
El académico, exministro y exrector de la UASD recupera el testimonio de su padre, quien participó en las primeras diligencias tras el hallazgo de los cadáveres, y sitúa el asesinato dentro de una dictadura que conservaba su capacidad represiva mientras avanzaba hacia el aislamiento y el colapso.

Las revelaciones fueron ofrecidas durante una entrevista exclusiva en el programa La Prensa de Hoy Digital, conducido por el periodista Melvin Matthews y transmitido por Canal 30 y ACD Media.

Por José Espinal Marcelo | Vértice Crítico.
Santo Domingo. Más de seis décadas después del asesinato de Patria, Minerva y María Teresa Mirabal, Franklin García Fermín reconstruye desde la memoria familiar uno de los episodios más estremecedores de la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo, las primeras horas después del hallazgo de los cuerpos y las evidencias que, según relata, contradecían desde el principio la versión oficial de un accidente.
El exrector de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD), entrelaza en su relato dos dimensiones de una misma historia, lo que su padre presenció durante las diligencias posteriores al crimen del 25 de noviembre de 1960 y el escenario político de una dictadura que, pese a mantener intacta buena parte de su maquinaria represiva, comenzaba a perder apoyos internos y externos.
«Fue con furia que las mataron», afirma García Fermín al describir la brutalidad que, de acuerdo con los recuerdos transmitidos por su padre, revelaban los cuerpos.
El relato devuelve la mirada hacia aquella carretera montañosa de Puerto Plata donde fueron encontrados el vehículo y los cadáveres de las tres hermanas y de Rufino de la Cruz.
Las condiciones del terreno, recuerda García Fermín, hicieron necesario recurrir a bomberos y utilizar sogas para recuperar los cuerpos desde el lugar donde había caído el automóvil.
Según su reconstrucción, Minerva Mirabal fue la primera en ser levantada. Después recuperaron a Patria, a Rufino de la Cruz y finalmente a María Teresa.
Pero las lesiones observadas planteaban interrogantes que iban mucho más allá de las consecuencias previsibles de una caída.
García Fermín relata que durante las primeras verificaciones se observaron lesiones que despertaron sospechas sobre la naturaleza de las muertes. Entre ellas menciona traumatismos craneales, señales compatibles con estrangulamiento y heridas que, según su testimonio, podían haber sido ocasionadas con objetos contundentes.
La conclusión que comenzaba a emerger resultaba incompatible con la explicación que pretendía imponerse: aquello no parecía simplemente un accidente.
Una verdad peligrosa bajo la dictadura
La dimensión del hallazgo adquiría una gravedad todavía mayor por el contexto político.
En la República Dominicana de 1960, cuestionar una versión vinculada a los aparatos de poder de la dictadura podía convertirse en una decisión de consecuencias imprevisibles.
García Fermín recuerda que, durante las primeras diligencias, la naturaleza criminal de las muertes habría sido advertida de manera discreta. Las evidencias observadas apuntaban a que las víctimas habían sufrido violencia antes de que el vehículo fuera precipitado con sus cuerpos para construir la apariencia de un accidente.
Pero establecer públicamente esa conclusión suponía desafiar el relato que buscaba imponer el régimen.
Para García Fermín, ese episodio permite comprender algo más profundo que el asesinato de tres opositoras emblemáticas, muestra el funcionamiento de un sistema político donde el miedo penetraba las instituciones y condicionaba incluso la posibilidad de decir lo que los hechos mostraban.
Las investigaciones y evaluaciones posteriores realizadas a los cadáveres terminarían reforzando las sospechas surgidas durante aquellas primeras horas.
El testimonio familiar que conserva García Fermín adquiere así valor como memoria de un instante particularmente oscuro: el momento en que quienes tuvieron contacto inicial con los cuerpos comenzaron a comprender que detrás del supuesto accidente había ocurrido un crimen.
«Nada escapaba» a la estructura del poder
García Fermín sitúa el asesinato dentro del funcionamiento general de una dictadura caracterizada por la centralización del poder, la vigilancia política y el control de las instituciones.
Desde esa perspectiva, cuestiona las interpretaciones que pretenden desvincular a Rafael Leónidas Trujillo de determinados crímenes cometidos durante los 31 años de su régimen.
Su razonamiento parte del grado de concentración alcanzado por el poder, en una estructura política de semejante naturaleza, sostiene, resultaba difícil concebir decisiones de gran trascendencia ejecutadas completamente al margen del conocimiento o de la autoridad de quien encabezaba el sistema.
El académico menciona otros episodios de violencia política para ilustrar los métodos atribuidos al régimen, entre ellos el caso del dirigente sindical Mauricio Báez.
También se refiere a Ramón Marrero Aristy, escritor, periodista y funcionario cuya muerte en 1959 fue presentada oficialmente como consecuencia de un accidente automovilístico, un caso que García Fermín incorpora a su reflexión sobre una época en la que las versiones oficiales podían esconder circunstancias mucho más complejas.
Su análisis no se limita, sin embargo, al funcionamiento de la represión.

