
Por Henry Polanco | Vértice Crítico.

La crisis de la educación no comenzó con el deterioro de los edificios escolares ni con la insuficiencia presupuestaria, aunque ambas expresiones la delatan.
Tampoco nació con la digitalización acelerada de los procesos pedagógicos ni con la mercantilización obscena del conocimiento.
Su matriz más profunda consiste en el intento sistemático de domesticar la conciencia humana para convertir el aprendizaje en obediencia y la inteligencia en simple destreza funcional al mercado.
Si no fuese por los bastiones críticos que aún resisten en las aulas, en las universidades públicas, en las bibliotecas, en los colectivos pedagógicos, en las comunidades de pueblos indígenas, campesinas y populares, esta crisis habría quedado completamente invisibilizada bajo la propaganda de una supuesta modernización educativa que confunde innovación con rentabilidad y calidad con estandarización.
La universidad que aspire a llamarse dignamente así debe comparecer, en esta hora, ante el tribunal de la conciencia social y responder la pregunta: ¿para qué existe?
Ya no basta la venerable antigüedad de algunos de sus “claustros”, la magnificencia de sus edificios, el número de sus graduados ni la prolijidad de sus reglamentos.
La crisis que envuelve a la civilización contemporánea, nacida del desastre belicista del capitalismo neoliberal, ahora colonial, hasta sus formas más macabras y contradictorias, ha colocado a toda institución del saber frente a una exigencia que no admite evasivas.
Allí donde la vida se reduce a mercancía, donde el trabajo humano se separa de su dignidad, donde la naturaleza se trata como cantera inagotable y el espíritu es distraído por el estruendo del consumo, la universidad no puede continuar hablándose a sí misma en el lenguaje apacible de no pocas rutinas académicas.
Debe justificar su existencia no por aquello que conserva, sino por aquello que transforma, o que trata de moldear para un bien social colectivo, no individualidad, cualidades y buscando relevancia de puesto.
Hoy, plagadas por la corrupción de la ideología de la clase dominante. La verdadera cultura jamás ha consistido en la acumulación de conocimientos muertos, del mismo modo que un bosque no vive por el número de sus árboles caídos.
Todo saber auténtico participa del movimiento interior de la vida, de esa fuerza que convierte la observación en comprensión, la comprensión en juicio y el juicio en acción.
Cuando el conocimiento se limita a reproducir las condiciones del orden existente, abandona su vocación creadora para convertirse en simple administración de lo impuesto. Entonces, las aulas dejan de ser talleres del espíritu y se convierten en fábricas ideológicas (falsa conciencia) refinadas, donde se pulen inteligencias destinadas a servir con mayor eficacia a los mecanismos que producen desigualdad, devastación y desencanto.
No hay neutralidad allí donde el destino de pueblos enteros es decidido por fuerzas económicas que subordinan la política, la ciencia y hasta la imaginación a la lógica del beneficio.
Si se pretende que la universidad permanezca suspendida sobre semejante conflicto, equivale a exigir al navegante que contemple serenamente la tormenta mientras el barco hace agua.
Porque toda abstención es ya una forma de elección. Todo silencio prolongado termina pronunciando el discurso del poder que domina. Por ello, la universidad no puede refugiarse en la ilusión de una objetividad desprovista de responsabilidad histórica.
Si su misión consiste precisamente en iluminar las relaciones ocultas entre los fenómenos, descubrir las contradicciones que el sentido común acepta como inevitables y devolver a la inteligencia su capacidad de imaginar aquello que todavía no existe. Sin mercenarios de las aulas, hoy ya desprovistos de dignidad, que invocan la iniquidad.
No toda institución puede ofrecer al mundo una claridad que ella misma no cultive. Si el cálculo burocrático reemplaza al entusiasmo por la verdad, si la competencia sofoca la cooperación, si la producción mecánica de indicadores sustituye la lenta maduración del pensamiento, entonces la universidad habrá aceptado la misma lógica que pretende estudiar críticamente.
Mientras, se volverá espejo de aquello que debía cuestionar. Así, el espíritu científico perderá su razón de ser social cuando olvide que toda medición adquiere sentido únicamente en relación con la vida humana y que ninguna excelencia estadística puede compensar la renuncia al juicio moral transformador, los cambios.
La justificación de la existencia universitaria significa, por tanto, demostrar que el conocimiento puede convertirse en fuerza emancipadora y no únicamente en recurso productivo burgués.
Significa formar mujeres y hombres capaces de pensar más allá de las conveniencias inmediatas, de reconocer en cada ser humano un fin y nunca un instrumento, de comprender que la riqueza de una sociedad no se mide exclusivamente por el volumen de sus mercancías; se mide por la amplitud de su justicia, la profundidad transformadora de su cultura y la dignidad con que protege la vida común.
Allí donde la educación superior renuncia a esta responsabilidad, deja un vacío que pronto será ocupado por los intereses más poderosos del mercado, para quienes la verdad vale solamente mientras produzca rentabilidad.





































