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Más allá de las diferencias: Franklin García Fermín.

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Franklin García Fermín
Franklin García Fermín

Por José Espinal Marcelo.

Reconocer el mérito no exige uniformidad de pensamiento. Por el contrario, constituye una de las expresiones más elementales de la honestidad intelectual. Quien escribe no oculta que, en distintos momentos, ha sostenido diferencias puntuales (minutas, académicas y políticas), con Franklin García Fermín. Sin embargo, esas discrepancias, propias de la vida universitaria y del debate público, no anulan una realidad objetiva: su trayectoria expresa una dedicación sostenida al servicio público y un compromiso profundo con la educación superior dominicana.

La coyuntura reciente, marcada por su salida del Ministerio de Educación Superior, Ciencia y Tecnología, ha dado pie a lecturas simplistas que reducen una carrera compleja a un episodio administrativo. Esa reducción no solo es injusta; es intelectualmente pobre. Evaluar a García Fermín exige una mirada de largo aliento, anclada en su biografía académica, su desempeño institucional y, sobre todo, en su condición de uasdiano en el sentido más pleno del término.

Hablar de la Universidad Autónoma de Santo Domingo es hablar de movilidad social, de mérito construido desde abajo y de una ética del esfuerzo. García Fermín encarna esa narrativa con singular elocuencia: ingresó a la universidad como mensajero y, a fuerza de estudio, disciplina y vocación académica, recorrió todos los escalones institucionales hasta alcanzar la más alta magistratura universitaria: la Rectoría. Ese trayecto no es anecdótico; es simbólico. Representa la función histórica de la UASD como espacio de democratización del saber y de promoción del talento sin apellidos ilustres ni privilegios heredados.

Desde esa experiencia vital se explica, en buena medida, su concepción del servicio público. Tanto en la rectoría como en el MESCYT, su gestión estuvo atravesada por una visión de la educación superior como bien público, no como mercancía; como política de Estado, no como botín coyuntural. Se pueden cuestionar decisiones concretas (y es legítimo hacerlo), pero no puede negarse la coherencia general de un servidor público que ha consagrado décadas a fortalecer la institucionalidad académica.

La envestida mediática que hoy se presenta contra su figura no es ajena a un fenómeno recurrente: el resentimiento que genera la UASD cuando uno de los suyos ocupa espacios estratégicos del Estado. No se juzga únicamente al funcionario; se interpela, de manera indirecta, a la universidad pública, a su tradición crítica y a su peso simbólico. En ese contexto, las diferencias personales o ideológicas pasan a un segundo plano frente a una obligación mayor: defender el criterio, el rigor y la justicia en la evaluación de las trayectorias públicas.

Reconocer a Franklin García Fermín no implica adhesión acrítica ni silencio complaciente. Implica, más bien, aceptar que aún desde el disenso se puede (y se debe), valorar la dedicación, el mérito y el aporte de quien ha hecho del servicio público una extensión de su vida académica. En tiempos de juicio rápido y memoria corta, afirmar esto es también un acto de responsabilidad universitaria.

Porque, al final, defender al uasdiano que fue mensajero y llegó a rector no es defender a un individuo aislado: es defender la idea misma de que el conocimiento, el esfuerzo y la educación pública siguen siendo caminos legítimos hacia la dignidad, la autoridad moral y el servicio al país.

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