El asesinato de las hermanas Mirabal ocurrió en un momento particularmente delicado para la dictadura.
Trujillo todavía tenía capacidad para perseguir, encarcelar y eliminar adversarios, pero el edificio político levantado durante tres décadas comenzaba a mostrar fracturas cada vez más difíciles de contener.
«El régimen estaba agonizando, colapsando»
«El régimen estaba agonizando, colapsando», sostiene García Fermín al describir el escenario político de los últimos tiempos de la dictadura.
La frase introduce una de las claves de su interpretación, "La violencia de aquella etapa no debe analizarse exclusivamente como expresión de fortaleza del régimen, sino también dentro de un proceso de deterioro político".
La dictadura comenzaba a perder condiciones internas y externas que durante años habían contribuido a garantizar su supervivencia.
Uno de esos cambios se producía en sus relaciones con sectores de la Iglesia. A ello se agregaba un ambiente internacional crecientemente adverso y el deterioro de los vínculos políticos y diplomáticos que anteriormente habían proporcionado mayor margen de maniobra al régimen.
García Fermín describe a Trujillo en esa etapa como un gobernante progresivamente aislado.
Ese aislamiento también tenía una dimensión continental.
La situación dominicana había adquirido creciente relevancia internacional y la Organización de Estados Americanos (OEA) formaba parte de un escenario en el que el régimen enfrentaba mayores presiones desde el exterior.
A juicio del académico y dirigente político, Estados Unidos constituye igualmente una pieza indispensable para comprender la fase final del trujillismo. García Fermín afirma que existen documentos y pruebas sobre actuaciones estadounidenses frente al dictador durante ese período, planteamiento que coloca la crisis final del régimen dentro de una combinación de factores nacionales e internacionales.
El poder represivo permanecía, pero su entorno había cambiado.
La paradoja final del trujillismo
La reconstrucción propuesta por García Fermín conduce a una paradoja histórica, "cuanto más evidente se hacía el deterioro político de la dictadura, más brutal podía convertirse su respuesta contra quienes consideraba una amenaza".
El asesinato de las hermanas Mirabal aparece, desde esa perspectiva, en una coyuntura en la que la violencia continuaba funcionando como mecanismo de supervivencia política mientras disminuía la capacidad del régimen para preservar los consensos, alianzas y respaldos que habían contribuido a sostenerlo.
La represión no necesariamente demostraba estabilidad. También podía ser el síntoma de un poder que comenzaba a sentirse cercado.
Destaca García Fermín que cinco meses después del asesinato de Patria, Minerva y María Teresa Mirabal, Trujillo sería ajusticiado el 30 de mayo de 1961.
El régimen que durante 31 años había convertido la vigilancia, la persecución y el miedo en instrumentos cotidianos de dominación entraba en su desenlace.
Una historia transmitida dentro de la familia
La singularidad del relato de García Fermín reside también en el lugar desde donde reconstruye aquellos acontecimientos.
No habla únicamente como académico que interpreta un período histórico. Habla como hijo de un hombre cuya responsabilidad profesional lo colocó frente a las consecuencias físicas de la violencia política.
García Fermín recuerda que, desde niño, observaba cómo las autoridades acudían a buscar a su padre cuando ocurrían muertes violentas o hechos que requerían su intervención. Una de aquellas jornadas terminaría conectando para siempre la historia de su familia con uno de los acontecimientos que marcaron la memoria política dominicana.
Con el paso de las décadas, aquellos recuerdos transmitidos en el ámbito familiar adquirieron para él una dimensión nacional.
El crimen de las hermanas Mirabal trascendió posteriormente las fronteras dominicanas. Las hermanas, conocidas como Las Mariposas, se convirtieron en símbolo internacional de resistencia frente a la violencia y la opresión.

La entrevista de García Fermín recupera esa historia desde un ángulo íntimo y, al mismo tiempo, político: las huellas encontradas en los cuerpos, el silencio impuesto por el miedo, la maquinaria represiva de la dictadura y el progresivo aislamiento de un régimen que parecía poderoso, pero comenzaba a derrumbarse.
Su testimonio coloca frente a frente dos imágenes de noviembre de 1960: la extrema violencia ejercida contra cuatro personas indefensas y la fragilidad creciente del sistema que ordenaba, ejecutaba o encubría la persecución de sus adversarios.
De ahí que la memoria, en la interpretación de García Fermín, no sea únicamente un ejercicio de reconstrucción del pasado. Es también una advertencia sobre las consecuencias de la concentración absoluta del poder, la subordinación institucional y la desaparición de las libertades públicas.
En aquella carretera de Puerto Plata no solo quedaron las huellas de uno de los crímenes políticos más estremecedores de la historia dominicana. También quedó expuesta una dictadura que todavía podía matar, pero que comenzaba a perder las condiciones que durante tres décadas le habían permitido gobernar mediante el miedo.





































