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OPINIÓN | Reflexión sobre la izquierda dominicana

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Por Alfredo Rodríguez

Lo que hoy conocemos, de manera general, como el Movimiento de Izquierda Dominicana no siempre fue como se nos presenta en la actualidad: un movimiento organizado que ayer propugnaba por la transformación social y política de la clase trabajadora de la República Dominicana.

Cuando miramos hacia los años sesenta, setenta y ochenta, y quizá hasta finales de los noventa, casi la totalidad del movimiento rebelde y contestatario del país nos hacíamos llamar (y nos sentíamos), revolucionarios, sostenedores del pensamiento marxista-leninista y de la revolución socialista como vía para lograr el Estado obrero del proletariado dominicano. Hoy, esto no sucede.

Vemos cómo nuestro movimiento luce desfigurado, sin una plataforma ideológica de clase obrera y, en consecuencia, sin proyectos ni programa político ni formas de organización que indiquen que se está realizando un trabajo orientado a la conquista del poder político del Estado dominicano.

Es probable que tampoco en aquellos años tuviéramos la suficiente claridad y lucidez política para ser conductores eficientes de la lucha política en momentos de gran efervescencia social. Diafanamente, debemos admitir que el movimiento organizado no estaba plenamente preparado para lograr muchas de las tareas históricas planteadas, a pesar de la gran receptividad que teníamos en el seno de las masas populares.

El proceso de esos años, aunque pudo haber sido más favorable para la acumulación de recursos materiales y humanos a partir de los acontecimientos y experiencias de lucha vividas tras el ajusticiamiento del tirano Trujillo, no logró capitalizar esas oportunidades. Hubo momentos en los que se pudieron acumular enormes recursos logísticos en favor de la revolución y del movimiento organizado; sin embargo, ello no se concretó en los años citados.

No obstante, es indudable que las tareas y compromisos asumidos por dirigentes y militantes de las organizaciones de entonces se realizaban con una elevada solvencia moral y política frente al pueblo. Tenían la capacidad de irradiar confianza, fe y esperanza en que la revolución y la defensa de los intereses económicos, sociales y políticos de las mayorías estaban bien representadas y en buenas manos. Aquella generación de héroes y heroínas así lo creía, y así lo creían también los sectores explotados y marginados del país.

Existía un ambiente de casi total aceptación y correspondencia entre las propuestas y las directrices de lucha provenientes de aquel aguerrido movimiento organizado que prometía el socialismo y una vida más digna, sin explotación social, para todos los dominicanos, especialmente para los obreros y trabajadores en sentido general.

Sin embargo, esa expectativa y confianza que los sectores explotados depositaron en nosotros (el movimiento revolucionario), se fue esfumando hasta desaparecer casi por completo. Hoy somos, en gran medida, un fantasma invisible, sin presencia ni voz en las masas de nuestra sociedad.

Las masas explotadas y los demás sectores sociales oprimidos por una burguesía entreguista de los recursos nacionales ya no reconocen a ningún grupo de los que aún se autodenominan “partidos revolucionarios” como sus guías o mentores. Nos ignoran por completo, y no sin razón: desde nuestras filas no les llegan orientaciones claras ni esfuerzos organizativos y educativos presenciales que devuelvan la fe, la utopía y la esperanza de que estamos construyendo revolución y conviviendo con ellos en el día a día, en barrios y campos.

No se trata aquí de añorar el pasado ni de reproducir errores, sino de señalar que, en la medida en que nuestro movimiento se fue aislando del calor de las masas, del movimiento obrero y del campesinado, fue perdiendo su esencia revolucionaria hasta convertirse en lo que es hoy: un movimiento menguado, dividido y subdividido en más de dos docenas de organizaciones, grupos y grupúsculos, con escasa o nula representatividad social y política en el seno del pueblo.

Por no haber sido capaces de dominar plenamente la teoría marxista-leninista y sus herramientas para organizar y educar al sujeto social de la revolución socialista y comunista (el proletariado), quedamos reducidos al endeble movimiento de izquierda que somos hoy. Incluso, de manera voluntaria, hemos renunciado a que se nos reconozca como movimiento revolucionario, conformándonos con el rótulo de “izquierda dominicana” desprovisto de estatus ideológico.

Se asume que ese distintivo revolucionario no permitiría avanzar políticamente entre las masas y que, además, no sería aceptado por el imperio ni por los grupos de poder de una burguesía antinacional que controla todas las esferas de la política del país.

Así de simple es la situación de esta “valiente” izquierda dominicana, que teme como el diablo a la cruz ser etiquetada como un movimiento revolucionario socialista que aspire a transformar la sociedad dominicana en un Estado socialista y comunista.

Por eso no baja a las masas ni organiza a los obreros (sujeto social de la revolución dominicana), porque sabe que en ellos existe una alta receptividad histórica a la lucha, y que esa receptividad exigiría avanzar con decisión hasta la victoria. Y de eso, precisamente, esta izquierda no quiere oír hablar.

Dirán algunos amigos de la izquierda dominicana que declararse revolucionarios desde la comodidad del discurso, sin serlo en la práctica, resulta cómodo y placentero: un espacio de confort y lustre teórico al que no están dispuestos a renunciar… al menos hasta que Colón baje el dedo.

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