a una realidad incuestionable: el conocimiento contemporáneo exige competencias lingüísticas e interacción permanente con comunidades académicas internacionales. La posibilidad de que estudiantes y docentes accedan a programas compartidos con universidades extranjeras no solo eleva el nivel académico, sino que amplía horizontes culturales y fortalece la competitividad de los egresados en un mercado laboral cada vez más globalizado.

Sin embargo, el elemento que merece mayor atención es la importancia otorgada a la acreditación.

Con frecuencia, el término se interpreta únicamente como un procedimiento administrativo para cumplir requisitos de organismos evaluadores. Esa visión resulta profundamente limitada. La acreditación representa, en esencia, un ejercicio permanente de autorreflexión institucional. Obliga a revisar planes de estudio, métodos de enseñanza, producción científica, gestión administrativa, infraestructura, evaluación, transparencia y mecanismos de mejora continua.

En otras palabras, acreditarse significa aceptar que la calidad no solo puede proclamarse; debe demostrarse mediante estándares verificables.

Desde esa perspectiva, el programa acierta al proponer el acompañamiento técnico a facultades y escuelas para facilitar procesos de acreditación nacional e internacional, fortaleciendo la credibilidad institucional y la confianza de estudiantes, familias y empleadores. No se trata únicamente de obtener un sello de calidad, sino de construir una cultura universitaria basada en la evaluación permanente y el mejoramiento continuo.

Otro componente especialmente interesante es la propuesta de crear un Centro de Gestión de Proyectos Internacionales. La experiencia demuestra que muchas universidades pierden valiosas oportunidades de cooperación porque carecen de estructuras especializadas capaces de identificar convocatorias, formular proyectos competitivos, gestionar financiamiento externo y coordinar redes internacionales de investigación.

La creación de una unidad con esas características permitiría profesionalizar la cooperación internacional de la UASD, incrementar su capacidad para acceder a fondos internacionales y fortalecer su presencia en iniciativas académicas de alcance regional y mundial.

No obstante, como ocurre con todos los procesos de transformación institucional, este eje también enfrenta desafíos significativos.

El primero consiste en evitar que la internacionalización beneficie únicamente a un reducido grupo de académicos. La internacionalización debe permear toda la universidad, estudiantes de grado, investigadores, personal administrativo, programas curriculares y centros regionales. De lo contrario, corre el riesgo de convertirse en una política elitista, distante de la mayoría de la comunidad universitaria.

El segundo desafío es financiero. La movilidad internacional, los programas de doble titulación, la acreditación y la participación en redes globales requieren recursos importantes. La sostenibilidad de estas iniciativas dependerá tanto de una adecuada asignación presupuestaria como de la capacidad institucional para captar financiamiento mediante cooperación internacional.

Existe, además, un reto cultural que suele pasar inadvertido. Internacionalizar implica transformar la manera en que la universidad se concibe a sí misma. Supone abrirse al intercambio permanente, comparar sus resultados con estándares internacionales, incorporar nuevas metodologías, aprender de otras experiencias y aceptar que la excelencia académica es un proceso dinámico, nunca un estado alcanzado definitivamente.

Quizá la mayor fortaleza conceptual de este eje radica en que no presenta la internacionalización como un fin en sí mismo, sino como una herramienta para elevar la calidad académica y fortalecer el prestigio institucional. Esa visión encuentra coherencia en la reflexión que cierra el capítulo, cuando el rector afirma que la Primada de América debe proyectarse al mundo con excelencia y rigor, entendiendo que la internacionalización y la acreditación constituyen compromisos permanentes con la calidad, el reconocimiento y la competitividad global de la UASD.

La Universidad Autónoma de Santo Domingo posee una historia que le otorga legitimidad como la universidad más antigua del continente americano. Pero la historia, por sí sola, no garantiza el liderazgo del futuro. Las universidades que marcarán el rumbo de las próximas décadas serán aquellas capaces de combinar tradición con innovación, identidad nacional con proyección internacional y autonomía con estándares globales de calidad.

Ese es, precisamente, el mayor desafío que plantea este eje del Programa de Gestión 2026-2030: demostrar que la Primada de América no solo puede sentirse orgullosa de su pasado, sino también competir con solvencia académica en el escenario universitario internacional.

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