
Por José Espinal.
Santo Domingo. La escalada de violencia que sacude a la sociedad dominicana tiene, a juicio de la comunidad evangélica, una raíz profunda y descuidada: la fractura de la familia como espacio primario de formación ética y humana. Desde esa lectura, advierten que ningún plan de seguridad será suficiente si no se recupera el hogar como núcleo de transmisión de valores.

Para el presidente del Consejo Dominicano de Unidad Evangélica (CODUE), Feliciano Lacen Custodio, el deterioro social que hoy se expresa en crímenes familiares, feminicidios y violencia cotidiana responde a una ruptura silenciosa, pero sostenida, del rol formativo de la familia.
“A la familia hay que devolverle su lugar. No como un concepto abstracto, sino como el espacio real donde se enseña el respeto, la ética, la moral y el amor al prójimo”, plantea Lacen, al advertir que cuando esos principios no se practican en el hogar, la violencia termina normalizándose en la calle.
El líder evangélico considera que muchos de los hechos que hoy estremecen al país (hijos que atentan contra sus madres, parejas que se matan, adolescentes envueltos prematuramente en relaciones de convivencia), son expresiones extremas de una crisis de valores acumulada. Como ejemplo reciente, citó el caso ocurrido en San Francisco de Macorís, donde una joven de 22 años asesinó a tiros a su hermana de apenas 13, un hecho que provocó consternación nacional.
Lacen también manifestó preocupación por situaciones que, aunque menos visibles, resultan igualmente alarmantes, como la tolerancia familiar a que menores de edad asuman responsabilidades de vida adulta sin protección ni orientación adecuada.
Otro síntoma grave, a su entender, es la violencia en el tránsito. “Es inaceptable que una discusión por un roce entre vehículos termine en disparos o cuchilladas. Eso revela una peligrosa indiferencia ante el valor de la vida humana”, expresó.
A esta lista sumó el aumento de abusos sexuales, desapariciones y agresiones, fenómenos que (según afirma), no pueden analizarse de manera aislada. “Todo esto tiene un hilo conductor: la desintegración familiar, que está provocando un desbordamiento social y debilitando la paz que debería sostenernos como sociedad”.
En ese contexto, el pastor subrayó la necesidad de retomar el trabajo colectivo en la crianza, una práctica que, recordó, caracterizó durante décadas a los hogares dominicanos. “Cuando la familia funciona como equipo, la sociedad encuentra equilibrio. La familia es el punto de partida de toda transformación”, insistió.
Lacen sostuvo que la formación espiritual y cristiana, integrada de manera sana y coherente al seno familiar, resulta clave en el momento histórico que vive el país. A su juicio, la separación entre la vida cotidiana y lo sagrado ha contribuido a una actitud cada vez más agresiva frente a los conflictos, tanto en el hogar como en los espacios públicos.
Finalmente, advirtió que mientras la familia continúe desvinculada de su papel formador, la violencia seguirá reproduciéndose, independientemente de las respuestas institucionales. “Sin valores sembrados en casa, ninguna sociedad puede sostenerse”, concluyó.

































